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textos Democracia, ¿ya?
Federico Rosas Barrera
Aun cuando sea incuestionable la legitimidad de las opiniones, cualesquiera que éstas sean, sobre lo ocurrido en las elecciones del pasado 2 de julio y sus posibilidades inmediatas, habría que convenir que toda estimación racional de tales hechos requerirá contar con ciertas dosis de incertidumbre. Cautela de la que carece una significativa cantidad de los comentarios publicados hasta ahora. Por principio de cuentas, parece haber dificultad en aceptar, de veras aceptar, que el 2 de julio es únicamente una fecha, importante sin duda, un hito si se quiere, pero sólo parte de los prolongados procesos inherentes al curso histórico real del país. En esos términos no es sino una impostura suponer, por ejemplo, que el 2 de julio sea un punto de partida o de llegada de la democracia. De no considerarlo así, quedaríamos expuestos al riesgo, quizá hoy más inminente, de empobrecer o de plano impedir el desarrollo de la democracia al ser incapaces de justipreciar su contenido y sustento reales. Por lo pronto, quizá, al adjudicar torpemente una centralidad democrática imposible para el "foxismo" o cualquier otro equipo gobernante surgido de la efectividad del sufragio. Esto sencillamente debido a que la sustancia de la democracia depende en forma exclusiva del pleno ejercicio de la soberanía popular. Dicho en otros términos, el sustento de la democracia no descansa en las características y actitudes del Poder Ejecutivo, las que pueden ser más o menos favorables a la democracia, sino en las posibilidades y prácticas efectivas de participación de la sociedad en el ejercicio de gobierno. Si no podemos eludir al error, nuevamente, de suponer a cargo de la Presidencia de la República lo que es una tarea que corresponde al conjunto social, no habrá modo de alegar ignorancia pues advertencias existen, como las que con admirable oportunidad hiciera Carlos Pereyra (cuya ausencia siempre ha de doler), en un artículo publicado en la revista nexos de septiembre de 1982. Sin duda, vale la pena rescatar e invitar a la reflexión sobre algunos aspectos de aquel memorable artículo que pudieran resultar pertinentes a las actuales circunstancias. En general Pereyra hace una aguda exposición respecto del sentido más profundo o más real, es decir, más histórico, de la democracia. Para ello, en primer lugar, sitúa a la democracia por encima de cualquier ideología. Dice: "El concepto democracia no se refiere a una ideología específica diferenciable de otras, sino a formas y mecanismos reguladores del ejercicio del poder político" (nexos, núm. 57, septiembre, 1982). Si bien Pereyra comparte la idea general respecto de considerar como condiciones inherentes a la democracia al "conjunto de libertades políticas: de opinión, reunión, organización y prensa" (ibid); lo mismo que la generalizada identificación de la representación popular y el sufragio libre, igual y universal, como los dos aspectos fundamentales de la democracia, no ocurre lo mismo en cuanto al especial énfasis que pone en la representación popular. Ese énfasis es la vía que lo conduce, primero, a criticar la democracia representativa que alaba y promueve el liberalismo y, después, la estatización disfrazada de supuesta socialización del poder que se dio en los países postcapitalistas, como él prefiere llamar a las experiencias también conocidas como del socialismo realmente existente. Sobre la democracia representativa, anota: "La democracia representativa, tal como es sostenida por el liberalismo, lejos de impulsar la participación popular en la sociedad política y en la sociedad civil, tiende a inhibirla. No es por azar que los defensores de la democracia liberal se muestren renuentes a aceptar modalidades de democracia popular participante. La representación es pensada desde esta óptica como un sustituto de la participación... El control democrático del ejercicio del poder estatal no puede restringirse a los procedimientos electorales por óptimo que sea su funcionamiento. La formación de un gobierno representativo es más una vía para lograr la delegación de la soberanía popular que para garantizar su realización efectiva" (ibid). Aun cuando en sus planteamientos sobre soberanía popular, Pereyra identifica ésta con el conjunto de la sociedad, situándose lejos del anacronismo de hacer una identificación clasista de ésta, sí pone en claro el hecho de que las desigualdades económicas y sociales presentes en los países capitalistas imponen severos límites al desarrollo y ejercicio pleno de la democracia. En este sentido observa que: "En las sociedades capitalistas la democracia no puede realizar en plenitud la soberanía popular porque, junto a la presunta igualdad jurídico-política de los ciudadanos, subyace la ineliminable desigualdad económico-social de los productores que impide, en definitiva, la igualación estricta de los ciudadanos" (ibid). Respecto de los países postcapitalistas o del socialismo real, nuestro recordado profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM también es contundente en sus comentarios. Pues establece sin concesiones que: "... en los países postcapitalistas la falta de democracia formal se levanta como un obstáculo irrebasable para la efectiva realización de la democracia sustancial. Sin libertades políticas puede construirse cualquier cosa, pero nunca una sociedad socialista... Es preciso reconocer de una vez por todas que sin libertades políticas no hay socialismo y que, más allá de la eliminación de la propiedad privada, la construcción del socialismo exige la libre organización sindical de los trabajadores, el pluralismo ideológico, cultural y político, la participación de los miembros de la sociedad en el control de la cosa pública, la descentralización del poder, el despliegue autónomo de la sociedad civil... en fin, la democracia" (ibid). Ante tales declaraciones, sobre todo en el tiempo de su primera publicación, hace 18 años, los empecinados prosoviéticos que todavía estaban en franca extinción, pudieron haber señalado que Pereyra era un mal socialista pero, definitivamente, nadie podría haberle reclamado por ser un mal demócrata. En resumen, el agudo autor de El sujeto de la historia coloca la efectiva sociedad democrática en un sitio distinto al de los regímenes de democracia representativa y de los regímenes postcapitalistas: "No hay argumentos que permitan fundar la tesis de que entre capitalismo y democracia existe una conexión necesaria... tampoco hay conexión necesaria entre estatización de los medios de producción y democracia" (ibid). Pereyra va más allá en sus precisiones sobre la democracia como tarea social de conjunto, clausurando toda posibilidad de que tal compromiso pudiera ser realizado por dirigencia alguna, al tiempo que apunta las razones de esa imposibilidad. Anota: "... la transformación profunda de las relaciones sociales no será nunca obra de una vanguardia que dirige al conjunto de la sociedad por un camino que ella conoce de antemano, iluminada por un saber verdadero-de-una-vez-para-siempre. La transformación y democratización de las relaciones sociales sólo pueden ser obra de las fuerzas sociales, donde los partidos juegan un papel organizador insustituible" (ibid). En conjunto, lo que Pereyra pone en el centro respecto de las posibilidades de una efectiva instauración de la democracia como forma de gobierno, es que ésta sólo puede ser posible donde se dé la participación plena, es decir, equitativa, responsable, activa y decisoria, del conjunto de los ciudadanos de una sociedad determinada. Claro que no está mal que en México celebremos los recientes logros en los procesos de construcción de una vida democrática para el país, pero será pésimo que levantemos templos donde sólo debe haber mojoneras Federico Rosas Barrera colabora con el partido político Convergencia por la Democracia y es activo promotor de organizaciones sociales. |
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