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Más allá del marketing

Francisco Báez Rodríguez

Cuando John F. Kennedy ganó en 1960 la Presidencia de EU se publicó un libro, The Making of a President; dos décadas más tarde ganó Ronald Reagan y el libro se llamó The Selling of a President; en 1992 el turno fue de Bill Clinton, y el nombre del libro, The Marketing of a President. Y el cambio en el enfoque de las campañas políticas ha sido en el mismo tono que el del título de los libros: el paso de la hechura a la venta a la mercadotecnia.

Si uno ve cómo han iniciado las campañas estadounidenses en el 2000 se dará cuenta de que han dado otro paso sólo que ya no tiene nombre.

Hasta hace no mucho, las convenciones partidistas de EU en las que se "nominaba" al candidato presidencial eran grandes mítines de delegados, dispuestos a escuchar interminables discursos que atendían a cada grupo de interés ligado al partido político en cuestión. Ahora son un gran media-show. Tomemos como ejemplo la reciente convención demócrata transmitida completamente en vivo por CNN. En ella, los discursos políticos contaron poco o nada; los delegados, poco menos que cero. Lo importante era cómo se transmitían, vía tv e Internet, las sensaciones, el feeling de Albert Gore.

La principal preocupación de los asesores demócratas, según declararon en entrevistas a la misma cadena televisora, era quitar en el electorado la percepción de Gore como un político, un "hombre de Washington". Por eso, por ejemplo, quitaron de su biografía los muchos años que se formó en Washington y el dato -que hubiera enriquecido cualquier otro currículum- de que era un Rhodes Scholar. Evidentemente, querían disfrazar a un político consumado de sensible ciudadano común y corriente.

Clinton habia sido un producto de mercadotecnia relativamente fácil. A pesar de sus ya muy publicitados defectos, era capaz de conectarse química e intuitivamente con la gente. Gore no tiene ese don. El objetivo de la campaña es adjudicárselo, casi mágicamente.

¿Qué se hace entonces? En vez del discurso de aceptación, el momento central de la convención es la transmisión de un video que enfatiza la personalidad de Gore, sus virtudes humanas, la calidez "en corto" que siempre se adjudica a los políticos sin carisma. Ese video es el preámbulo para un discurso en el que los grandes temas de la campaña (educación, salud, procuración de justicia) son abordados con casos específicos de familias con problemas que ocupan en los hechos el rol mediático de los antiguos delegados con banderines. Una familia es negra, la otra hispana, la tercera es blanca. Todos tienen algún problema y Gore les ofrece soluciones específicas: aparece como que no piensa en el ciudadano "en abstracto", sino en las familias White, Gutiérrez y Kowalsky.

El discurso, "escrito por el propio Gore", está tan bien hecho y la edición con las tomas de las familias tan bien armada, que una furtiva lágrima emocionada está por salir de los espectadores. Lagrimas perfectas, estudiadamente exprimidas, como las que derramamos en Titanic o Los puentes de Madison.

Más presidencialismo no se puede pedir. Mayor evidencia de que nos manipulan, tampoco. Sin embargo, los datos de las encuestas son reveladores: en tres días Gore le dio la vuelta a la ventaja que llevaba Bush (y yo, por supuesto, prefiero al demócrata sobre el republicano).

Extraña pataleta

Dulce María Sauri
Foto: Salvador Castellanos/Silva

Muy extraña y para muchos sospechosa fue la actitud de la dirigente nacional del PRI, Dulce María Sauri, durante la transmisión de los especiales televisivos de las elecciones para gobernador en Chiapas. Tanto Televisa como TV Azteca dieron a conocer encuestas de salida que daban al candidato de Alianza por Chiapas una cómoda victoria. Sauri habló a las televisoras, cuestionó la metodología (así, por principio, porque desconocía cuál se había usado), dio datos parciales (en contra de los acuerdos tomados) que se revelaron parcialísimos en todo sentido y, en el caso de Azteca, les recordó su error en la encuesta de salida para gobernador de Guerrero (en la que las diferencias eran de dos puntos porcentuales, no de seis). Terminó dándose el enésimo quemón y, como decíamos, levantando la sospecha de que su partido pretendía, si no revertir fraudulentamente la votación, sí crear condiciones de incertidumbre y tensión en la entidad en la que menos es conveniente hacerlo.

¿Habrán aprendido ya los priistas que las encuestas de salida y los conteos rápidos profesionales sí sirven? ¿Que con ellos la sociedad está mejor informada y hay más certidumbre en los procesos democráticos? ¿Habrán aprendido en cabeza ajena los otros partidos?

Corrección

En una pasada entrega escribí que ni Andrés Bustamante ni Víctor Trujillo estarían en la cobertura olímpica de Azteca, el primero por razones financieras y el segundo por los diferendos en su salida de la televisora del Ajusco. Afortunadamente me equivoqué y los cómicos llegaron a un arreglo. Y eso también significa que el poder de José Ramón Fernández es más grande de lo que parece

Francisco Báez Rodríguez es subdirector general del periódico Crónica.

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