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el revés de la trama

Carlos Rojas y la derrota del PRI
Priistas iracundos, nuevo espectáculo

Edgardo Bermejo Mora

Carlos Rojas
Foto: Contraluz

Si en los últimos años la retórica nacional se dio vuelo bizantino en su denuedo por descifrar cuándo inició la "transición mexicana", qué fecha y qué suceso simboliza su despegue (¿el 68, el 88, el 94...?), los resultados del 2 de julio han dado pauta a una nueva suerte de ejercicio especulativo en el que por ahora las más entusiastas aportaciones han corrido por cuenta de los propios priistas, principalmente aquellos que por una u otra razón se sintieron o se saben alejados del banquete de las decisiones principales, aquellos que, como ahora lo publicitan, no fueron tomados en cuenta en el exclusivo equipo rector de la campaña presidencial.

Siendo así, el nuevo arcano se cifra misterioso en la pregunta de moda: ¿por qué perdió el PRI? La cual, en su propia formulación halla sus límites explicativos, toda vez que una respuesta integral necesitaría, por fuerza, añadir la otra mitad de la cuestión, es decir, ¿por qué ganó la oposición? Ocurre además que la búsqueda priista de respuestas a su derrota adopta un tono de gravedad culpígena en la que se acusan de todo -incluso de "priistas"- y donde, por lo tanto, no queda espacio para reconocer lo propio, es decir, los 13 millones de votos que de algún lugar tuvieron que salir, que algo de legitimidad y presencia le dejan por fuerza al tricolor, y para los que se necesitaría algo más que reproches a destiempo, curas en salud, o solicitudes apresuradas de divorcio de aquellos que ya piden su cuota de alternancia en nombre de la democracia y de los años al servicio de la patria.

En este nuevo espectáculo de priistas iracundos, decepcionados o presuntamente reflexivos a la caza de respuestas satisfactorias, es predecible que parte de los anatemas provengan de aquellos que abiertamente se confrontaron con el equipo que se integró a la campaña de Francisco Labastida, como en el caso de Roberto Madrazo, o incluso emanen del viejo alcantarillado clientelar al estilo de Rodríguez Alcaine, en cuyo caso, no es novedad que se opusieron desde siempre a la conversión política y democrática de su partido. Estos últimos, los dinosaurios heridos, no se quejan por que perdieron en las urnas, se lamentan por ese invento "extranjerizante" llamado democracia.

Están también en este reacomodo curioso de las nomenclaturas y las filiaciones al que asistimos, los priistas que, a toda prisa, rediseñan su currículum y sacan del baúl su viejo uniforme de estadistas competentes y servidores públicos críticos, para demandar un espacio en el nuevo grupo gobernante.

Lo que no es previsible, sin embargo, ni resulta sencillo de entender, es que dichas críticas provengan iracundas y atronadoras de quienes formaron parte protagónica de la campaña. Me explico. De las respuestas públicas a esa nueva gran interrogante: ¿cuándo y cómo perdió el PRI?, ha llamado mi atención la que, precisamente con esa pregunta como título, publicó el ex secretario de Desarrollo Social, Carlos Rojas, en las páginas del periódico La Crónica (24/08/00). Rojas, a mi entender, reedita a su manera el síndrome de Adolfo Aguilar Zinser, quien relató con detalle y dramatismo los graves errores de la segunda campaña presidencial de Cuauhtémoc Cárdenas en el libro Vamos a ganar, no obstante que él mismo participó como jefe de prensa del candidato del PRD en aquella aventura frustrada, ante lo cual uno se preguntaba al leer su libro por qué no se retiró a tiempo de semejante desbarajuste y por qué en todo caso no asumía su propia rebanada de responsabilidad en la catástrofe.

A la manera de Aguilar Zinser, Carlos Rojas desenvaina en mala hora la espada de la crítica -que él llama con suma benevolencia "autocrítica"- y expone sus sesudos argumentos sobre la derrota del PRI desde una posición francamente incómoda, no sólo porque el presunto fiscal hace un malabar incomprensible para deslindarse de los "tecnócratas" y los "políticos sin oficio" de su partido, sino además por que el no tecnócrata y sí político Rojas participó en el equipo estelar del candidato Labastida, en el que coordinó nada menos que el programa social de la campaña que es precisamente donde el ex funcionario encuentra que se desacarriló la campaña y se acumuló la derrota.

Una de dos, o Carlos Rojas quiere decir pero no se atreve que lo marginaron y lo desplazaron de la campaña -lo que valdría la pena si en verdad se trata de abrir la discusión interna sin simulaciones ni eufemismos-, o despertó la mañana del 3 de julio convencido de que había vivido en el error, pues el diagnóstico que esboza del PRI se parece más al de un opositor convencido que al de un militante preocupado. El alegato de Rojas se debate entre la decepción y la denuncia, se parece más a una reyerta personal, a un ajuste de cuentas, que a una voluntad por comprender y remediar. Antes que al PRI, Rojas se quiere salvar a sí mismo.

Como secretario de Desarrollo Social que sobrevivió a dos sexenios, tuvo en sus manos la responsabilidad -en tanto funcionario representante de un partido en el ejercicio del poder- de cumplir en el Ejecutivo el programa social de su partido. Si ello no ocurrió, si, como dice, "se sustituyó en el gobierno la interlocución con los grupos populares por decisiones desde la cúpula que tomaban técnicos sin representación política carentes de sensibilidad y de compromiso social, quienes (y sigue montado en la denuncia) adoptaron una actitud de soberbia ante la gente, y de desprecio por sus costumbres", cabe entonces preguntarse cuándo el denunciante advirtió esta realidad y qué hizo entonces para remediarla.

De la conducción nacional del programa social del gobierno priista, Rojas pasó a la Secretaría General del PRI y de ahí a la campaña presidencial, sin embargo, sólo hasta ahora nos venimos a enterar de la opinión que le merecen los villanos del PRI y del gobierno, y sólo hasta ahora nos muestra sus credenciales "antineoliberales".

Hay en esto último una contradicción insalvable en su construcción argumental. De ser completamente cierto, como dice, que al PRI lo derrotó su alejamiento de las causas sociales y su testarudo programa neoliberal de gobierno -Rojas se queja incluso del aumento del IVA, del que se benefició directamente la Sedesol-, entonces no se explica por qué los electores votaron por un candidato que a juzgar del propio Rojas "continuará por la senda del neoliberalismo".

Rojas no escatima adjetivos para señalar a los villanos de esta historia, habla reiteradamente de los "tecnócratas" alejados de los intereses populares, de los "técnicos sin representación política", del "enquistamiento de grupos de poder", y de los priistas "con escasa experiencia política (...) y sin sensibilidad", pero no ofrece un solo nombre que le dé sustento, razón de ser y seriedad a su diatriba. Menciona, con el vocabulario manido y difuso de los columnistas, lo que no puede expresar con la contundencia y la honestidad del analista. Quien habla es el político enfrentado con otro grupo de políticos, no un observador que busca explicaciones globales a la derrota de su partido.

Con los priistas que hoy se quejan amargamente del PRI, pasa lo que con los aficionados a un equipo de futbol que tiene por costumbre ganar todos los campeonatos. El día que lo derrotan en la final, por más que hubiese dado un buen partido -y al PRI ciertamente no lo derrotaron por goliza-, se pasa del amor al odio con velocidad de fanático, y se exige la cabeza de jugadores y directivos, o bien se pasa a despojarse de la camiseta y los amuletos con un ademán desgarrador. ¿Cómo iba aquella frase de que la derrota es huérfana mientras que a la victoria le sobran progenitores?

Edgardo Bermejo Mora es escritor y periodista. Correo: edgardobermejo@yahoo.com.mx

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