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Pink Floyd
Salvador Quiauhtlazollin
Hace frío en Londres. Es enero de 1965. Roger Waters medita que es un momento agradable este que le ha tocado vivir: a sus 21 años se considera un estudiante diferente, de clara conciencia social, bohemio y al mismo tiempo joven; le gustan Los Beatles y le fascina el blues. En su escuela, el politécnico de Regent Street, ha tenido oportunidad de conocer a Rick Wright y Nick Mason. Los tres tocan en distintas bandas escolares y han decidido unirse. Hace falta un genio para cohesionar. Syd Barret, debido a sus locuras, se acerca bastante a la concepción que se tiene del iluminado. Barret está clavado en el blues, admira a los músicos negros estadounidenses y hace lo imposible por conseguir sus discos; es desaliñado, pendenciero, sumamente hedonista y dotado para la música; y lo más importante para sus compañeros de grupo: está convencido que quiere hacer un grupo de rock y sabe para qué lo quiere, para experimentar. Incluso pensó en un nombre que resultaría enigmático para muchos y campo fértil para traducciones literales sin cabeza: Pink Floyd, denominación formada por los primeros nombres de dos bluesistas de Georgia admirados por Barret: Pink Anderson y Floyd Council.
Ya con apelativo e integrantes, el grupo empieza a ensayar; a fines de ese mismo año en el Countdown Club tocan una mezcla de rythm and blues y blues. Para marzo del año siguiente, en el prestigiado Marquee Club, el grupo desempeña su "Spontaneus Underground" todas las tardes de domingo. El show de Pink Floyd, inspirado por Barret, es una mezcla psicodélica de blues y sonidos electrónicos. Para ponerse a tono, el grupo no desdeña consumir lo que se le ponga enfrente. Once meses después graban su primer sencillo, "Arnold Layne", pero aún no tienen contrato. En marzo de 1967 el grupo llega a los estudios de la EMI. Los ejecutivos están acostumbrados a los rostros aniñados y las vestimentas freaks, pero no al nombre del grupo: "Debe ser un tipo ególatra este Floyd", piensan unos segundos antes de que inicie la reunión con los muchachos, que se abre con una frase que después se haría leyenda: "Bien, ¿cuál de ustedes es Pink?". Un mes después, "Master of song" es grabada y sorprendentemente radiada por la conservadora BBC, mientras que la vanguardista y pirata Radio Londres la veta. Un inicio esquizofrénico el de Pink Floyd. Oscurecido por las nubes
¿Qué se puede decir de un grupo cuyo recorrido de 35 años es inmensamente reconocido por la vivencia de dos generaciones? ¿Qué ha hecho Pink Floyd para permanecer en el gusto, en la memoria, en el reconocimiento de su público conformado desde añejos cincuentones hasta púberes imberbes? Casi nada y todo a la vez: ha amalgamado la música y junto con otros contemporáneos ha dado el perfil especial que necesitaba a final de siglo: la música como concepto, la música que expresa, la música que al mismo tiempo es trivial e increíblemente profunda. La historia de Pink Floyd como grupo es una telenovela apasionante: Syd Barret sale del grupo por atascado, en su lugar entra el guitarrista David Gilmour; el grupo se la pasa en reuniones, se suceden épocas de calma y temporadas tempestuosas de diversión; meses enteros de trabajo febril y semanas de inactividad y pereza. Se forman y deforman familias, se engaña y se es engañado, se enojan y se vuelven a juntar. Todo normal, una vida común. Es hasta 1983 cuando se da una separación definitiva por la salida de Waters y el consecuente pleito legal. La historia en los discos es muy distinta, es la que recibe y siente la gente de todo el mundo (sus discos pueden conseguirse incluso en Cuba, donde se les considera completamente antiestablishment). Es lo depresivo de El lado oscuro de la Luna, lo sarcástico de Animals, lo indignante y opresivo de La pared lo que ha hecho la trayectoria del grupo; lo que le ha hecho ser uno de los innovadores musicales. Catalogados dentro de la línea del rock progresivo, Pink Floyd ha rebasado esa frontera y se ha inscrito en una clasificación aparte; una categoría que ha unificado a su alrededor, traspasando la barrera del idioma a todo el mundo. Sus discos, poco acostumbrados a escalar posiciones en listas, se mantienen en ellas durante años (15 años en el Billboard El lado oscuro de la Luna) y poco a poco van labrando en la mente de sus escuchas su mensaje. Nosotros y ellos
¿Qué dicen las canciones de Pink Floyd? Cada disco cambia la concepción de lo que quieren lograr. Liderados ideológicamente por Waters después de la salida de Barret, los primeros discos pueden considerarse colecciones de sencillos, pero ya llevan una línea general. Ejemplo de esto es The piper at the gates of dawn, donde las ácidas canciones rompen con los cánones establecidos, integrando saltos melódicos con armonía continua. Es con El lado oscuro de la Luna que Pink Floyd logra hilvanar un concepto completo. Este trabajo es considerado por críticos y fans como uno de los mejores discos de la historia. A decir de José Agustín, el disco reflejaba las ondas oscuras contenidas en los 60 y que después vieron su válvula de escape en Altamont. Pero el acetato va más allá, refleja también una nueva concepción musical donde lo electrónico se incorporó definitivamente al rock, donde a los grupos se integra como nuevo miembro el ingeniero de sonido (en este caso, el excelente Alan Parsons); y donde a buena música elaborada anteriormente se incorporan letras igual de potentes. Wish you were here manejó otro concepto, el de la separación y la lejanía, la desesperación ante la soledad explorada desde dos puntos: la propia, reflejada sobre todo en la canción titular del disco, y la de un extraño, un anacoreta, el loco que hacia el exterior está solo pero internamente tiene miles de caminos por recorrer: Syd Barret fue retratado por Waters en la serie "Shine on your crazy diamond".
Después de Animals, visión satírica del hombre; The Wall (1979) se erigió como un muro de contención que encerraba interiormente nuestras peores pesadillas. El disco tuvo mensaje para todos: los adolescentes tomaron su primera parte (donde viene "Otro ladrillo en la pared":"No necesitamos educación, no necesitamos control mental") como estandarte en contra del represivo sistema escolar; quienes no lograron liberarse de remordimientos de conciencia encontraron en "Confortablemente adormecido" un himno; los ya veteranos vieron en la última parte del disco la preocupante visión del fascismo al que puede llevar el rock. El disco fue convertido en una excelente cinta dirigida por Alan Parker en 1982. Es historia ya conocida lo mucho que ha influido este filme en el arte en general, sobre todo en el videoclip. La inspiración llegó a su fin en 1983 con The final cut, donde Waters prácticamente defeca sobre la victoria pírrica obtenida por su patria en la guerra de las Malvinas. La producción posterior de Pink Floyd, A momentary lapse of reason (1987) y The division bell (1994), pretende una amalgama de fallidos sencillos, perdiendo toda noción de lo conceptual y mecanizando su música a extremos tan viles como los que ha recorrido U2. Oír estos dos últimos discos se antojaba como la visión de un anciano que se revuelve en sus propios excrementos, pero todavía faltaba lo peor. Un ¿momentáneo? lapso de sinrazón
En 1988, el grupo (liderado por David Gilmour desde 1984) rompió su promesa de nunca sacar un disco en vivo con El delicado sonido del trueno, una grabación de gran calidad, muy audible y técnicamente impecable, pero que adolecía lo que siempre temió Roger Waters: vacuidad. Pink Floyd, según la cosmovisión de Waters, era antes un concepto que un grupo de rock, que algunos temas sonaran en la radio era accidental, mientras que el mensaje en su totalidad era el objetivo buscado. 11 años después que Gilmour tomará la dirección del grupo apareció otro disco en vivo, Pulse, en una soberbia presentación de disco doble que contenía por primera vez completo El lado oscuro de la Luna en directo. La caja, en verdad espectacular, incluía una pequeña pila que hacía tintinar un diminuto foco rojo para apresurar su localización en la oscuridad. Completamente prescindible, Pulse marca el inicio de una debacle artística debida a una sobrepresión de lo comercial. Esta caída en vertical al precipicio de la nula originalidad queda claramente establecida con su más reciente producción, la caja doble Is there anybody out there? The Wall Live. Hay que reconocer que la presentación de The Wall Live es una preciosidad. Se trata de un booklet doble finamente encuadernado en la cual los dos discos compactos se insertan convenientemente en la segunda y tercera de forros. Sesenta y cinco páginas a todo color, con un diseño supremo y fotos inéditas de primera calidad testimonian hasta el más ínfimo detalle la organización, preparación y ejecución de los conciertos de los lejanos 1980 y 1981 donde se presentó completa la maravillosa obra intelectual que es The Wall. Croquis en papel albanene denotan cómo los planos se llevaron a la realidad. Figuras gigantescas de caucho, paredes de cajas de cartón que serán derribadas al final, miles de kilovatios de luces y testimonios grandilocuentes pespuntean un producto el cual es difícil no codiciar.
Pero desafortunadamente, eso es todo. Is there anybody out there? The Wall Live, no tiene más que ofrecer que su ornamentado paquete. En el interior, la interpretación en vivo de Gilmour, Wright, Mason y el añorado Roger Waters refleja la más íntima preocupación de este último (manifestada entre líneas en su testimonio para el booklet): no se logra jamás la fusión del grupo con su público, no es audible la conjunción de latidos y la sincronización de sinapsis entre los ejecutantes y sus escuchas, seguramente embobados con la deslumbrante parafernalia que a fuerza de golpes luminosos y efectos teatrales los sustraía de lo que para Waters era lo más importante: escuchar la música. Dos pequeñas melodías es lo que gana el neófito que sólo quiere completar una colección entelarañada. Es mucho lo que pierde quien esperaba una revelación de su grupo favorito. Y más lo que pierde el grupo mismo: con Is there anybody out there? The Wall Live, Pink Floyd lastimeramente se muestra como un grupo cerebralmente agotado que recicla sus viejas glorias para seguir forrándose. Is there anybody out there? The Wall Live denota un anticipado final, pues con su lanzamiento Pink Floyd deja de ser el grupo que podía cubrirnos con su alucinación musical; una alucinación de tal potencia lírica que siempre lograba deslumbrarnos igual que la peor realidad Salvador Quiauhtlazollin estudió Derecho, es periodista free-lance. |
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