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tintero Elena y sus recuerdos
Virginia Careaga
Cuando murió Octavio Paz (19 de abril de 1998), al día siguiente los reporteros acudieron en tropel a entrevistar en su departamento en la ciudad de Cuernavaca a Elena Garro, su primera esposa, donde vivía en compañía de su hija Helena Paz. Al verla recordé lo que un día me dijo don Rubén Bonifaz Nuño: "La vejez es obscena". Ciertamente lo es, o quizá no; tal vez es mostrarla de manera artera e irrespetuosa, porque también recordé las fotos de la joven Elena, con y sin Paz, y me pareció irrespetuoso y vil mostrarla a la cámara, ajena de sí. No se trata de esconder el deterioro que nos causa el paso del tiempo, sino reflexionar sobre la falta de respeto que los medios de "comunicación" tienen para con la persona, sea quién sea. El trato que dispensa a la víctima de un secuestro, de una violación o a la primera esposa de la gloria nacional. Violación ésta de la intimidad en nombre de la noticia, de la exclusiva. Reporteros ignorantes que, como buitres, se lanzaron sobre los despojos. Resultó doloroso ver a Helena Paz Garro no saber qué estaba diciendo; ver a Elena Garro no como a una anciana, lo que no es indigno, sino como un ser desvalido, avasallado por "la noticia" de la muerte de Octavio Paz, Premio Nobel de Literatura mexicano. Los jóvenes reporteros querían meterle a Elena el micrófono por la boca, e insistían en saber su opinión sobre la muerte del poeta a quien seguramente ni siquiera habían leído. Mientras la cámara registraba, sin misericordia, el polvo, los muebles forrados de plástico, el pequeño espacio donde reinaban los gatos. Y volvían a la cara de la anciana, quien, con un tanque de oxígeno al lado y vestida sólo con camisón, intentaba contestar a las lerdas preguntas de siempre. Elena Garro no tardaría mucho en seguir a quien fue su compañero. Ella murió el 23 de agosto de 1998. Desde la entrevista, realizada en abril, seguía preguntándome a qué remoto lugar había huido esa vital mujer autora de Los recuerdos del porvenir, El árbol, La semana de colores, Felipe Angeles y otras obras que magnifican a la literatura mexicana. Nacida en Puebla en 1920, casada a los 18 años con Octavio Paz, entonces de 23, cuenta de su boda: "Me casé para poder tomar café". Su matrimonio duró más de 20 años, tuvieron una hija: Helena. Por el trabajo del escritor vivieron por todo el mundo civilizado. Ya sin Paz, Elena fue acusada de participar en los acontecimientos del 68. Se fue de México y se instaló en París. Ahí escribió, entre otros libros, Testimonios sobre Mariana, o Andamos huyendo Lola. Sin embargo, Los recuerdos del porvenir es considerada su obra maestra. Publicada en 1962 por Joaquín Mortiz, nos cuenta la historia de Ixtepec, pueblo que un día empieza a recordar su historia. Al contar esas vidas, Ixtepec, el narrador escogido por Elena, nos dibuja, mejor dicho pinta con los colores desvaídos por el recuerdo, un fresco del México de aquellos años. Cabría, quizá, imaginar a Comala contándonos la historia de Pedro Páramo, de Juan y Doloritas Preciado; de Susana San Juan. Aquí, también los personajes están muertos, como dice al final de la novela: "¿Quién es? Alguien que fue". Son los recuerdos del porvenir de los Moncada, de Isabel, Juan y Nicolás. Ella prefiere convertirse en piedra antes que dejar de amar al general Ignacio Rosas quien había matado a sus hermanos. Son los recuerdos del amor del general Rosas por Julia; pero también del que ésta sentía por Felipe Hurtado. Isabel se pierde por amor a Rosas, él por Julia; pero Felipe y Julia sí logran, aparentemente, huir, escapar de ese círculo de desamor. Garro crea toda una galería de personajes que como el coro en las tragedias griegas comentan y viven los hechos en los cuales, aunque no participan, recuerdan. Historias repetidas, aunque con otros nombres en cualquier pueblo del México de aquellos años, cuando no había ley en los caminos. Es lo ya ocurrido, lo ya pasado, los recuerdos del porvenir: la eternidad, porque Garro parece decirnos que el destino ya está escrito y no hay escapatoria. Historias de muerte y de sumisión; de amor y desamor. Los recuerdos del porvenir, una joya desde el título. Todo este universo que los jóvenes reporteros no conocen y quizá no conocerán. Elena dice que Paz, justamente, contaba a todo el mundo el baile de Ixtepec y que en 1957 le habían dicho a ella que esa idea se la iban a robar Carlos Fuentes y Buñuel para El ángel exterminador. Ciertamente, hay mucho de ese baile en dicho filme. Se trata de un baile organizado por los ricos del pueblo para entretener al general Rosas y a sus colaboradores para que los cristeros puedan huir. Sin embargo, Rosas descubre la artimaña y se va de la fiesta, dejando a sus soldados con la orden de que nadie salga sino hasta que él vuelva. El relato del paso del tiempo y el deterioro que éste, junto con el miedo, va causando en los invitados, es magistral. Aquí, a diferencia de la película de Buñuel, sí hay quien les impide irse del baile. Sólo Isabel Moncada puede salir de ese lugar infernal. En una larga carta enviada a Emmanuel Carballo, Elena confiesa de dónde sacó la imaginación, el gusto por la vida, las ideas; todo de sus padres de quienes heredó las cualidades de "partícula revoltosa" que a su vez ella transmitiría a su hija Helena. Habla también de su infancia, de sus filias y sus fobias: "Mi héroe era el padre Pro, mi enemigo, Plutarco Elías Calles. Cuando el general Amaro llegó a perseguir a los cristeros, todo el pueblo se encerró. Deva y yo salimos juntas a correr junto a su coche abierto para gritarle hasta quedarnos roncas: ¡Viva Cristo Rey!". Adentrarse en el mundo mágico de Elena Garro resulta fascinante. Ese mundo donde recrea la Iguala de su infancia en el Ixtepec de Los recuerdos del porvenir. Ella dice que no pensaba ser escritora porque le parecía absurdo sentarse a escribir y no a leer. Pero en 1953, estando en Berna, Suiza, enfermó y decidió escribir: "... como un homenaje a Iguala, a mi infancia y a todos aquellos personajes a los que admire tanto y a los que tantas jugarretas hice". Cuando Elena se fue de México empezó a escribir como por encargo. En 1981 obtuvo el premio Grijalbo por Testimonios sobre Mariana. Son tres relatos donde cuenta la historia de Mariana, personaje principal a quien nunca podremos ubicar cabalmente. Pero, ¿de qué se trata la literatura? Todos somos una figura en el tapiz, como diría Henry James. Así, Elena juega con la historia apenas novelada de la relación de Mariana (Elena) con Augusto (Octavio) y con un "gigolo sudamericano" (Bioy Casares o José Bianco) aunque nunca sabremos si Mariana saltó o no por la ventana junto con su hija. A dos años de su muerte quizá ya no se le recuerde. La prensa se ocupó de su muerte en la semana siguiente a su partida. ¡Qué ocurrencia morir en sábado! Cuando los suplementos culturales están ya impresos. Habría que pensar en una broma más de Elena. O quizá no, uno muere cuando tiene que morir. Pero ahí está su obra y ahora ya sólo nos habla desde el reino de las palabras Virginia Careaga ha colaborado en otros números de etcétera. |
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