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por los caminos de sancho

Nuevos tiempos
Nuevos riesgos

Renward García Medrano

... las fingidas y disparatadas historias de los
libros de caballerías, que por las de mi verdadero
Don Quijote van ya tropezando, y han de
caer del todo, sin duda alguna. VALE.

"El riego allí está, a menos que los
partidos políticos se renueven y revitalicen"
Foto: Miguel A. Navarrete

Llámese o no transición a la democracia, México cuenta ya con un sistema electoral tan autónomo y confiable que hizo posible retirar al PRI del gobierno federal sin conflicto social. No fue sólo "sacar al PRI de Los Pinos" para meter a Vicente Fox, sino disolver un fenómeno -el binomio PRI-gobierno- que estuvo en la esencia del régimen político fundado al término de la fase armada de la revolución.

El cambio es mayor y, por supuesto, no llegó intempestivamente ni solo. Desde Ruiz Cortines, que otorgó el voto a las mujeres, hasta Ernesto Zedillo que promovió las reformas de 1996, pasando por López Mateos y José López Portillo, los presidentes de México entendieron la necesidad de modernizar el sistema electoral pese al riesgo de que las coaliciones políticas que sucedieron a la gran coalición de 1929 perdieran el poder, como ocurrió el 2 de julio, o se vieran forzadas a abrir espacios a la oposición, como ha ocurrido en especial desde la reforma reyesheroliana.

No sé si los presidentes reformistas obedecieron a sus propios principios o actuaron a tiempo para evitar conflictos sociales mayores, ni creo que esto sea lo relevante para la historia. Lo que sí me parece claro es que ninguno de ellos intentó cerrar el paso a los cambios y esa actitud fue uno de los ingredientes poco reconocidos de la estabilidad política social del país. Mientras que Calles insertó en el Partido Nacional Revolucionario a todas las fuerzas políticas significativas de su tiempo y los presidentes, desde Cárdenas hasta López Portillo, mantuvieron la capacidad de inclusión del viejo partido, Miguel de la Madrid no quiso o no pudo dar el paso que parecía corresponderle: renunciar a la designación unipersonal de su sucesor y abrir espacios democráticos dentro del PRI.

Creo que De la Madrid tenía razón aunque su decisión tuvo, a la postre, un costo muy alto para su partido. Lo que en ese momento estaba en juego -y fue hasta ahora la disputa central dentro del PRI- era el liderazgo presidencial vertical e inapelable y, algo más importante: el poder. López Portillo había cedido a un grupo formado ya no en la política ni en el gobierno, sino en la poderosa, cerrada y arrogante burocracia financiera. Y con el cambio del poder quedó sellado el final del modelo estatista, proteccionista y populista que el propio López Portillo llevó a su expresión más alta con la expropiación de casi toda la banca.

Lo que siguió fue la maduración de la semilla sembrada por un hombre que se considera a sí mismo el último Presidente de la revolución. Miguel de la Madrid hace un gobierno de transición hacia el de Carlos Salinas, quien abre las fronteras comerciales y financieras casi indiscriminadamente y privatiza el grueso de las empresas del sector paraestatal.

De la Madrid no cedió la dirección de Pemex a Cárdenas ni logró que aceptaran a Muñoz Ledo como embajador en Londres, y ello lo obligó a encarar la ruptura con un puñado de priistas que formarían el Frente Democrático Nacional y el PRD. Salinas mantuvo la disciplina en el PRI con firmeza y eficacia (cosa que pretenden olvidar los priistas) hasta que destapó a Colosio. Zedillo estableció una "sana distancia" sin renunciar al liderazgo del PRI -y nadie se insubordinó, con excepción de Roberto Madrazo en 1995-, para no dejar un vacío de poder que habría sido llenado por fuerzas opuestas a la reforma electoral, que hubiesen obstruido la negociación y quizá frustrado la reforma misma. Así, el liderazgo zedillista tuvo un objetivo mayor: inhabilitar a las fuerzas de su partido contrarias a la transición a la democracia.

Hoy el gran problema no es el PRI, sino el riesgo de que éste quede hecho añicos y que el PRD se extinga o se fracture. El gran peligro es que, junto con el viejo régimen, se desintegre también el sistema de partidos, lo que dejaría al gobierno de Fox como rehén de los grupos de presión, especialmente los ultras de derecha, izquierda y el sector financiero, y le abriría la tentación de gobernar a golpe de plebiscitos y referendos, o no gobernar.

El régimen de partido hegemónico ha sido comparado con el de la desaparecida Unión Soviética, y tal vez ello se deba al papel determinante del Estado en ambos sistemas, pues mientras allá sí había un partido de Estado, lo que hubo aquí fue una dependencia del gobierno organizadora de las elecciones y coadyuvante en los procesos de negociación política que, siempre que fueron decisivos, quedaron en manos del Presidente y fueron operados por el secretario de Gobernación.

En lo que sí corremos el riesgo de parecernos a la ex URSS es en la precaria gobernabilidad de Boris Yeltsin, primer presidente de Rusia electo democráticamente, cuyo carisma y populismo no frenaron el derrumbe de las instituciones, el caos y la incompetencia. En esto también habría que guardar todas las proporciones, pero el riesgo allí está, a menos que los partidos políticos, incluyendo al PAN, se renueven y revitalicen, y tanto el futuro presidente como el Congreso de la Unión tengan sabiduría política para preservar, modernizar y fortalecer las instituciones.

* * *

El país será otro. Ya es otro. Tenemos que verlo y pensarlo sin prejuicios y con plena conciencia de que las tareas pendientes son formidables. Por mi parte, seguiré con interés las aportaciones de etcétera a esa reflexión, y con esta entrega cierro el ciclo de mis colaboraciones en este espléndido semanario y doy fe de mi gratitud a los lectores por su paciencia y comprensión y a Raúl Trejo Delarbre por la hospitalidad que me brindó desde el mismo día que tuvo noticia del cierre de la revista Tiempo. Gracias, y hasta pronto

Renward García Medrano es periodista.

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