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Las próximas reformas
José Woldenberg K.
Hay que comenzar diciendo gracias. Por supuesto, agradezco a la agrupación política Iniciativa XXI y a los compiladores de este libro, mis amigos Alberto Begné y Ricardo de la Peña. Es un placer estar con ellos y con todos ustedes. Y todavía más, es muy importante asistir a su convocatoria por otra razón: la absoluta pertinencia de los temas que contiene este libro. Este trabajo nos viene a decir, precisamente, que la obra electoral, la que los partidos y sus militantes aquí presentes iniciaron desde el fin de la década pasada, ya está cumplida en lo fundamental; pero el libro nos dice que, sin embargo, estamos mal preparados para enfrentar las nuevas condiciones pluralistas, que nuestro problema ya no es la falta de democracia sino al revés: las consecuencias que la democracia genera. Pero vamos por partes. El esfuerzo de Begné y De la Peña, junto con los otros 14 autores, es útil porque orienta. Más que eso: proponen replantear la agenda política del país. Nos impelen a cambiar rápidamente el foco de las preocupaciones políticas y a hacernos cargo, de inmediato, de otros problemas generados por el pluralismo: los problemas de la gobernabilidad, esto es, la relación entre poderes, el proceso legislativo, la gestión y administración federal en un contexto efectivo de reparto del poder, las válvulas estatales para evitar parálisis y procurar una eficiente emisión de leyes y fórmulas para que el Estado pueda generar políticas públicas compartidas y de largo plazo. El libro vale por eso: porque convoca, lo mismo a la academia que a los políticos, a un razonamiento sereno de lo que vamos a hacer con un país que dejó de tener mayorías absolutas para convertirse en una nación cruzada absolutamente por la pluralidad. Y si ésta va a tener viabilidad histórica, si va a ofrecerle al país un desarrollo mejor, necesita acuerdos nuevos sobre el suelo político que pisa. Si me permiten decirlo de modo cinematográfico: el destino -político- nos alcanzó. Desde hace varios años ya se habían manifestado síntomas de esa pluralidad irrefrenable. Hasta donde alcanzo a ver, la etapa crítica -la que aceleró el reparto del poder político en México- se desarrolló especialmente desde 1989: en ese periodo varios candidatos del PAN fueron electos como gobernadores y muchos otros candidatos de ese partido y del PRD conquistaron las presidencias municipales en localidades de gran importancia demográfica y económica. A partir de 1989 se expandió la presencia local opositora en una magnitud nunca antes vista y quedó de manifiesto un conjunto de realidades locales que evolucionaron en forma muy diferenciada. El periplo político que vivimos desde entonces mostró que los partidos opositores se convertían en auténticos partidos nacionales. Luego vinieron las reformas electorales de 1989-1990, de 1993, 1994 y 1996, y con ellas una nueva aceleración de la competencia y de la democratización. Especialmente, luego de 1996, los partidos obtuvieron grandes recursos y tuvieron todas las garantías imaginables para asistir confiados a la arena electoral. Esa realidad diferenciada, a su vez, demostraba una importante capacidad de recuperación del PRI. Fueron numerosos los casos en los cuales ese partido supo remontar sus derrotas y reconquistar plazas importantes: Saltillo, Monclova, Ciudad Guzmán, Valle de Bravo, Zitácuaro, Cuernavaca, para poner algunos ejemplos municipales, o las capitales de Durango, Oaxaca, Puebla y Sinaloa. Así que en muchas zonas del país el sufragio regresó al PRI y castigó a los gobiernos de sus partidos contendientes. La volatilidad del voto es un rasgo distintivo de las elecciones mexicanas en los últimos seis años, beneficia o perjudica a todas las fuerzas políticas del país. El método democrático demostró, sin dudas, su ventaja radical: que no hay ganadores eternos ni perdedores perpetuos, que es un camino abierto a intereses y proyectos políticos distintos. Así, comicios y partidos cobraron plena centralidad. La lucha electoral tocó y modificó otras tantas realidades: la discusión pública, la forma como funciona el gobierno, la relación entre el centro, los estados y las regiones del país, el prestigio de la nación ante el mundo, las conductas, las ideologías, las estrategias de los actores, la cultura y la cultura política. 1997 lo anunció con toda claridad: éramos testigos de fuertes oscilaciones en la votación de los diferentes partidos, las elecciones traían una cauda de cambios en las posiciones de gobierno, llevaron a la eventual inexistencia de mayorías absolutas en la Cámara de Diputados y trastocaron con ello a casi todos los mecanismos gubernativos. Las elecciones de 1997 marcan un punto de inflexión: hasta ese año -bajo el esquema republicano, democrático, federal y representativo que consigna la Constitución- existió un solo bloque político dueño de la hegemonía y que durante décadas mantuvo una clara mayoría en todos los espacios del poder estatal. En los últimos años esa realidad cambiaba aceleradamente y obligaba a establecer negociaciones, acuerdos, alianzas; en general un nivel de comunicación y de intercambio más alto que en el pasado. Los partidos políticos no solamente se consolidaron como opciones electorales sino que se instalaron progresivamente en la sala de máquinas del sistema político y en el corazón mismo del Estado. Sobrevinieron las elecciones de 1997 y finalmente las del año 2000 sin que hubiéramos alcanzado una reforma que preparara al Estado nacional para recibir los enormes cambios impulsados por los comicios. Habíamos dedicado muchos esfuerzos, elaboración y creación política a la esfera electoral pero no habíamos hecho lo mismo con la esfera de gobierno. Además ese tránsito democrático y la consecuente discusión sobre la nueva gobernabilidad de México no ocurrió en un vacío de laboratorio. La discusión estuvo enmarcada por otros complejos procesos que arrancaron y se desarrollaron simultáneamente en la década de los 90: crisis, ajuste, reestructuración económica, difíciles equilibrios fiscales. Y todo ello, de muchas maneras, también presiona a nuevos cambios en la esfera de gobierno. Es hora de reconocer que el país estuvo demasiado concentrado en el estudio y las propuestas de cómo erigir una adecuada representación y una competencia electoral limpia y equitativa y que, en cambio, se atendió poco el examen de las condiciones para un gobierno eficaz, en una nueva economía, con una nueva institucionalidad y fundamento democrático. Creo que el énfasis fue comprensible, pero cada vez es más claro que hablar del futuro democrático de México implica necesariamente hablar de todos esos asuntos relativos al ejercicio del poder y al "grado" de gobierno. Estas Propuestas para el debate nos dicen que la agenda de la elaboración política en México está abierta y, sobre todo, que ya es posible hablar seriamente y con franqueza acerca de los problemas que la democracia genera. Este libro tiene ese papel perentorio: es hora de discutir abiertamente esos puntos de equilibrio y de tensión necesarios para la estabilidad y la sustentación de la democracia: entre estabilidad y cambio, libertad y orden, expansión de la participación política y eficacia en la toma de decisiones, obligaciones gubernamentales y responsabilidad ciudadana. En conjunto, el libro tiene otra virtud: propone una agenda concreta de reformas puntuales y de políticas específicas para atacar los problemas más importantes del país. De modo tal que esta compilación combate la vieja y mala idea según la cual, si se resuelve el problema "A", en automático vendrán las soluciones al problema "B", al "C" y al "D". En realidad, las cosas no son así: cada uno de los asuntos aquí señalados -la reforma fiscal, la política ambiental, la seguridad nacional, el sistema financiero, la política social, y un largo etcétera- requieren un tratamiento específico, un esfuerzo, su propio diagnóstico, acuerdos y un diseño de políticas especialmente elaborado. La anotación vale porque durante mucho tiempo oímos decir que la democracia sería la solución para el problema indígena o para erradicar la pobreza, lo mismo para resolver "X" o para atacar "Z". Pero no es así: la democracia resuelve dos problemas: el de la legitimidad del gobierno y el de la convivencia civilizada y pacífica de sus intereses y fuerzas. Esa era una asignatura clave para México: construir un método legítimo y moderno de transmisión del poder político. Aún falta todo lo demás. Los autores del libro lo advierten: la llegada de la democracia nos permite ver de frente al país y a su complejidad, permite acercarnos y discutir los problemas de otra manera, pero no brinda soluciones automáticas.
El inventario compilado aquí no sólo nos da un panorama bastante completo de los temas claves del país, de los temas obligatorios para nuestro futuro inmediato. Y este libro es algo más: sus autores nos proponen soluciones, iniciativas puntuales, elaboraciones precisas para cada caso. Es, en realidad, una propuesta bien fundada y -¿por qué no decirlo?- bien escrita para la agenda del gobierno. Se inscribe de lleno en lo que algunos hemos llamado "reformas políticas de segunda generación". Así pues, si alguien quiere situarse y darse una idea de los asuntos neurálgicos de México en el 2000 debe asomarse a esta obra. ¿Qué vamos a hacer con la Constitución? ¿Es o no suficiente? ¿Qué modificaciones necesita? ¿Es posible encarar un diseño nuevo o es que la realidad y la historia política nos impele más bien a pensar en un camino de cambios precisos? Avanzamos en la independencia política del Poder Judicial pero hay una dimensión del problema irresuelta: ¿cómo hacer que los más débiles sean efectivamente iguales ante el Estado y la ley? ¿Qué lugar va a tener en adelante la idea de la seguridad nacional? ¿En qué sentido deben ser reformados sus órganos y sus operaciones? ¿Qué tipo de política y de leyes son necesarias para desanudar la cuestión indígena y propiciar el bienestar de esas comunidades, las más pobres del país? ¿Qué reforma tributaria? ¿Cómo resolver éste, que es el más viejo problema de nuestra economía política? Las políticas para el desarrollo sustentable, el sistema financiero, la administración federal, la política social y la reforma en materia laboral. No son temas de interés sino de urgencia. Los 14 ensayos obedecen a una estructura homogénea: se explica la relevancia del tema, se diagnostica su estado y se proponen soluciones e iniciativas precisas. Cualquier partido político podría echar mano de estos insumos -algunos de ellos indiscutibles, otros originales- para elaborar su propia agenda. México necesita de una batería de nuevos acuerdos como los que aquí se proponen. Los autores buscan esos puntos de convergencia, los asideros comunes de la viabilidad de este país irremisiblemente pluralista. Como dice John Womack, quizá necesitemos de esos acuerdos como nunca, desde 1917. Las tareas están ahí y serían parte por igual de la agenda obligatoria de un gobierno panista, cardenista, priista o de cualquier otro color. Abordarlos con seriedad es la condición para que los mexicanos tengan la certeza, no sólo de que pueden elegir libremente a sus gobernantes, sino de que su país sigue siendo gobernable. Resta felicitar a Iniciativa XXI, que ha demostrado entender tan bien el papel de una agrupación política. Han logrado una obra, confeccionada con autores relevantes y, sobre todo, llena de temas y propuestas importantes. Ha costado mucho trabajo llegar a este punto: el riesgo, la apuesta y el compromiso de miles de militantes, el trabajo de cientos de funcionarios, grandes recursos económicos, la expectativa y la acción de millones de ciudadanos. Los mexicanos no podemos más que sentirnos legítimamente orgullosos de la obra reformadora. Con nosotros están algunos de sus protagonistas principales. Ellos, sus partidos políticos, en plural, fueron los impulsores y los creadores de la nueva realidad democrática. Hay que haber vivido los últimos 20 años en México para saber que hoy y aquí existen cuatro cosas que no existían entonces: votantes libres, partidos políticos nacionales y competitivos, opinión pública independiente e instituciones que ofrecen garantías de legalidad y de limpieza en la disputa política. Habría que ser historiador para saber que esas cosas existen juntas por primera vez en México. Vuelvo al principio: la radical novedad de fin de siglo es que existen fuerzas institucionales capaces de encauzar la pluralidad, darle su lugar, facilitar su expresión y volverla una parte de la representación de la nación. Estas fuerzas protagonizaron la transición democrática mexicana pero tienen en frente otras tantas tareas pendientes, acaso más profundas y de grandes consecuencias para la vida del país. No cuentan con demasiado tiempo para abordarlas. Resolverlas dará la pauta a la sobrevivencia de la democracia en México. Este libro es completamente consciente de que hemos entrado a una nueva fase de la vida política. Aquí está su agenda. A pesar de las dificultades, del cortoplacismo y de las rivalidades, creo que nunca antes en la historia moderna estuvimos mejor preparados para consolidar y hacer duradero el cambio democrático de México. De ustedes depende. Felicidades y muchas gracias José Woldenberg K. es presidente del Consejo General del Instituto Federal Electoral. Texto leído durante la presentación del libro Propuestas para el debate, compilado por Alberto Begné y Ricardo de la Peña. |
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