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textos Dios en el siglo XXI
Javier López Brussi
La paz de Westfalia, firmada en 1648, puso fin a casi dos siglos de tensión religiosa en Europa, tensión que motivó y dio lugar a un gran número de conflictos y guerras. Los historiadores han señalado, en ocasiones, el sentido circular de la historia y el riesgo de que se repitan acontecimientos pasados que generaron consecuencias de terrible recuerdo. El escritor y político André Malraux anunció que el siglo XXI sería espiritual o no sería nada. ¿Está el resurgir espiritual necesariamente vinculado a conflictos y tensiones? El año pasado fue testigo del recrudecimiento de los conflictos religiosos a nivel mundial. Quizá el hecho de que 1999 centrara sus focos de atención en otros sitios y temas no reste significación a las tensiones de raíz religiosa en países como Pakistán, India, Indonesia, Israel o Malasia, por citar sólo los más importantes. Independientemente de que se compartan o no teorías de autores como Fukuyama o Huntington, sí parece claro que la última década del siglo XX trajo consigo una destacada disminución de las confrontaciones de tipo político y económico, articuladas en torno al eje capitalismo-comunismo, para subrayar otras que pudieron ser ocultadas por las anteriores durante casi media centuria: las sociales y culturales. Aunque movidas por un objetivo esencialmente unidimensional y cercanas a la exageración, en algunas de sus aristas más intransigentes, las ideas de Huntington no se deben menospreciar pues, efectivamente, los eventuales campos de batalla del siglo XXI pueden originarse a partir de las líneas de quiebre que, desde una perspectiva cultural y religiosa, se extienden en un mundo cada vez más pequeño debido al crecimiento poblacional y el desarrollo de los medios de comunicación. Esta situación aumenta las interacciones entre civilizaciones, intensificando la propia conciencia de civilización y la percepción de las diferencias y los puntos comunes con otras. No hay coincidencia sobre el llamado "fin de las ideologías" y de las utopías, pero parece claro que, a pesar del avance del pensamiento crítico de la modernidad que consideraba la supresión de la religión como factor de progreso y emancipación de la humanidad, asistimos a un cierto renacimiento religioso que se puede comparar, aunque la coyuntura sea muy diferente, a la llamada "revancha de Dios" a finales de la década de los 70. Entonces, algunas religiones recuperaron el protagonismo político y social que perdieron en decenios anteriores, tal y como ocurrió con la subida al poder del ayatollah Jomeni en Irán. Los líderes religiosos salieron de su reclusión en los centros sagrados para entrar en la vida pública y tomar las riendas del poder. En la actualidad, cuando el proceso de modernización económica y de cambio social está disociando a los pueblos de sus antiguas identidades regionales, la religión ha avanzado para rellenar ese hueco en buena parte del mundo, a menudo bajo la forma de movimientos que se clasifican como "fundamentalistas": así se proporciona una base de identidad y compromiso que trasciende las fronteras nacionales y puede disociar o unir distintas civilizaciones. Ya no hay razones fuertes para negar la religión si consideramos además que el historicismo marxista y el cientificismo positivista, algunas de las teorías filosóficas que aseguraban haber liquidado a la religión, parecieron ecliparse a finales de los 80. Cuando ni la ciencia ni la tecnología ni la democracia tienen todas las respuestas, la religión las ofrece de nuevo. Sin embargo, este renacer religioso no impide que exista un riesgo evidente de que muera Dios, como anunció Nietzsche. El Dios que tiene futuro es el Dios de la libertad y de la esperanza, de la liberación y de la compasión, no el Dios del teísmo político, insensible al sufrimiento; el de la ortodoxia doctrinal ajeno a la vida y carente de presente y de futuro. Dios puede morir si las religiones no sirven al hombre, no atacan los principales problemas y preocupaciones que lo acucian, no logran canalizar el actual despertar espiritual hacia el pensamiento y la fundamentación racionales, opuestos al fervor emocional y, en ocasiones coyuntural que promueven ciertos movimientos religiosos y sectas que aprovechan no sólo el apogeo espiritual sino igualmente la falta de referentes y de dirección clara. También puede morir Dios si esta mayor espiritualidad demandada no se encauza hacia el mejor entendimiento universal en el que las diferencias unan y ayuden a entender y comprender la diversidad, luchando así contra una utilización fundamentalista, extremista y alienadora de los sentimientos populares. El sesgo que tomaron los acontecimientos en países como Argelia, Egipto y Afganistán es una muestra indudable de la radicalización que se debe evitar. El ejemplo de Irán, país ancla de la causa musulmana, evolucionando hacia el reformismo y el entendimiento con sus principales enemigos, ofrece un botón de muestra que alienta la esperanza. La tolerancia y la comprensión son todavía más necesarias cuando la próxima centuria se presenta como el siglo de las migraciones y cuando, a la problemática religiosa se añaden las diferencias étnicas y la complejidad social de ciertos Estados. Es el caso de Nigeria, con más de cien millones de habitantes que corresponden a más de 400 etnias donde al malestar por la tardanza de las libertades democráticas prometidas se añade ahora otro importante riesgo para su unidad: la imposición de la sharia (código social y penal islámico) en varios estados, que ha generado un clima de hostilidad hacia otras religiones y creencias, en especial, las cristianas y animistas del sur del país. Así ocurrió en el país más grande de Africa, Sudán, enfrentado en una guerra civil entre el norte musulmán y el sur cristiano. No implican un menor riesgo las tensiones religiosas en el mayor país musulmán del planeta, Indonesia, o el conflicto argelino. El racionalismo, el individualismo, la secularización y el pragmatismo han afectado las identidades religiosas en gran medida y es muy probable que las próximas décadas aceleren esta evolución. En un mundo progresivamente globalizado y homogeneizado, la búsqueda de referentes y esquemas mentales se impone. En todo caso, quizá mueran las iglesias pero el sentido religioso continúa y crecerá en el futuro, demandando mayor espiritualidad y, con ello, también prácticas esotéricas, grupos de sincretismo, influencias orientalistas y el riesgo de caer en una suerte de autoservicio espiritual sin fundamentos claros: las religiones no son necesariamente mejores que las sectas u otro tipo de movimientos más laxos, pero al menos su evolución histórica les ha permitido tener referentes claros y no fruto del capricho de un líder mediático o alucinado. Las religiones tienen que seguir evolucionando al hilo de nuevas demandas populares sin caer en la inmediatez y la envoltura brillante de ciertos movimientos actuales, acercándose a los problemas reales de la gente y abandonando el dogmatismo a ultranza. ¿Qué puede operar como obstáculo para que así sea y complicar la solución? Por un lado, es muy lento el avance hacia la comprensión y el entendimiento de diferentes teorías y opciones: dentro del cristianismo se acaba de levantar la excomunión a Lutero (uno de los protagonistas de las tensiones religiosas ¡hace casi cinco siglos!) y existen muchos puntos de divergencia, bien en los supuestos de atracción de fieles desde orígenes geográficos múltiples -también eso es globalización- bien en la cuestión del sacerdocio femenino, en los métodos de control natal o respecto de la llamada teología de la liberación. Por su parte, la causa musulmana se enfrenta a una oposición cada vez más fuerte entre sus dos ramas fundamentales: la sunní y la shií. Otras religiones se enfrentan también a diferencias de interpretación de ciertos dogmas. Parecería pues que, a diferencia de la evolución político-económica, más práctica, la evolución religiosa es más lenta, quizá porque las características culturales son menos mudables y se resuelven con menos facilidad que las políticas y económicas. A ello hay que añadir la falta de marcos de discusión y de diálogo, y de instancias mediadoras entre religiones. Una muestra última de la dirección a seguir las encontramos en la visita que Juan Pablo II, cabeza de la Iglesia católica además de jefe de Estado del Vaticano, llevó a cabo hace unos meses en un país mayoritariamente musulmán, Egipto. Con ello el papa, cuya intransigencia en otras cuestiones no ha facilitado el entendimiento hasta la fecha, vuelve a demostrar su clarividencia política, como anteriormente lo hizo en relación con Europa del Este Javier López Brussi es investigador español, especialista en relaciones internacionales. |
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