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La demagogia
Fanatismos de varios colores

Juan Eduardo Martínez Leyva

"Diversos movimientos han
mostrado el desprecio por las
vías legales e institucionales"
Foto: Jorge Claro/Contraluz

Los clásicos de la política hace ya más de 300 años señalaban las formas como los regímenes políticos se pervierten y crean su propia amenaza. Al llevar al extremo las bases que le dan sustento se vuelven opresivos e insostenibles como formas civilizadas de cohesión y convivencia. El régimen monárquico, por ejemplo, degenera en el despotismo; el gobierno de los nobles en la aristocracia y la democracia en demagogia.

Creo que casi todos estamos de acuerdo con la idea de que la democracia es, hasta ahora, la forma más adecuada o menos imperfecta que la humanidad ha encontrado para el establecimiento de las reglas de gobierno y convivencia social. En América Latina, salvo en raras excepciones, el dilema y la discusión no se centran ya en la disyuntiva de la dictadura militar o el gobierno revolucionario.

En México, por su parte, si bien se ha avanzado sustancialmente en el establecimiento de una democracia más cercana a las aspiraciones liberales, las posiciones radicales y autoritarias aún están presentes en sectores muy influyentes de la vida política nacional.

La intolerancia, el fanatismo y las actitudes que abiertamente conspiran contra el régimen democrático no son etiquetas que se puedan poner exclusivamente a un grupo, estrato social o partido político. Desafortunadamente estas formas de expresión política están ampliamente extendidas a lo largo y ancho del país y tienen arraigo cultural.

La educación, la información, la apertura y la participación son elementos poderosos para apuntalar a la democracia. El análisis y la crítica de las posiciones y discursos políticos hacen una contribución no menos importante a esta causa.

La mayoría de los intelectuales mexicanos son más proclives a la crítica de la manipulación y del engaño cuando éstas provienen de grupos de poder identificados con el viejo régimen, pero ejercen una infinita tolerancia cuando su fuente se localiza en los emergentes grupos de la vieja izquierda. Claro que existen excepciones, pienso, por ejemplo, en aquel valiente artículo de Octavio Paz, en el momento mismo del levantamiento en Chiapas, alertando sobre el contenido autoritario y demagógico del movimiento zapatista. Pienso también en numerosos escritores que desde el principio criticaron las absurdas razones que justificaron el casi interminable secuestro de la UNAM.

Después de la estrepitosa derrota electoral, algunos sectores aspiran a reposicionarse en el ánimo del electorado mediante una estrategia que privilegia la demagogia sobre la ética y la responsabilidad. Es el caso del núcleo hegemónico del Partido de la Revolución Democrática. En el pasado, el ofrecimiento de soluciones irreales o engañosas a diversos grupos sociales les ha dado ya, a estos actores, excelentes rendimientos. Su discurso "prende" y emociona.

El activismo oportunista que los caracteriza -arropado en un lenguaje justiciero y fundamentalista en favor de los más necesitados y en contra del gobierno opresor o del Estado burgués- les ha permitido "ganar" muchos espacios y ámbitos de influencia. En su paso por las principales universidades públicas, por sus sindicatos y movimientos estudiantiles, y en su participación en diversos movimientos sociales, han dejado huella. Estos grupos son los que le dan sentido a eso que algunos analistas han señalado como la irremediable adolescencia del PRD. Ahora tienen sobre sus espaldas la responsabilidad de conducir nada más y nada menos que al gobierno del Distrito Federal y la seguirán teniendo por seis años más, aunque ahora lo harán en condiciones de mayores equilibrios y contrapesos.

Recientemente han sido protagonistas de una oposición abierta respecto de la propuesta foxista de reforma fiscal. Específicamente en relación con la idea de eliminar la exención del IVA a los alimentos y a las medicinas. Sus argumentos son tan elocuentes como contundentes: no estamos de acuerdo con que se cobren impuestos al hambre ni a la enfermedad. Su propuesta es igualmente indiscutible: si se eliminan los subsidios del Fobaproa el gobierno no tendría necesidad de aumentar los impuestos. En consecuencia, digo yo, sólo los perversos y neoliberales enemigos de los pobres estarían en favor de lo contrario. ¿Quién será el político suicida que compita con estos razonamientos?

No hay tema más redituable en el "mercado" electoral que oponerse al cobro de más impuestos. En la actual campaña electoral estadounidense el tema fiscal es de gran importancia. La pequeña diferencia es que mientras aquí todavía no entendemos que para atender los grandes rezagos sociales hay que fortalecer la capacidad recaudadora del Estado, allá están discutiendo cómo se reparte el superávit, logrado con una inteligente política recaudatoria impulsada por la administración Clinton. El superávit no debe ser dinero del gobierno, debe ser del pueblo, dijo George W. Bush en el cierre de la Convención Republicana, donde fue elegido formalmente candidato de su partido a la Presidencia.

En los años recientes han existido diversos movimientos sociales que probablemente en sus orígenes tuvieron más o menos alguna legítima justificación que sin embargo derivaron hacia formas más radicales e intolerantes. Estos movimientos llegaron a subestimar o incluso a atacar abiertamente el Estado de derecho, el cual no está por demás recordar que es uno de los pilares del Estado democrático.

Desde el movimiento zapatista hasta el de deudores de la banca; desde los huelguistas de la UNAM hasta el de los carros chocolates o los invasores de pozos petroleros. En todos estos movimientos han habido dos constantes que preocupan: el desprecio por las vías legales e institucionales para resolver sus demandas y la demagogia como vía para lograr la aceptación social. Una tercera constante se relaciona con la ausencia de una clara estrategia de información oportuna y suficiente acerca del origen de los problemas y sus alternativas de solución, así como con la pasividad inicial o complacencia de los críticos.

Ojalá que la necesaria reforma fiscal se logre con el entendimiento responsable de todos los actores sociales, sin necesidad de volver a poner en jaque la resistencia del régimen democrático que ahora todos declaramos estar construyendo. Sería irresponsable dejar que la oposición a la reforma fiscal derivase en un movimiento de no pago de impuestos, o en el cuestionamiento de la legitimidad del gobierno federal para recaudarlos

Juan Eduardo Martínez Leyva es licenciado en Economía.

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