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Orígenes del presidencialismo
La ruptura Calles-Cárdenas

Héctor Ceballos Garibay

Lázaro Cárdenas, Plutarco Elías Calles y
Tomás Garrido Canabal (a la derecha
del jefe máximo). Tabasco, 1934
Foto: Archivo Casasola

Un nuevo estilo de gobernar se impuso al llegar Lázaro Cárdenas a la silla presidencial. Ya desde la campaña política, pero sobre todo a partir del 1 de diciembre de 1934, día de la toma de posesión, prevaleció una forma inédita de ejercer el poder político por parte del Ejecutivo. En efecto, inspirado en una austeridad republicana, acorde con un país de enormes desigualdades y carencias, el primer mandatario ordenó cuestiones como la eliminación del boato en las ceremonias oficiales, el cambio del ostentoso frac por el uso de un traje sencillo, la edificación de Los Pinos como la nueva casa presidencial en sustitución del fastuoso Castillo de Chapultepec, la reducción del sueldo del Presidente a la mitad de lo estipulado oficialmente, la clausura de los casinos (algunos de los cuales pertenecían a su antecesor, Abelardo Rodríguez) y, sobre todo, la práctica cotidiana de recibir en Palacio Nacional a obreros y campesinos durante una hora diaria para atender sus quejas y oír sus puntos de vista.

La conformación del primer gabinete presidencial, que estuvo en funciones hasta junio de 1935, mostró otra vez la enorme astucia política de Cárdenas, quien supo equilibrar la fuerza de los callistas, a quienes no podía dejar al margen, con la presencia de partidarios suyos que situó en puestos clave. Entre los allegados de don Plutarco estuvieron: Rodolfo Elías Calles en la Secretaría de Comunicaciones; Juan de Dios Bojórquez en la de Gobernación; Tomás Garrido Canabal en la de Agricultura; Pablo Quiroga en la de Guerra y Marina, Abraham Ayala González en el Departamento de Salubridad; y Aarón Sáenz en el Departamento del Distrito Federal. Formando parte del grupo cardenista destacaron: Francisco J. Múgica en la Secretaría de Economía; Ignacio García Téllez en la de Educación; Silvano Barba González en el Departamento del Trabajo, y Gabino Vázquez en el Agrario; Emilio Portes Gil en la Secretaría de Relaciones Exteriores, y Heriberto Jara, quien fue designado como inspector general del Ejército, un puesto de importancia capital porque de él dependían las compras de los pertrechos militares y el control administrativo de las jefaturas de Operaciones Militares de todo el país. Con este mismo objetivo de lograr un equilibrio político que le permitiera llevar las riendas del gobierno, el Presidente incluyó a un hombre de fuerte personalidad y criterio autónomo como Narciso Bassols en la Secretaría de Hacienda, y excluyó a un político tan importante y antiguo adversario suyo como el general Joaquín Amaro. En puestos de menor importancia se invitó a colaborar a viejos enemigos del callismo, como lo eran los zapatistas, los villistas y los ex carrancistas, quienes reaparecían en el escenario político gracias a la estrategia conciliatoria y de pesos y contrapesos ideada por el general de Jiquilpan.

Dos factores de gran relevancia precipitaron el enfrentamiento político entre Calles y Cárdenas, los hombres más poderosos del país, generándose así una conflictiva sociopolítica mayúscula cuyo desenlace histórico dio origen al sistema presidencialista mexicano. En el primero de ellos, concerniente a la reactivación del problema religioso, salió a relucir la pintoresca figura de Tomás Garrido Canabal, quien había mantenido un cacicazgo de corte militarista por más de diez años en Tabasco. En efecto, aliado y solapado con y por los callistas, Garrido aprovechó su inmenso poder como gobernador del estado para impulsar en él un proyecto de sociedad cuyos ejes programáticos fueron: la organización paramilitar y corporativa de 50 mil "camisas rojas", ejecutores y portavoces del radicalismo anticlerical; el combate a la Iglesia y a la religión católicas a través del ejercicio directo de la violencia en contra de sus representantes, sus mitos e instituciones; la persecución de los vicios y costumbres de ocio de los tabasqueños mediante la destrucción de las tabernas y las casas de juego; la construcción masiva de escuelas, granjas agrícolas, brigadas culturales, fiestas deportivas y rurales (se sustituyó el santoral cristiano por un culto pagano en honor a los productos agrícolas regionales) y la centralización y el control político de los sindicatos, los cuales quedaron bajo la batuta del Estado garridista. Este experimento social sui géneris, de fuerte inspiración fascista, no tuvo mayores coincidencias con las experiencias izquierdistas de Yucatán, Veracruz y Michoacán, pues Garrido, aunque compartía el anticlericalismo de los radicales de izquierda (Alvarado, Carrillo Puerto, Tejeda, Cárdenas), jamás llevó a la práctica un programa de socialización o distribución de la propiedad agrícola y más bien se opuso al reparto ejidal, al tiempo que se convertía él mismo en próspero terrateniente. Garrido Canabal, hombre dogmático y megalómano, utilizó a sus "camisas rojas" para construir un gobierno autocrático que no sólo no permitía las libertades democráticas esenciales (de expresión, organización y disidencia), sino que recurría cotidianamente a la violencia (asesinatos, torturas y cárcel) en contra de sus opositores con tal de mantener y ampliar su poder absoluto en Tabasco.

A diferencia de Calles y Cárdenas (quien, como gesto simbólico, votó por el tabasqueño en los comicios presidenciales de 1934), Múgica nunca simpatizó con Garrido Canabal. Al contrario, muy pronto se percató de la personalidad autoritaria y arbitraria de aquel joven que conoció en 1915, durante su breve gestión administrativa en ese estado, y el cual devino en un cacique cuyos proyectos sociales eran sólo un subterfugio para encubrir el culto a su personalidad. Las escasas afinidades políticas entre ellos, por ejemplo, la aversión al alcoholismo, palidecieron ante el rechazo moral que sentía el michoacano por un individuo egocéntrico y protofascista como el secretario de Agricultura. Ciertamente, Francisco José fue siempre un hombre de ideas radicales, pero jamás en su vida recurrió al asesinato o a la persecución violenta de sus opositores políticos; antes al contrario, se mostró tolerante y capaz de llevar larga y profunda amistad con personas ajenas por completo a su concepción del mundo, como fueron los casos del doctor Guiza y Acevedo y de Brito Foucher. Este último, por cierto, se convirtió en el principal rival político de Garrido Canabal y, en su calidad de líder del movimiento antigarridista, recibió generoso auxilio del general michoacano cuando organizó las expediciones que salieron de la ciudad de México con el objetivo de combatir la estructura caciquil de poder en Tabasco. Múgica, no hay duda, fue un individuo poco flexible en términos ideológicos, demasiado rígido en sus convicciones políticas, proclive incluso a la intransigencia, pero nunca infringió las leyes que él mismo ayudó a forjar durante las jornadas constitucionales de 1917, las cuales, entre otras cosas, garantizaron la libertad de culto y creencias.

Sorprendido ante la creciente autonomía política mostrada por Cárdenas, el jefe máximo utilizó otra vez el conflicto religioso como arma para debilitar al Presidente en turno y acrecentar su propio ascendiente político. En esta perspectiva, nada mejor que recurrir a Garrido Canabal, quien trasladó a sus "camisas rojas" de Tabasco a la ciudad de México, y comenzó, ya como secretario de Agricultura, una cruzada anticatólica mediante la organización de mítines desfanatizadores afuera de las iglesias y la escenificación de los "sábados rojos" en Bellas Artes con el fin de propagar el ateísmo. Nuevamente el clero se sentía provocado y hostilizado por el régimen, y esto ocurría en un contexto político altamente conflictivo que estaba a punto de rebasar a un Ejecutivo tan novel como don Lázaro. El incidente que produjo la crisis final ocurrió el domingo 30 de diciembre, al momento en que los feligreses católicos salían de misa matutina verificada en la parroquia de Coyoacán. Un contingente numeroso de "camisas rojas", que siempre portaban armas, comenzó la andanada de injurias y admoniciones contra los fieles, quienes respondieron a su vez agrupándose y revirtiendo los insultos. A poco, los denuestos no bastaron y se pasó a la violencia física directa: primero fueron las piedras y los golpes, más tarde, embozados en la trifulca, salieron los disparos y cayeron seis católicos sin vida. Del otro lado, un joven radical que llegaba tarde a la reunión y vestía el uniforme de los "rojos" se convirtió en víctima fácil de la venganza de la enardecida masa católica, la cual persiguió por toda la plaza a sus contrincantes antes de que éstos encontraran refugio bajo los muros de la delegación de Coyoacán, dirigida en ese entonces por un funcionario garridista.

Lázaro Cárdenas rinde
protesta como Presidente
Foto: Archivo Casasola

Luego de los respectivos funerales, con multitudes de ambas partes culpándose mutuamente y clamando justicia, Cárdenas volvió a mostrar sus dotes de gran estratega político: ordenó al procurador de Justicia el arresto de 40 "camisas rojas", deslindó a su gobierno y al PNR de los funestos acontecimientos, y poco a poco fue tejiendo los hilos que conducirían hacia una progresiva conciliación política con la Iglesia católica, a la cual no podía ni quería tener como enemiga por culpa del anticlericalismo dogmático de los callistas y garridistas. Para concluir de tajo con el asunto, en un conflicto que se prolongó hasta el mes de junio, el Presidente no sólo pidió a Garrido Canabal su renuncia a la Secretaría de Agricultura sino que lo obligó a exiliarse en Costa Rica. La exitosa maniobra política del mandatario se completó con dos disposiciones adicionales: primero, en lugar de Garrido fue designado Saturnino Cedillo (a quien Cárdenas quería tener apaciguado y bajo control integrándolo al gabinete presidencial), famoso tanto por su conservadurismo como por su actitud de brindarles protección en San Luis Potosí a los católicos perseguidos; y, segundo, con el propósito de erradicar el peligro de un futuro resurgimiento político de los garridistas en su zona de influencia, nombró a un incondicional suyo, el general Miguel Henríquez Guzmán, como comandante militar de Tabasco.

La extraordinaria agitación huelguística de los obreros se convirtió en el segundo factor que desencadenaría la lucha por el poder entre Calles y Cárdenas. En efecto, si consideramos que durante 1928 ocurrieron sólo siete huelgas en el país y que en el transcurso del gobierno de Abelardo Rodríguez apenas si despuntó el sindicalismo proletario, resultan explicables entonces las manifestaciones de alarma de don Plutarco, de los políticos conservadores y de la clase empresarial ante las 642 huelgas obreras que se sucedieron a lo largo de 1935. El presidente Cárdenas, por el contrario, vio con buenos ojos la efervescencia y combatividad política que mostraron los trabajadores al inicio de su sexenio, particularmente los sindicatos de telefonistas, mineros, textiles, petroleros, electricistas y ferrocarrileros. En vez de sentirse acosado e intimidado por las protestas obreras, el joven mandatario les abrió un espacio favorable y hasta las incentivó desde la cúspide del Poder Ejecutivo. Tres razones de orden político le impelían a proceder de esa manera: 1) sólo mediante la movilización político-sindical podía generarse un clima propicio para lograr el objetivo estratégico de unificar al sector obrero en una central de trabajadores; 2) el enfrentamiento legal entre los obreros y la patronal conduciría a un cambio sustantivo en las reglas del juego prevalecientes en el proceso productivo, fomentándose así la conquista de mayor justicia social para los asalariados; y 3) al conseguirse por fin la organización y unificación de la clase trabajadora nacional, subordinada únicamente al poder del Presidente, éste podía utilizarla como un instrumento de fuerza en beneficio de su política populista y en contra de los enemigos potenciales y reales del Plan Sexenal: los callistas, las fuerzas pro patronales externas e internas y la derecha política en general.

Sin contar con la lucidez política que lo había caracterizado a lo largo de su vida, el general Calles no supo reconocer que ya no tenía el poder incontestable de antes y que Cárdenas no se parecía en nada a Ortiz Rubio, así que el sonorense cometió la torpeza de concederle una entrevista al senador Ezequiel Padilla, partidario suyo, por medio de la cual criticó la política "obrerista" de Cárdenas y, denostando a los trabajadores y a sus líderes, pretendió erigirse como el sujeto capaz de "señalar los rumbos" que debía tomar el país. El célebre texto donde don Plutarco desafiaba al Presidente se publicó el 11 de junio en Excélsior y El Universal (Cárdenas impidió que también fuera publicado en El Nacional), y generó un escándalo en las altas esferas del poder, así como numerosas adhesiones políticas al todavía jefe máximo por parte de las fuerzas más conservadoras del régimen. De inmediato Cárdenas comprendió la magnitud del dilema que tenía que dirimir: convertirse en un pelele más en la historia del maximato o, por el contrario, asumir el control total de su gobierno y ejercer la potestad presidencial.

Los tiempos políticos que corrían eran muy distintos a los años dorados del callismo y en la silla presidencial estaba ahora un hombre que había aprendido la real politik precisamente de los sonorenses, así que Cárdenas, a mediados de junio de 1935, se encontraba perfectamente listo para enfrentarse con éxito al individuo al que le debía su carrera como militar y político. Se trataba de una contienda de poder y por el poder donde Cárdenas no sólo se jugaba el honor y su futuro como político sino que, principalmente, se ponía en predicamento la función constitucional del Presidente como representante de la nación.

El mismo 11 de junio, por la noche, Cárdenas comenzó una fulminante contraofensiva para liquidar al maximato. Su primer paso fue la destitución del general Matías Ramos como presidente del PNR, cargo en el cual designó a Emilio Portes Gil, hombre habilidoso y distanciado de don Plutarco, quien le sería de gran utilidad en su estrategia de desmontar a la brevedad posible la maquinaria callista enquistada en el partido oficial. El siguiente paso fue más certero y eficaz: el día 14, convocados al Palacio Nacional, solicitó la renuncia en pleno del gabinete presidencial, deshaciéndose de un solo golpe de todos los funcionarios que no le eran fieles. El día 17, como tercer paso, designó al nuevo equipo gubernamental compuesto exclusivamente por cardenistas y uno que otro enemigo de Calles: en Gobernación a Silvano B. González; en Relaciones a Fernando G. Roa; en Hacienda a Eduardo Suárez; en Educación a Gonzalo Vázquez Vela; en Guerra y Marina a Andrés Figueroa; en Economía a Rafael Sánchez; en Agricultura a Saturnino Cedillo; en Comunicaciones a Francisco J. Múgica, en Trabajo a Jenaro Vázquez; en el Departamento Agrario a Gabino Vázquez y en el Distrito Federal a Cosme Hinojosa. Ciertamente no había muchas figuras descollantes en este nuevo gabinete, pero lo relevante del caso es que todos ellos obedecían únicamente órdenes presidenciales, y de nadie más. Para complementar su hábil maniobra encaminada a deshacerse de enemigos políticos, Cárdenas utilizó el recurso del "exilio diplomático" y con este propósito nombró a Pérez Treviño y a Puig Casauranc como embajadores de México ante España y Argentina, respectivamente.

Sorprendidos y apesadumbrados, los políticos callistas recién destituidos, encabezados por Juan de Dios Bojórquez, se dirigieron presurosos a Cuernavaca con objeto de pedir auxilio y recibir las directrices de don Plutarco, quien ya para entonces se había percatado que no tenía fuerza política suficiente como para revirar la embestida cardenista en su contra. Luego de lamentar los hechos y conminar a sus visitantes a aceptar la funesta realidad, Calles tomó el avión que el día 18 de junio lo conduciría a su residencia norteña y, enseguida, a su primer exilio en Estados Unidos. El Presidente sabía que su triunfo en este primer enfrentamiento había sido respaldado tanto por los obreros, agrupados en el flamante Comité Nacional de Defensa Proletaria, encabezado por Lombardo Toledano, así como por las Ligas Agrarias dirigidas por Graciano Sánchez. Y no obstante que en esta coyuntura política los comunistas lanzaron su equívoca consigna "ni con Calles ni con Cárdenas", rápidamente se fue conformando entre los trabajadores y en el Parlamento un nuevo bloque político de izquierda en apoyo a la política progresista del general de Jiquilpan. En su primer informe de gobierno, el 1 de septiembre, Cárdenas reiteró enfáticamente que él era el único responsable de la marcha política y social de la nación.

Detrás del triunfo intempestivo del Presidente, convertido ya en un maestro consumado de la política maquiavélica, encontramos una compleja red de poderes que Cárdenas fue urdiendo paso a paso y con vista al fatal choque definitivo y definitorio entre él y su antiguo jefe. Esta fina estrategia para reforzar la batuta presidencial se puso en marcha desde la misma toma de posesión y apuntó sus esfuerzos, por un lado, hacia un progresivo y férreo control del aparato de Estado por parte del Ejecutivo, y, por el otro, a la movilización política de los trabajadores en apoyo del proyecto populista y justiciero del mandatario.

Calles a su regreso a México
en diciembre de 1935
Foto: Archivo Casasola

Fueron varias las líneas maestras utilizadas en esta disputa por el poder.En relación con el sector policiaco-militar, Cárdenas mostró su astucia desde el primer momento al poner a un fiel y afín amigo suyo, Heriberto Jara, como inspector general del Ejército, puesto capital desde donde se controlaban y centralizaban los recursos, los armamentos y el funcionamiento general de las jefaturas militares. Con sigilo pero sin que le temblara la mano, paulatinamente ordenó la remoción de todos los jefes de operaciones militares cercanos a Calles (en Sonora, Jalisco, Guanajuato, Durango y Coahuila), al tiempo que los fue sustituyendo por oficiales jóvenes sumisos a la investidura presidencial. Entre 1935 y 1938 ocurrió una renovación radical del viejo Ejército Federal a consecuencia, precisamente, de que una buena parte de la cúpula castrense se encontraba expulsada, con licencias forzosas, o "puestos a disponibilidad". Al conformarse el nuevo gabinete salió de la Secretaría de Guerra el callista Pablo Quiroga y se puso en su lugar a Andrés Figueroa, quien, a su vez, designó como subsecretario a Manuel Avila Camacho, uno de los militares más allegados a Cárdenas. De la misma manera y por la misma razón, luego de la crisis de junio, se destituyó a Eulogio Ortiz como jefe de la Policía y se nombró en ese puesto a Vicente González. Para redondear su control político del aparato represivo del Estado, Cárdenas presentó al Congreso de la Unión una iniciativa de ley para reformar la organización del Poder Judicial; con la propuesta de marras se suprimió la inmovilidad de los magistrados de la Corte y se instituyó una gestión de sólo seis años en el cargo. Esta postura acarreaba una riesgosa pérdida de la autonomía de los jueces, dada la injerencia implícita o explícita que se adjudicó el Ejecutivo al momento de la postulación de los nuevos ministros.

Respecto de la maquinaria política partidaria, Cárdenas, no obstante la oposición de Múgica en este punto, tuvo la brillante idea de nombrar como presidente del PNR a Portes Gil, el hombre ideal en el momento ideal, para que se hiciera cargo de sustituir a todos los candidatos de filiación callista por otros que no tuvieron relación con don Plutarco. La maniobra presidencial para liquidar al callismo no se detuvo ahí, en depurar las nuevas candidaturas a los cargos públicos, sino que utilizó con suma frecuencia ese recurso extremo y supremo del Ejecutivo consistente en declarar desaparecidos los poderes estatales. Así entonces, y mientras existieron reminiscencias del jefe máximo, en 14 estados de la Federación se nulificaron las elecciones, se concedieron licencias forzosas y se decretó la desaparición de poderes. Particularmente sonados fueron los casos de Coahuila, Guanajuato y Nuevo León (donde se declaró nulo el triunfo electoral de Plutarco Elías hijo).

En esta tarea en pos de fortalecer el poder presidencial, Cárdenas jugó sus cartas en varios frentes: procuró la buena relación diplomática con Estados Unidos; estableció una eficaz alianza política con los generales Almazán y Cedillo, y se aseguró del apoyo de los trabajadores organizados. Pero le faltaba aún hacerse de la hegemonía en el Parlamento, uno de los últimos reductos de poder de los callistas. La oportunidad de crear una mayoría izquierdista en las cámaras se le presentó al Presidente el 11 de septiembre de 1935, cuando, por motivos todavía no esclarecidos, sobrevino un zafarrancho en el interior del Congreso que dejó un saldo de dos diputados cardenistas muertos. Con este trágico incidente pesando en el ambiente, no le fue difícil a Cárdenas promover el desafuero de 17 diputados, todos ellos integrantes del bloque político conservador. El proceso referido fue precipitado y tuvo su nota absurda pues dos de los inculpados, José Huerta y Naguib Simón, ni siquiera se encontraban presentes el día de la balacera. Más tarde, con motivo de la convulsión política surgida a raíz del regreso a México de Calles, cinco senadores callistas también serían desaforados bajo acusación de "incitación a la rebeldía y maniobras sediciosas".

Fue precisamente el retorno de Calles al país, el 13 de diciembre de 1935, el suceso que abriría las puertas al segundo y definitivo enfrentamiento entre el sonorense y el michoacano. Don Plutarco regresaba a la ciudad de México procedente de San Diego, California, acompañado por Luis N. Morones, con temple combativo y renovados bríos, dispuesto a luchar en contra del comunismo que según él estaba representado por el propio Presidente. Al arribar al aeropuerto fue recibido por connotados políticos y militares que encarnaban la élite del poder callista y el más furibundo de los anticardenismos: Joaquín Amaro, Miguel Medinaveytia, Riva Palacio, Pérez Treviño, Luis León y Melchor Ortega. Luego de ofrecer declaraciones altisonantes y bravuconas, el otrora jefe máximo fue conducido a su residencia resguardado por una ostentosa caravana de 50 autos y camiones repletos de incondicionales.

Al momento de ocurrir el desembarco de Calles, Cárdenas ya estaba prevenido por sus informantes acerca de las labores subversivas del general José María Tapia y de las intrigas sediciosas de Melchor Ortega, quienes actuaban bajo las órdenes de don Plutarco, así que procedió con prontitud y eficacia para liquidar los bastiones del callismo y salvar la potestad del Presidente. La contraofensiva del michoacano mostró, una vez más, sus excelsas dotes como político maquiavélico avezado en el arte de "conseguir y conservar el poder". El 14 de diciembre, acusados de agitación y rebeldía, fueron desaforados cinco prominentes senadores callistas. Al siguiente día, bajo el mismo cargo, aconteció el cese fulminante de Joaquín Amaro como director de Educación Militar y de Manuel Medinaveytia como jefe de la Primera Zona Militar. El 16 del mismo mes, el Senado de la República aprobó la iniciativa presidencial para desconocer los poderes en los estados de Sonora, Sinaloa, Guanajuato y Durango, reemplazando a los gobernadores respectivos por gente sin mácula callista y allegada a la nueva clase política. Y el 22 de diciembre, en contundente respuesta a las declaraciones ofrecidas el 18 a la prensa estadounidense por don Plutarco, se verificó una manifestación de 30 mil obreros frente a Palacio Nacional, cuyo propósito era brindar a Cárdenas el respaldo político de los trabajadores del país, agrupados en el Comité de Defensa Proletaria, quienes aprovecharon el magno desfile para exigir la expulsión del país de Calles y Morones. Gracias a esta fulminante respuesta, que incluyó la amenaza de abrir una investigación en torno de la riqueza personal de Calles y su participación intelectual en la muerte de Alvaro Obregón, el callismo quedó sin aliento vital. En efecto, luego de estos certeros golpes de diciembre, toda la estructura política erigida durante el maximato quedó herida de muerte. De manera intempestiva, legisladores, gobernadores, presidentes municipales, los jueces y el aparato policiaco-militar, es decir, la base misma del Estado político, sufrió una transmutación radical y pasó de callista a cardenista. El poder, desde entonces, ya no residiría en la figura de un jefe o caudillo, sino en aquél que ocupara la silla presidencial.

Manifestación anticallista, 1935
Foto: Archivo Casasola

Faltaba, sin embargo, el golpe de gracia. A principios de abril de 1936, los servicios de Inteligencia informaron a Cárdenas acerca de las recientes maniobras de los callistas para reagruparse y salir de nuevo a la palestra política. Sin duda, la vieja clase política callista no lograba resignarse a permanecer al margen del poder. El día 5, en un acto de provocación terrorista, ocurrió la voladura del tren de pasajeros que se dirigía a Veracruz, a resultas de lo cual murieron trece personas y otras dieciocho quedaron heridas. El Presidente no podía ni debía tolerar tamaño desafío a su liderazgo político. Comprendió al instante que aún le restaba una última medida para erradicar por completo cualquier futuro resurgimiento de las huestes callistas: no el asesinato sino la expulsión de Calles del territorio nacional. Para evitar que se presentara un escándalo a la hora de ejecutar tal acción, don Lázaro envió a Francisco J. Múgica -hombre de su absoluta confianza y de un valor a toda prueba- como emisario de la orden de marras. El general de Tingüindín, que tenía cuentas pendientes con los sonorenses, se apersonó en la residencia de don Plutarco y le expuso la necesidad de que, por habérseles comprobado actos conspirativos, él y otros de sus cómplices tenían que abandonar el país. Calles, sorprendido y todavía confuso, arremetió contra la disposición presidencial y soltó una perorata ofensiva hacia el gobierno cardenista, imposibilitándose con ello la tarea de Múgica consistente en persuadir a Calles de pactar la salida en buenos términos. Ante la airada negativa de don Plutarco a aceptar la situación, Múgica no insistió más y se dirigió a rendirle informes al Presidente. A la noche siguiente, cumpliendo nuevas instrucciones del Ejecutivo, Francisco José volvió a visitar al general Calles, pero esta vez ya no con la intención de llegar a un pacto político de caballeros con el ex mandatario, sino para informarle de la inminencia de su expulsión. Más tarde, a eso de las 22 horas del mismo día, el general Rafael Navarro Cortina, jefe de la guarnición de la plaza, se presentó al domicilio de Anzures para reiterarle a don Plutarco la orden en curso, la cual se haría efectiva a la mañana siguiente. El ex jefe máximo, quien ya estaba en pijama y leía Mi lucha de Hitler, se enteró también de que su casa era resguardada por contingentes militares que hacían imposible cualquier intento de escapatoria. En la madrugada del 10 de abril, en un operativo preciso y concertado, el general Calles, Luis N. Morones, Melchor Ortega y Luis León fueron sacados de sus respectivas casas por agentes policiacos y conducidos con suma rapidez al aeropuerto internacional. A las ocho horas de la mañana, luego que salió al destierro la cúpula callista, la nación se despertó con la novedad de que una época política muy distinta había nacido con la muerte definitiva del maximato: el presidencialismo.

Y mientras el general Calles, derrotado y resentido, despotricaba en Estados Unidos contra el "comunismo" que imperaba en México, Cárdenas, dueño y señor de la escena política, se dio el lujo de, al mismo tiempo que fortalecía y legitimaba la figura presidencial, comportarse como un estadista magnánimo. En efecto, a través de un decreto del Ejecutivo a efectos de conseguir la reconciliación nacional, el Poder Legislativo aprobó otorgar una amnistía a todos los políticos que permanecían en el exilio. Gracias a esta iniciativa, generosa y pragmática a la vez, pudieron regresar al país personalidades de la talla de José Vasconcelos, José María Maytorena, Adolfo de la Huerta, J. Prieto Laurens, Pablo González, Enrique Estrada, Gilberto Valenzuela, Porfirio Díaz Jr., Francisco Manzo, Zubaran Campany, Gonzalo Escobar y un largo etcétera. Todos estos sujetos, dato curioso, fueron vencidos en la arena política o militar por la mancuerna Obregón-Calles durante las terribles disputas por el poder que proliferaron en el transcurso de la revolución y la postrevolución

Héctor Ceballos Garibay es doctor en Sociología. Autor del libro Foucault y el poder.

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