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Sobre la cama: Una breve reflexión

Rocío Cerón

Los sueños son un caso de rescate y
aparición de lo oculto, de lo perdido, de lo abismado.
María Zambrano

Foto: Fernando García Alvarez

Caparazón simbólico, objeto cercado a la censura y al tiempo, el lecho es el testigo más fiel de los universos privados. En la cama está nuestro principio -el moisés, la cuna- y también nuestro final -la cama del viejo, la cama del enfermo-. Objeto de cualidades calladas, anónimas, la cama es también espacio de filtro, de frontera: el sueño y la vigilia transcurren en ella. Estancia segura para todo delirio, los sueños tienen aquí su mejor albergue, el templo que los reivindica. El sentido de lo íntimo cobra su más intenso sentido en el horizonte de los aposentos. La cama, como el útero materno, le da al hombre sitio, zona de seguridad, de inicio.

Acto de fe sin fieles que se percaten de ello, el hecho de ir a la cama presenta implicaciones de orden esencialmente humano, aquí ninguna clase social tiene prioridades; pobres y ricos se congregan en un mismo tono. El lado racional se apacigua, el cuerpo y sus ritmos se someten a la recuperación y, al dejarse mecer por la corriente de lo onírico, se abre una puerta a la exploración de los más abismales recovecos del inconsciente. Las pesadillas, al igual que cualquier otro sueño, son espejo de la inmensidad de nuestro mundo reprimido, la frustración y el deseo aparecen en escena -de tipo cinematográfico- donde el doble, el Yo que escondemos aparece siempre y se expande.

Si bien en la época medieval toda cuna debía balancearse (por una cuestión relacionada a las aguas maternas y al movimiento del universo), el hombre contemporáneo se encuentra hoy acostumbrado a la rigidez, pues desde niño aprendió a mirar el mundo a través de una cárcel en miniatura, es decir, el conjunto de barrotes de las cunas modernas. La percepción de lo que nos rodea tiene siempre un punto de origen, un lugar de registro de vida. El lecho es un espacio neutral donde cualquier idea es posible. En su atemporalidad, en su inalterable estancia se forman los pensamientos que habrán de cambiar los viejos paradigmas.

La cama hace anónimos a los hombres. Bajo el imperio de las sábanas la humanidad es un mismo gesto. Hoy es un acto heroico pasearse por los circuitos de lo íntimo para entrar en contacto con los juegos interiores donde cuerpos y egos se entrelazan, donde el mapamundi del espíritu y la afectividad se abre en espera de ser comprendido. La cama es el perfecto espacio para languidecer, para repudiar el vértigo de la vida mundana y tirarse a mirarla desde su borda. Si la condición del hombre es per se la soledad y el cautiverio de las sociedades, la búsqueda de un lugar que sea una micropatria, es decir, un espacio regido por reglas personales es, asimismo, la búsqueda del paraíso. Si existen verdaderos estimulantes para entrar de lleno al territorio de la imaginación, uno de ellos es la cama; su esencia de refugio, de zona libre conceden al individuo un camino directo a las formas y a los fondos. El lecho no representa simplemente el acto de acostarse (solo o acompañado) es la toma de la tierra prometida.

Histórica y literariamente, en los aposentos han tenido un primerísimo lugar diversos hechos de índole social, político, íntimo y cultural de ciertos personajes. Podríamos recordar el famoso cuento de La princesa y el guisante, de los hermanos Grimm, donde, a pesar de los varios colchones superpuestos, un pequeño guisante es el objeto que afirma el origen de la doncella: no toda carne es susceptible de amoratarse, sólo la piel noble atestigua los daños que puede causar tan insignificante objeto. Aquí, la cama es la vía para saber la verdad esencial, la prueba irrefutable para acaecer ante lo oculto. Moraleja: no fiarse de las apariencias.

Foto: Magdalena Martínez

Otro inolvidable y terrible cuento El almohadón de plumas, de Horacio Quiroga, nos relata el espeluznante hecho de una muerte que, aparentemente, no presenta una causa visible. Arraigado en lo más brumoso de las plumas, un ácaro vive y se alimenta de las sienes de Alicia, joven recién casada y de talante melancólico, quien en el transcurso de sólo cinco días, entre alucinaciones y fiebre, ve diluida su vida. Después de su muerte, sin sospecharlo, marido y criada descubren la espantosa verdad: pequeñas manchas de sangre seca delatan algo, el almohadón pesa, y pesa demasiado. Ante los sorprendidos ojos de ambos, al cortarlo de tajo, entre las plumas, aparece una bola de vello y sangre: era el "bicho" que la había vaciado.

El universo de la cama se presta como centro generador de la tragedia. Otelo no sólo hizo del lecho el lugar de la pasión y del arrobamiento amoroso, también lo escogió como lugar de muerte y redención. En la cama, Desdemona muere asfixiada a manos de un enfebrecido y celoso Otelo. Es en este mismo espacio donde él se suicida. Toda pulsión de vida mantiene, en intensidad, sus paralelismos con la muerte. El lecho es un personaje inevitable de la vida cotidiana, de las fábulas, de los mitos. En el acto de dar muerte a Desdemona, Otelo no sólo intenta destruir al objeto de su deseo, trata de acallar a sus demonios imaginarios. Si el lecho es el sitio de la consumación de lo deseado, es también el lugar de la fantasía, de las creaciones arquetípicas, de los sueños donde el hombre se percata que su conciencia no puede dominar sus actos ni dar explicaciones a todo. Cada una de las personas sirve (los representa, los encarna) a ciertos dioses; la cama es la entrada hacia el contacto con ellos.

En la cama somos poseídos por el sueño. Los sueños tienen fuerzas dísimbolas que se presentan como personajes que revelan lo que la vigilia oculta: que hay uno o varios pasadizos secretos llenos de entidades. Cuando Teseo desciende a las entrañas de la Tierra para combatir al Minotauro se va a topar con uno de los lados oscuros de su propio ser, porque intuye que al verlo cara a cara podrá conocer algo que de otra manera le estaría vedado. El sueño es un espejo del universo. Al soñar el hombre se reconstruye, se esculpe un rostro inesperado, una imagen que surge de su lado más primitivo, de su memoria arcaica.

El espacio del lecho es un lugar físico, imaginario y emocional. Es el lugar donde la imaginación es el boleto de ida hacia una aventura que habrá de explorar los interiores de los sentidos, del alma y de las cosas. El reposo y el ocio son el inicio de los grandes viajes, la cama es el muelle que permite la partida para encontrar la relación rostro-máscara-espejo de las personas. Desde el Siglo de las Luces el hombre ha considerado que sólo a través de la razón se pueden hallar los caminos civilizatorios, mientras que el lecho nos recuerda que el saber se define por la multiplicidad, y uniendo lo complejo y vasto que significan tanto la luz como la oscuridad, el consciente y el inconsciente. Baste recordar que en el lugar donde los hombres y las mujeres sueñan, la civilización comienza todos los días

Rocío Cerón es poeta y ensayista.

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