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El american way of life

Martha Bátiz Zuk

1. La televisión

Foto: Alex Web/Life

Da la impresión de que los gringos están enfermos de todo y les encanta anunciarlo por televisión: los cortes comerciales entre programa y programa están plagados de anuncios de medicinas para todos los males imaginables. Como diez medicamentos diferentes para curar la migraña, otros tantos para alergias (a animales, plantas, pasto, leche, polvo, polen...), acidez estomacal ("heartburn"), depresión, diabetes, infecciones de las uñas de los dedos gordos de los pies (¿pues dónde se meten?), insomnio, fertilidad, infertilidad, dolores musculares, artritis, sinusitis, osteoporosis, incontinencia, Alzheimer, asbestosis, irritación facial ("rosácea"), colesterol, Viagra, enfermedades cardiovasculares, y qué decir de la obesidad, el acné, la gripa, dolores simples de cabeza, estómago o muelas, menstruales y/o síndrome premenstrual, piquetes de insectos, arrugas, manchas de la piel, tos, tranquilizantes y/o energizantes, vitaminas yminerales, menjurjes contra la caída del cabello y, además, pero como un aparte, decenas de infomerciales vendiendo toda clase de remedios a cualquier hora, a la menor provocación...

Claro, en México también tenemos mucha publicidad por el estilo (una de las peores influencias que hemos tomado de los vecinos del norte), pero no es tan notoria ni tan insistente. Lo más curioso es que, después de que hablan de las maravillas que hace cada una de estas medicinas para controlar o curar la enfermedad (la palabra "natural" se usa para todo, como si fuera la panacea), y comparan unas con otras para convencer al consumidor de cuál es más eficaz, se oye por ahí en segundo plano, como que no quiere la cosa, una aterradora retahíla de efectos secundarios -en el mismo tono en el que en nuestro país se aconseja "come frutas y verduras"-, en los que dicen casi siempre algo como "puede causar insomnio (o somnolencia), diarrea (o estreñimiento), dolor de cabeza (o de espalda o de lo que sea), vómito, resequedad de la boca (y/o nariz, y/o garganta), mareos, náuseas, irritación, inflamación, comezón... Esto es parte del american way of life: multitudes de opciones para curar muchos males que causarán otros contra los cuales también existen medicinas que, a su vez, forzosamente fomentarán la urgencia de más... y todas accesibles en el mercado.

Me acuerdo entonces de cuando, hace varios años, en mi escuela nos burlábamos del doctor Jairo Campos, que anunciaba su consultorio dental en la televisión, con las modelos más feas del país (¿o habrán sido pacientes reales que querían salir en la tele?), y ahora que enciendo la caja idiota en mi casa en Texas resulta que, vaya descubrimiento, era él quien estaba a la vanguardia, o por lo menos a la usanza estadounidense... Porque acá varios doctores también se anuncian de ese modo, algunos incluso con letreros -a modo de subtítulos- que avisan: "se habla español", lo cual quién sabe si sea bueno o malo... Igual sucede con los abogados que se promueven con eslogans que dan miedo: "Si alguien lo lastima en un accidente automovilístico o en su trabajo, no obtenga únicamente lo que vale su herida", así que sálvese quien pueda. Lo malo es que casi nadie puede porque los gringos, al menos en Texas, son zonzos para manejar. No tienen remedio. De nada les sirve el exhaustivo examen de manejo que se aplica obligatoriamente y con severidad. A pesar de haberse memorizado el manual de reglas viales, a diario hay accidentes estrepitosos en la carretera interestatal que atraviesa El Paso. Y hasta en las avenidas, con límites risibles y adormecedores de velocidad. Sucede -he dilucidado tras larga observación- que como ya se memorizaron las reglas, no saben improvisar. Acercan sus autos unos a otros como si fueran elefantes que quieren agarrar con su trompa la cola de quien va adelante, y a la hora de frenar, por mínima que sea la reducción de la velocidad, siempre se estampan en fila de tres o cuatro (y en los noticieros locales hablan de eso en un tono de sorpresa que espanta: ¿qué no se han acostumbrado?). Piensan que porque ya su semáforo está en "verde" pueden pasar sin peligro. Nunca se les ocurre mirar hacia los lados para ver si algún despistado está por pasarse el alto, por ejemplo. Porque para eso "están en su derecho de pasar", y también para eso existen las demandas, y los seguros, y los abogados... Y la tele, que le hace a uno tener más que presente que cualquier rasguño es motivo suficiente para ir a una guerra en la corte. Por eso hay dos actitudes gringas al cruzar a Juárez: la primera, de pánico absoluto porque la mayoría de los juarences manejan como si fueran a caballo en pleno hipódromo, y la segunda, de felicidad porque ya por fin pueden pisarle al acelerador y ser todo lo cafres que de este lado es imposible.

El asunto de las demandas es tan socorrido y funciona con tanto éxito que, incluso, hay como siete programas diferentes, en canales distintos, donde las estrellas son los jueces ("el show del (o la) Juez Fulanez/ Sutanez/ Menganez...", como el de Cristina u Oprah Winfrey), a donde la gente acude a ventilar sus exigencias legales cuando ascienden a montos menores de cinco mil dólares. Es muy interesante, contrariamente a lo que muchos pueden imaginarse, observar por qué cosas un gringo está dispuesto a hacer el ridículo en la televisión y evidentemente a perder quién sabe cuánto tiempo en el trámite para llegar a ello. Puede ser desde un "le presté mi carro a la vecina, lo estampó y no me pagó nada", hasta "anduve con mi novia diez años, y ahora que terminamos no me quiere devolver el anillo de compromiso que le di hace nueve" o "mi ex esposo no me ha reembolsado los gastos del viaje a Europa que hicimos juntos hace tres años, cuando todavía estábamos casados". Bueno, en el Animal Planet existe uno donde la gente pone demandas con base en "le encargué a mi periquito y como no lo cuidó, se murió, y ahora quiero que me lo pague". En la mayoría de los casos lo único seguro es que tanto los demandantes como los demandados se llevarán tremenda regañiza por parte de los jueces que disfrutan cada palabra de su reprimenda, y sólo en pocas ocasiones se asigna el pago de todo el dinero que se ha pedido.

Por eso me hace gracia cuando leo algunos diarios o revistas de nuestro país, donde se quejan de los talk shows que se transmiten por Televisa y TV Azteca: porque acá a toda hora está en pantalla la versión hardcore de nuestras freceses, y ya nadie se queja. Al contrario. Me parece que el pueblo gringo, en general, tiene muy asumido el exceso de pan (hay que ver los grados de obesidad a los que llegan) y de circo (basta con encender la tele) a que tienen acceso, y lo disfrutan de corazón. Igual que Homero Simpson. Los programas en los cuales se abuchea a los panelistas se transmiten tanto en las cadenas latinas como en las gringas. Hay golpes, insultos, regaños, risas burlonas, chilladera de a montón... Y puros casos para la araña: los padres que están muertos de miedo porque sus hijos adolescentes ya los han amenazado con matarlos, cuchillo o pistola en mano, y tienen que dormir con la puerta de la recámara cerrada con triple seguro porque temen que la amenaza se cumpla; los niños y jóvenes que atacan a sus compañeros con armas blancas en la escuela (eso no sale en los noticieros, sólo reservan espacio para las balaceras...); las quinceañeras que pesan 200 kilos y están acomplejadísimas, y las mamás que quieren tener "hijos que se vean tiernos" y les dan comida chatarra todo el día para engordarlos, y a los dos años el nene usa ropa talla diez; las jovencitas de ocho a 14 años que "quieren ser strippers cuando sean grandes", o ya cobran por desnudarse frente a extraños; los niños que tienen "síndrome bipolar" que, hasta donde he podido entender, se detecta cuando se le prohíbe algo a la criatura y hace un berrinche de cuatro o cinco horas (medidas con reloj), en el más alto nivel de histeria; los niños hiperactivos, que han sido diagnosticados con otro síndrome de cuyo nombre no me acuerdo, pero también se trata con medicamentos recetados... Pasa que, en Gringolandia, los papás no pueden castigar a sus hijos con una nalgada o un bofetón porque en las escuelas, a los nenes les enseñan que cualquier agresión física, de la dimensión que sea, es "child abuse" (abuso infantil). Conozco parejas que están desesperadas porque cuando quieren corregir a su hijo(a), éste(a) les grita "si me pegas, llamo a la policía y te llevo a Corte" (la ventaja de vivir en El Paso es que se puede cruzar a Juárez con el demonio enano, acomodarle allá la golpiza que se merece, y luego traerlo de regreso, dicen en broma). Entonces, resulta que nadie puede controlar a los niños a ninguna edad. Tal vez por eso hay tantos problemas en este momento con los jovencitos en este país. Y, definitivamente, por eso hay tantos casos de padres golpeados: ¿no hay una ley formal que regule el "parent abuse" (abuso a los padres)?

Foto: Life

En fin, que cuando no están exhibiendo el pésimo estado en el que se encuentran la infancia y adolescencia locales en general se dedican a programas de autoayuda ("tú puedes, todos los sueños se hacen realidad si así lo quieres"), o de terapia de parejas ("¿qué sientes, Fulano, cuando quieres hacerle el amor a tu esposa y ella te rechaza?"), terapia familiar ("¿por qué no quieres platicar con tus papás?")... Lo que es obvio es que el núcleo de esta sociedad está en pésimas condiciones, me atrevería a decir que hasta moribundo (según los cálculos actuales, la mitad de los hogares con niños en EU son de madres solteras que se hacen cargo solas de sus hijos). Y hasta con eso hacen negocio (porque me imagino que la publicidad en esos horarios de encueramiento de almas y agarrones debe salir cara). Viva el neoliberalismo.

Otra cosa que se ve frecuentemente son programas religiosos. No sólo en los canales dedicados enteramente a este tipo de transmisiones sino en otros, a manera de "infomerciales" también, donde la gente puede llamar para ofrecer donativos, pedir oraciones, consultar sus problemas (maritales, familiares, y de fe) y pedir consejo. Hay padres y monjas superstars cuya imagen es casi tan conocida como la de los actores de las telenovelas...

Conclusión: cuando uno se sienta a ver televisión en Estados Unidos comprende por qué se inventaron los controles remotos y los sistemas de cable con decenas de canales: no se soporta sintonizar el mismo por más de unos minutos.

2. La radio

Vivir en la frontera tiene sus ventajas, como tener acceso a estaciones mexicanas de radio, y al mismo tiempo a las estadounidenses. Pero las que son caso aparte son las mixtas: ahí, por ejemplo, anunciándose como "the bilingual station de El Paso, su favorita, la Caliente -Key, Bi, En, Ei (KBNA)", si mal no recuerdo, se cometen los más frecuentes e impunes crímenes públicos contra el inglés y el español. Un saludo normal suena más o menos así: "Buenos días -good morning-, son las ten fifteen de la mañana, es un sunny day afuera, bienvenidos a su favorite station". Y es que es tan grande la población local que habla así, ahora sí valga el inglés, on a regular basis, que incluso en la calle, si uno se expresa diferente, es víctima de racismo, abiertamente, o de un mínimo bombardeo de miradas que matan... Tal vez por eso estas estaciones son de las más exitosas de la región. Ni hablar.

3. El cine

Ir al cine en El Paso puede ser una experiencia deprimente si no se aborda con mente abierta. En primer lugar porque es muy caro (si en México lo parece, acá peor). En segundo porque, por supuesto, la cartelera ofrece puras películas gringas, de ésas donde ellos salvan al mundo entero con un solo dedo. Y cuando viene alguna que se pondrá de moda durante la temporada acapara dos salas de los multicinemas en TODOS los multicinemas (como Mission Impossible 2, por citar un ejemplo). No hay ningún lugar dónde ver cine de arte, salvo a media hora de aquí, en un pueblito mono que se llama Mesilla. Y en los cines de Juárez, a veces (la verdad, en ese sentido están mejor allá). Las salas están, en ambos países, como siempre, a temperatura de congelador de camión transportista de reses muertas, aunque está científicamente comprobado que los cuerpos humanos vivos no necesitamos refrigeración extrema para no echarnos a perder, y a pesar de que hace un verano de casi 40 grados a la sombra -lo cual implica que uno va ligero de ropa a todas partes-: de olvidar una chamarrita para la ocasión, se tiene una gripa asegurada. Y si uno pensaba que las porciones de palomitas de Cinemex o Cinemark eran generosas, acá toman dimensiones estratosféricas. Lo más sorprendente es que muchos compran los tambos palomeros bañados en grasosa mantequilla derretida -que deja sus gordos dedos brillositos y, me imagino, desagradablemente resbalosos-, se los terminan y van por más... Y a la salida, cuidado: en los estacionamientos ocurren gran parte de los accidentes automovilísticos del lugar. Porque el que sale no se fija bien (y es su responsabilidad hacerlo), o el que viene anda distraído (porque está en todo su derecho, el que tiene que estar pendiente es el otro), es muy fácil chocar... Y luego de la demanda ni quién se salve...

Martha Bátiz Zuk es escritora. Su novela más reciente es A todos los voy a matar (Ediciones Castillo).

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