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barandal Sobrecalentamiento y gasto
Ciro Murayama
La economía mexicana está en riesgo de "sobrecalentarse", por lo que habrá que reducir el gasto del gobierno y evitar así una espiral inflacionaria que ponga en peligro la estabilidad macroeconómica. Creo que, en resumidas cuentas, lo anterior se puede leer con frecuencia en columnas periodísticas y en declaraciones de "expertos" en temas económicos. Pero da la impresión que la advertencia contra el sobrecalentamiento y el remedio inmediato, vía recortes al gasto, mezcla demasiados elementos y se hace cargo de muy pocos criterios que nos permitan tener una discusión ordenada y productiva. Veamos: el producto viene creciendo a una tasa superior a 7%, el índice general de precios al consumidor evoluciona dentro de las previsiones oficiales y es factible que al final del año no supere los nueve puntos porcentuales aun cuando la demanda agregada está expandiéndose por la dinámica del consumo privado, pero también seguimos enfrentando problemas con la balanza comercial que se reflejan en el rápido aumento de las importaciones en comparación con el ritmo exportador. Ese es el coctel inicial en el que se fundan los diagnósticos de quienes ya ven riesgoso crecer a este 7%, aun cuando pocos se dijeron alertados de que esa fuera la cifra objetivo que se planteara el hoy Presidente electo. El sobrecalentamiento de la economía, el crecimiento que viene dándose sin tener suficiente respaldo estructural, se relaciona con el capítulo exterior, con la ya añeja adicción a las importaciones que muestra la economía mexicana cada vez que entra en auge. Entonces nuestro problema central no es, por el momento, la inflación. Aun así se sugiere contener el problema recortando el gasto público. A mi modo de ver, ahí hay una equivocación inicial porque se propone una medicina que cura la enfermedad "A" cuando el diagnóstico indica que se puede padecer la "Z". Creo que estamos ante un típico escenario en el cual se prevé o se detecta un problema en la economía del tipo que sea, sin importar origen y magnitud, y entonces se lanza la única corrección que han podido concebir: recortar el gasto. En Europa, los conservadores hacen algo semejante: detectan fallas en algún indicador (tipo de cambio, deuda o déficit público, balanza comercial, precios, etcétera) y proponen flexibilizar el mercado de trabajo y contener los salarios. Mismas soluciones para distintos problemas, mientras que la experiencia y un mínimo conocimiento de las causas reales de los problemas económicos demuestran una y otra vez que las soluciones no se encuentran correctamente por esa vía pero, evidentemente, los costos de las decisiones sí suelen recaer sobre los sectores sociales más desfavorecidos. A mi modo de ver, tendríamos que ensayar una forma distinta de discutir los problemas de la economía no sólo teniendo canales que vayan más allá de los pasillos de Hacienda y de las cúpulas de los dueños del dinero, sino también con mayor rigor y añadiendo como variables clave las metas de desarrollo. Por eso, conviene discutir qué crecimiento requerimos para enfrentar tanto la ampliación de la oferta de trabajo -en los próximos años, como nunca antes en nuestra historia, dada la transición demográfica que vive México, tenemos la posibilidad de reducir los márgenes de personas dependientes por cada trabajador- como la impresentable distribución de la riqueza que padecemos ya con tradición centenaria. A partir de ahí, entonces, ver qué inflación podemos soportar, asumiendo que los precios aumentan en toda economía dinámica, por lo que es una decisión estrictamente de grado, pues inflación cero no habrá a menos que tampoco contemos con una economía en crecimiento. Un tema vinculado estrechamente con el anterior es cómo se evita, y a qué costos, que la inflación se vuelva problema. Gastar hoy y en los próximos años en infraestructura y desarrollo de las regiones menos dinámicas, por ejemplo, daría pie a la incorporación de esas zonas a la actividad económica del país, con lo que se extiende el mercado interno y se obtienen ganancias en eficiencia. Ese gasto, efectivamente, se reflejaría de forma más bien marginal en la inflación, pero después desembocaría en una economía más eficiente, menos propensa a espirales de precios. Invertir en infraestructura y en capital humano -salud y educación para entendernos- es una decisión de economía política pura y dura para crear condiciones estructurales, no simplemente nominales, que hagan factible la eficiencia combinada con mejorías tangibles en el bienestar, y no se trata de un pecado contra la estabilidad macroeconómica. Además, cuando se tiene mejor infraestructura, un mercado interno más amplio y cohesionado, la demanda de importaciones de bienes de capital y sobre todo de insumos -que son los componentes que nos disparan el déficit una vez y otra también- se reduce. En los meses venideros tendremos de sobra para discutir estos temas, pero desde ahora se puede decir que si el sobrecalentamiento tiene su origen en nuestras compras al exterior y el remedio se imagina a través de un recorte en el gasto público y en especial en el gasto social, así sea con el pretexto de atajar la inflación, entonces ese recorte deberá ser tan drástico como para generar una recesión que nos impida comprar en el exterior, tal como ya nos pasó en los 80 cuando hasta superávit comercial teníamos mientras todo el aparato productivo vivía en franca crisis. Los riesgos de sobrecalentamiento pueden ser reales, pero si lo primero que les llegara a venir en mente a los hacedores de los presupuestos del nuevo gobierno es acudir el cajón de las tijeras de Hacienda, demostrarían cualidades extraordinarias para acreditar un nuevo master o doctorado mas no para hacerse cargo de la economía de un complejo país que, por si fuera poco, tendrá un gobierno sin mayoría para aprobar medidas tan poco imaginativas Ciro Murayama es economista por la UNAM. Realizó estudios de postgrado en la Universidad Autónoma de Madrid. |
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