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Chiapas y "La Loba"
Las dos caras de un partido en crisis

Adrián Acosta Silva

Sami David David
Foto: Cuartoscuro

Dos tragedias cimbraron al PRI en los días recientes: primero, la muerte de 14 militantes priistas en Chimalhuacán a raíz de los conflictos azuzados por el largo cacicazgo de la célebre "Loba" en ese lugar, y la pérdida de uno de los últimos bastiones electorales del PRI en el país: Chiapas. Ambos acontecimientos confirman la profunda crisis de ese partido luego de la derrota electoral de julio. Uno significa que el "México bronco" tuvo y tiene como uno de sus espacios institucionalizados al mismo PRI, donde las cosas suelen resolverse a punta de golpes y balazos; con el viejo expediente de la violencia caciquil. El otro se relaciona con el ánimo de hastío que parece extenderse y mantenerse en todo el país contra el PRI luego de las elecciones presidenciales, y en la cual los candidatos de ese partido parecen jugar el triste papel de pagadores de viejas facturas sin saldar que comienzan a cobrarse de forma civilizada a través de procesos electorales competidos, hipervigilados y transparentes. La violencia política tradicional y la resolución civilizada y moderna de la competencia política son las dos caras de Jano de un partido en crisis, abrumado por la ingobernabilidad interna y por el desprestigio externo, que se anudan trágicamente para formar la peor de las pesadillas imaginadas por los priistas.

La tragedia de Chimalhuacán es producto de las más oscuras tradiciones caciquiles del PRI, aquellas cuyos arreglos políticos institucionales se construyeron con clientelismo, presión y violencia, códigos tolerados durante décadas por los dirigentes del priismo, empeñados en mantener el control de todas las fuerzas políticas existentes en el país, sin importar las que fueran. El caso de "La Loba" no es más que uno de los más conspicuos y escandalosos cacicazgos mantenidos y desarrollados a la sombra del PRI. Esos liderazgos, agazapados e irritados tras la derrota electoral de julio, son los que exigen la expulsión de Zedillo del PRI por traidor; los que reclaman con armas en la mano puestos y cargos públicos en las administraciones estatales y municipales, pero también son los que están dispuestos a negociar con el mejor postor sus habilidades de presión, movilización y chantaje. Ese linaje intolerante, autoritario y bárbaro es parte de la historia del PRI, y ampara en buena medida el desprestigio electoral que explica la derrota de ese partido en múltiples elecciones locales.

La derrota electoral en Chiapas forma parte de la otra cara de la moneda del priismo y confirma la crisis que atraviesa ese partido. Al grito de todos contra el PRI, los principales partidos políticos de la entidad instrumentaron la fórmula que a nivel nacional (Nayarit, Baja California Sur) ha funcionado para derrotar electoralmente al PRI: seleccionar a un ex priista resentido porque no le dieron la candidatura como gobernador, unir las fuerzas de las principales fuerzas políticas de la localidad (PAN y PRD) y presentarse, bajo la experiencia del foxismo, como la alternativa de cambio en la entidad. Según los datos preliminares, los resultados fueron contundentes: 54% de los votos fue para la Alianza por Chiapas y 45% para el PRI. En uno de los estados más pobres del país, con salvajes desigualdades y el folclórico foco rojo del EZLN, el PRI terminó siendo castigado por una ciudadanía rural, urbana e indígena que no soportó más el estilo político de gobernar del priismo.

Los resultados de Chiapas confirman varias tendencias y perfilan otras. Una es que, con la pérdida de la Presidencia, el efecto dominó comienza a expresarse a escala regional en los votos contra el PRI. Otra, que este partido tiene que habituarse a experimentar la difícil costumbre de ser oposición. Una más, que las coaliciones contra el PRI son muy efectivas para triunfar electoralmente, pero tienen altos costos para los partidos grandes y enormes beneficios para los partidos pequeños, que se convierten en auténticos freeriders ("gorrones") electorales. De entre lo que se avecina, se pueden identificar por lo menos dos grandes rutas: una, que el futuro político del país tiende a confirmar su perfil democrático y, dos, que en ese perfil de multipartidismo moderado tiene un lugar importante, dentro del mapa de la representación política, el PRI. Las próximas elecciones estatales en puerta, las locales de Veracruz (donde se renovará el Congreso y presidencias municipales) y las de Jalisco (donde se elegirá un nuevo gobernador, Congreso y ayuntamientos) pondrán a prueba la validez de las tendencias, pero también confirmarán probablemente que la larga noche del priismo apenas ha comenzado

Adrián Acosta Silva es profesor-investigador del Departamento de Ciencias Sociales y Jurídicas del CUCEA-Universidad de Guadalajara.

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