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por los caminos de sancho ¿Y el contrapeso?
Renward García Medrano
"Longicuos" quiere decir "apartados", y no es maravilla
La crisis del PRI es muy compleja y honda, y no es claro qué pueden hacer los priistas -y cuáles priistas- para evitar la desintegración de su partido, sobre todo, porque no se trata sólo de mantener la mítica unidad sino de hacer posible la unidad a partir de un proyecto político nacional donde se reconozcan los priistas o, al menos, parte sustancial de ellos. El PRI, como el PRD, tiene que encontrar una nueva identidad política. Nació como un frente amplio de facciones regionales, con un jefe máximo y luego un "líder nato", se asumió como la expresión política de la revolución y heredó la ideología del "nacionalismo revolucionario" que unió a diversos grupos e intereses que lo integraron. Su desarrollo y fortaleza se explican por varios factores: el liderazgo vertical e inapelable del Presidente de la República; su capacidad para incluir un abanico político tan amplio que sólo dejó fuera a los demócratas panistas y a los comunistas; la certidumbre de que todos tendrían algún privilegio y siempre una nueva oportunidad; los programas sociales de los gobiernos -reforma agraria, subsidios al campo y al consumo, educación, salud, seguridad social, vivienda-; legislación laboral tutelar; el régimen de la industria petrolera; la estrategia económica diseñada para estimular la inversión local y el consumo interno y generar empleos; expectativas ciertas de ascenso en la pirámide social, todo ello complementado con la organización corporativa de la sociedad. Todo eso desapareció debido a factores muy diversos, entre los que destacan: la doble presión del crecimiento demográfico explosivo y la escasa competitividad de la economía; la contracción y desaparición del excedente económico disponible para programas sociales; la saturación de la oferta de empleos; los cambios hacia tecnologías ahorradoras de empleo; la apertura, primero gradual y luego vertiginosa de la economía a un mundo competitivo y de aguda interdependencia; la pérdida de la flexibilidad inclusiva del PRI; el desgaste aniquilador del movimiento sindical oficialista y el corporativismo; la desaparición de las expectativas y, peor aún, el empobrecimiento de las clases medias; el envejecimiento de la ideología nacionalista revolucionaria ajena a los jóvenes; el cambio, en fin, del mundo y del país. Hasta el 30 de noviembre, la fuerza principal del PRI seguirá siendo el Presidente de la República, pero desde ahora se empiezan a perfilar nuevas fuerzas, especialmente los gobernadores y en menor medida los coordinadores de las cámaras legislativas, cuyos integrantes deben sus cargos a sus respectivos gobernadores y al ex candidato Labastida. La fuerza real de los sectores es ínfima. Algunos priistas apuestan a volver sobre los pasos de Plutarco Elías Calles y refundar su partido como un frente amplio de líderes estatales. Creo que no podrán hacerlo porque les faltan los ingredientes fundamentales: el poder del "jefe máximo" y la ideología política que no sólo unió a todas las facciones, sino que dejó fuera únicamente a grupos en extremo marginales. A diferencia de 1929, en el México de hoy existe un partido conservador fuerte que, sin embargo, ganó la Presidencia de la República para un empresario ajeno a las tradiciones e ideología del PAN, y el resto de las fuerzas políticas -el propio PRI, PRD y otras- están en proceso de balcanización. El PRI, el PRD, Democracia Social y otros movimientos y grupos tienen libre el campo de la socialdemocracia que, en nuestra circunstancia actual, debiera ser el verdadero contrapeso para un gobierno imprevisible que no ha propuesto nada distinto a las políticas vigentes y ofrece -o amenaza con- una transición nadie sabe hacia qué o hacia dónde, pues el país ya transitó a la democracia, a la alternancia y a la economía de mercado. El problema es que ni en el PRI ni en el PRD parece haber una masa crítica suficiente para avanzar hacia una organización de corte socialdemócrata, pues en ambos partidos predominan los grupos formados en el pasado, con una cultura política inercial y una vocación de lucha por el poco o mucho poder interno que conserven sus respectivos partidos si salen de la crisis. Lo que de ellos queda son esos pedazos pero no un núcleo aglutinador. La gran tarea puede ser asumida quizá por Democracia Social, y para ello se necesita que el liderazgo de Gilberto Rincón Gallardo se fortalezca, ahora ya no en función de las minorías sino con el objetivo expreso de formar un partido fuerte que contrapese al Presidente y al PAN y aglutine a grandes cantidades de priistas y perredistas de una izquierda moderna Renward García Medrano es periodista. |
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