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Las fantasías del poder absoluto

Naief Yehya

En agosto pasado se cumplieron diez años de la invasión de Kuwait por las tropas de Iraq. La supuesta victoria "aliada" en contra del régimen genocida de Saddam Hussein se ha traducido en la peor catástrofe de los últimos 50 años. La gravedad de las circunstancias causó la renuncia en 1998 de Denis Halliday, quien era coordinador de ayuda humanitaria para Iraq de la ONU. Halliday declaró al periodista británico John Pilger: "He sido instruido para implementar una política que satisface la definición de genocidio: una política deliberada que ha matado a más de un millón de individuos, niños y adultos... Lo que es claro es que el Consejo de Seguridad está fuera de control, dado que sus acciones contradicen su propia Carta, la Declaración de los Derechos Humanos y la Convención de Ginebra. La historia masacrará a los responsables".

No solamente la población iraquí sufre todavía las graves consecuencias del bloqueo sostenido por el Consejo de Seguridad de la ONU, defendido rabiosamente por Estados Unidos e Inglaterra, sino que prácticamente todos los días llueven bombas sobre esa nación árabe, causando a menudo "daño colateral" (eufemismo con que en la jerga militar se minimizan las pérdidas humanas y la destrucción de bienes civiles). Esta campaña bélica, el bombardeo angloamericano más largo que ha tenido lugar desde la Segunda Guerra Mundial, se lleva a cabo para defender un principio ajeno a cualquier ley internacional: la prohibición a un gobierno de volar en su propio espacio aéreo. Las "No Fly Zones" creadas supuestamente para impedir que Saddam Hussein atacara a los insurgentes kurdos en el norte y chiítas en el sur ha servido para seguir hostigando a un régimen que no ha podido ser desplazado y paradójicamente se fortalece y enriquece gracias a la corrupción y el mercado negro que han engendrado las propias sanciones.

No hay que olvidar que el programa de petróleo por alimentos, único ingreso "legítimo" que percibe Iraq del extranjero consiste en vender una cantidad limitada de petróleo; el dinero llega al Consejo de Seguridad de la ONU donde se queda más de una tercera parte para pagar "gastos", reparaciones de guerra y otras compensaciones. El resto es destinado a través de contratos avalados por el mismo Consejo a gastos humanitarios que se reducen a alrededor de 180 dólares por persona cada seis meses. Este es un castigo muy superior al aplicado a Alemania, Japón o cualquier otro país derrotado por naciones "civilizadas".

Las sanciones prohíben el ingreso de medicinas, equipo médico, partes para plantas eléctricas, toda clase de equipo industrial y contadores geiger, indispensables para detectar la presencia de la contaminación radiactiva dejada por las bombas de uranio usadas por Estados Unidos e Inglaterra y que han dado lugar a una auténtica epidemia de cáncer. No hay mejor evidencia de que las sanciones son una arma política de destrucción masiva que la prohibición del ingreso de cloro y vacunas para los niños. Lo más irónico es que el argumento para sostener semejantes limitaciones es que se quiere evitar que esas sustancias sean usadas para fabricar armas de destrucción masiva.

Iraq se repuso con rapidez de la delirante y criminal guerra que tuvo contra Irán desde 1980 hasta 1988, en la que Hussein, con un costo de alrededor de un millón de vidas, sirvió como punta de lanza para las políticas estadounidenses contra del régimen revolucionario del Ayatola Khomeini. En aquel momento Iraq era el país más occidentalizado y moderno del mundo árabe, donde a pesar de la dictadura de Hussein y su partido Baath, el nivel de vida era alto; la alfabetización era de 98%, el dinar iraquí se cotizaba a dos por un dólar y la mortalidad infantil era comparable a la de cualquier país industrializado. Pero Hussein decidió invadir Kuwait para exigir reparaciones porque supuestamente ese reino había explotado pozos petroleros iraquíes durante los años de la guerra. Hussein pensó que sería recompensado por el trabajo sucio que realizó en beneficio de los intereses geopolíticos estadounidenses (infructuosos, por cierto) al recibir carta blanca con Kuwait, un reino creado artificialmente por los otomanos y avalado por Gran Bretaña, al cual Iraq siempre consideró como una provincia arrancada a la patria. No obstante, entre dos regímenes "clientes", Bush prefirió a la familia real Al Sabah que al engendro súper militarizado en que se había convertido Iraq, por lo que desde ese momento hasta enero del siguiente año se preparó para la guerra, por llamar de alguna manera al bombardeo indiscriminado contra un enemigo infinitamente inferior.

A las críticas por parte de organizaciones humanitarias, algunos gobiernos y periodistas independientes, así como los regímenes estadounidense y británico argumentan que el único culpable de la catástrofe iraquí es Hussein y que en sus bodegas hay almacenados cientos de millones de dólares en medicinas y equipo. Esa afirmación ha sido contradicha por las propias organizaciones que se encargan de suministrar la ayuda humanitaria, quienes saben bien que deliberadamente se han entregado equipos a los que les faltan partes vitales que no pueden ser fabricadas ni conseguidas en Iraq; que se entrega medicina intravenosa sin jeringas y viceversa de manera en que muchos suministros no pueden ser usados. No obstante, en enero de 1999 Hans von Sponeck, quien era coordinador del suministro de ayuda humanitaria declaró que 88.8% de los suministros habían sido distribuidos.

Estados Unidos y Reino Unido han logrado bajo los auspicios de la ONU algo bastante sorprendente: aniquilar una sociedad civil sin afectar grandemente a su gobierno. La lenta destrucción del pueblo iraquí va más allá de las fantasías de poder absoluto, de propaganda y manipulación de masas que imaginó George Orwell en su 1984. Las sanciones contra Iraq carecen de un objetivo claro. Por una parte, se argumenta que tratan de evitar la proliferación de armas de destrucción masiva; por otra, que es un medio para contener al régimen agresor de Hussein, desestabilizar y eventualmEnte también se asegura que sirven para colapsar el régimen de Hussein. La realidad es que son mecanismos genocidas y de exterminio que hubieran envidiado los nazis y sirven como justificación para la descomunal presencia estadounidense en el Medio Oriente y la expansión de la OTAN como brazo armado del (no tan) nuevo orden mundial

Naief Yehya es ingeniero civil y cibernauta. Correo: nyehya@erols.com

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