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"Fox se parece
a Santa Anna"

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Rostros de la muerte
Carlos Guevara Meza

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Eça de Queirós:
Cien años de sobrevida

Luis Ramón Bustos

Estación de Sâo Bento Porto, Portugal
Foto: José Manuel Navia/El País Semanal

Dentro de la subjetividad que determina el valor literario, caben las más disímiles ponderaciones y los gustos más diversos; sin embargo, respecto de ciertos autores se puede afirmar, sin duda de ningún género, que sintetizan las claves artísticas e históricas de un país: tal es el caso de José María Eça de Queirós. Pese a la abundancia de grandes narradores en Portugal, incluido el Premio Nobel José Saramago, es indiscutible que el escritor nacido en Póvoa de Varzim (25 de noviembre de 1845) debe ser considerado como el prosista por excelencia. Por ello, queremos con esta crónica unirnos al homenaje que el orbe lusitano y en otros países rememora el centenario de su muerte; hacer repaso de aquellas de sus obras que no envejecen, que tienen tanta sobrevida que, un siglo después, huelen todavía a libro recién impreso.

La gracia, la ironía, la hondura disfrazada de crítica mordaz a una sociedad son las llaves maestras de la obra queirosiana. Leerlo, tocarlo en las páginas de sus novelas o cuentos es aproximarse a un universo muy original, a un mundo poblado de personajes y caracteres finamente trazados y, a la par, de pensamientos heréticos y tramas interesantes. Cada una de sus novelas -me abocaré estrictamente a ellas porque son la médula de su obra, aunque también cultivó con talento otros géneros- representa un hito fundamental en la narrativa portuguesa. En ellas constatamos la madurez de la prosa lusitana y sus páginas son los frutos brillantes de aquellos árboles plantados por Fernâo Lopes, el padre Antonio Vieira, Almeida Garrett, Alexandre Herculano y Camilo Castelo Branco. Esas simientes fecundaron en cinco o seis novelas de este autor que alcanzaron tan alto nivel que pueden parangonarse con las de los grandes narradores decimonónicos de Francia, Inglaterra o Rusia. Quizá parezca exagerado, pero quien lea -sin prejuicios- esas novelas, deberá reconocer que no desmerecen frente a las de los máximos narradores de su siglo. Jamás en blanco y negro, nunca totalmente amarga o totalmente dichosa transcurre la vida entre sus páginas. Ese equilibrio, casi impensable en otros autores contemporáneos a él, Eça de Queirós lo logró plenamente.

Publicada en folletín en 1875 por la Revista Occidental y en volumen -reelaborada y reestructurada- en 1880, El crimen del padre Amaro es una pintura satírica del Portugal que nació con la Constitución de 1830. La monarquía se derrumbaba y, con los cambios que el ferrocarril y las nuevas tecnologías impulsaron en Lisboa y Porto, la provincia quedó en atraso. Buscando penetrar en los cotos umbríos de seminarios y sacristías, describe los privilegios y abusos sacerdotales dentro de un marco sociológico impuesto por el conservadurismo de las familias terratenientes; de igual modo, muestra todos los engranajes que envenenaban el aire en los pequeños poblados.

Ambientó la novela en Leiria porque conocía bien la vida estrecha del poblado (Eça de Queirós desempeñaba el cargo de administrador del Consejo); ahogado en ese pequeño mundo de cotilleos y envidias, sometido a sordos rencores, el escritor fue concibiendo el entorno que propiciaría la lascivia de un sacerdote. El personaje central, el Padre Amaro (hombre de mediana edad), llega a Leiria y alojándose en casa de una mujer madura, termina teniendo amores con ella y con su hija. Prototipo del sacerdote inclinado a lo sensual, algo muy común en el Portugal de entonces, desafía a una sociedad cerrada que, por su propio anquilosamiento, prohijaba situaciones como ésta. A lo largo del relato, concibiendo ese microcosmos como una alegoría de Portugal, reconstruye las condiciones sociales y espirituales que negaban la sexualidad e impedían el libre juego en las relaciones humanas.

La pintura mural del pueblo -donde cada personaje adquiere relieves que lo definen simbólicamente- tiene como principal virtud el trazo expresivo en lo general y el trazo fino en lo individual. Todos los personajes son materialmente abiertos en canal para revelar sus zonas ocultas; así desentraña los mecanismos de represión y enmascaramiento que construyen un tejido social y hace una crítica mordaz de su tiempo. Allí donde otras novelas sobre el tema sólo describen los bajos instintos de sacerdote, ésta lo pinta desde una perspectiva menos rígida: víctima pero también victimario. El desenlace es una parábola de la decadencia de las instituciones portuguesas: el sacerdote seductor se libra de todo castigo y ve su obra (una mujer abandonada y un hijo sin padre) como otro accidente más del destino. Toques de humor negro complementan el tono irónico que prevalece en sus páginas.

Su segunda novela, bastante leída todavía -quizá más que El crimen del padre Amaro-, abandona la provincia y se sitúa en la Lisboa de clase media. El primo Basilio (1878) tiene en su gusto por la minuciosidad y el detalle revelador cierto parentesco con La comedia humana de Balzac. De hecho, cabe recordar que Eça de Queirós intentó algo parecido con sus Escenas portuguesas pero sólo escribió unos cuantos volúmenes. Sin embargo, esta inspiración en Balzac sólo se manifestó en la forma; en el fondo, el escritor portugués fue completamente original: privilegió la pintura psicológica de unos personajes arquetípicos que, llevados a una situación límite bajo el detonante de la infidelidad conyugal, definen y esclarecen los rencores ocultos que imperan en las relaciones entre distintas clases sociales. Basilio, Luisa, Juliana, el Consejero Acacio, son símbolos del Portugal urbano. Destaca el dibujo caricaturesco y encarnizado del Consejero Acacio, el cual confirma la desconfianza del escritor en todos los políticos y su rechazo del Regeneracionismo que el Consejero representa. Todos los personajes son trazados como prototipos. Sin lograr una radiografía social tan dinámica como la de su primera novela, esta segunda confirma las cualidades de un excepcional escrudiñador de caracteres. Aquí, la infidelidad amorosa es descrita con trazos descarnados, sarcásticos. Eça siempre se rió de los dramones pasionales.

Entre ésta y Los Maias (1888), que tuvo una primera versión en La tragedia de la calle de Las Flores, transcurren diez años; fue por aquel tiempo, ya radicado en París, que buscó recrear la vida portuguesa de forma más subjetiva, más simbólica. Antes publicó aquella novela de toque oriental, El mandarín (1880) y La reliquia (1887), novela que fue bandera de los liberales portugueses por su abierta mordacidad al describir el fetichismo católico.

"Hasta que vivió en Evora fue
capaz de observar Lisboa
con sentido realista"

En Los Maias, los rasgos autobiográficos emergen por primera vez y son sintetizados en el personaje Juan de Ega. Sofisticado, diletante, escritor, experto en proyectos inconclusos (entre ellos "Memorias de un atomo", que el mismo Eça había proyectado en su juventud), sibarita, este personaje tiene enorme parecido con su autor. Los Maias, que en resumen es la historia de un incesto involuntario, contiene elementos de tragedia griega, lo que la aleja de los cartabones del naturalismo. El autor aventura que no es suyo, que conocía sólo por amistades; no obstante, el fino acabado en los detalles y la percepción nítida de esa clase social confirman que su intuición le ayudó a captar con sobriedad y verosimilitud la idiosincrasia y las costumbres de la aristocracia y de la alta burguesía. Como buen portugués, en este retrato donde la ironía y el humor son menos incisivos, refleja cierta inclinación aristocratizante; allí descubre, quizá sin percibirlo conscientemente, sus anhelos de pertenecer a ese grupo privilegiado. No es que haya dejado de lado el humor sino que lo matiza hasta el extremo de casi diluirlo. Sin embargo, deja constancia del vacío existencial que caracterizó a esa clase social, como para desmentir el tono apologético que no encaja bien con su estilo. Ni frente a sus secretas aspiraciones fue capaz de renunciar a su espíritu nihilista.

Si en su juventud fueron sus predilectos Poe, Baudelaire, Flaubert, Michelet y Víctor Hugo, es decir, un influjo que lo hacía inclinarse en favor de los desheredados y de un arte innovador, al cabo de los años, su natural tendencia aristocratizante lo alejó de esas ideas. Este viraje pudiera ser explicado por su casamiento en 1886 con Emilia de Castro Pamplona, hermana del Conde de Resende, amigo suyo desde sus épocas juveniles; aunque desde tiempo atrás pretendió allegarse a los círculos aristocráticos -de ahí su amistad con el conde, con quien viajó a Oriente para la inauguración del Canal de Suez-, a partir de su matrimonio esta tendencia se refuerza y se percibe más claramente en sus obras.

Novelas que aparecieron póstumamente, pero se pueden ubicar en la etapa posterior a Los Maias, aún muestran a un escritor encajonado entre los ideales republicanos y liberales nacidos con el movimiento setembrista. Esa preocupación social se entrevera ahora con una nueva flexibilidad estilística, con un apego menos rígido a los cánones de la Escuela Naturalista. La capital (1925), El conde de Abranhos (1925) y Alves y Cía (1925) conforman un estudio amplio y analítico de aquel Portugal decadentista que ya nada decía, ni en lo sentimental ni en lo filosófico, a un Eça distanciado del satanismo que enarbolaba mientras formó parte del "Cenáculo". Atrás habían quedado aquellas reuniones caóticas en casa de Jaime Betalha Reis donde, junto con sus amigos, se reía del Portugal aristocrático; donde rechazaba todo lo que oliera a conservadurismo; atrás quedaba aquel joven que se indignaba frente a las desigualdades sociales y se decía socialista. Sin embargo, las revueltas populares de los años 50 y 60, sus dos décadas de participar en movimientos renovadores, habían dejado su sedimento y no le permitían abandonar ese espíritu rebelde. En cierta medida, estas novelas equilibran lo aristocrático y lo liberal, lo viejo y lo nuevo.

Mas volvamos a su etapa de madurez. Recordemos que desde 1872, desde su estancia en La Habana como diplomático, permaneció casi siempre fuera de Portugal. Al contacto con otras ciudades, con otros ámbitos culturales más desarrollados -como Inglaterra y Francia-, tuvo la posibilidad de aquilatar, cotejándola, los verdaderos alcances de la democracia portuguesa. No le agradó nada esa comparación, no obstante, también la distancia le hizo reconocer las virtudes del temperamento lusitano. Entonces se tornó más paradójico, más simbólico, y en sus novelas intentó una pintura profunda donde no importa tanto lo portugués sino lo universal; entonces, intentando capturar el espíritu humano a través de las particularidades de una ciudad o de un país, escribió sus novelas menos apegadas al naturalismo. Escribía infatigablemente y él, que alimentaba su creatividad de lo que observaba, desde los años de estudiante en Coimbra, continuó ambientando sus historias en Portugal. Viviendo lejos -afilando su capacidad crítica respecto de la realidad portuguesa- continuó añorando su país. Acaso esa inveterada saudade, tan propia de su pueblo, hería también el espíritu de este irreverente, y no lo dejaba alejarse de allí.

Esta distancia le fue necesaria desde su juventud, pues hasta que vivió en Evora (capital del Alentejo) fue capaz de observar Lisboa con objetividad y sentido realista. A los 22 años, a solicitud de amigos y parientes que residían en esa pequeña ciudad provinciana, se decidió a dirigir un periódico de oposición. Corría 1866 y gobernaba en el país una coalición de históricos y regeneradores; de hecho, desde 1851, el Partido Histórico -que se fundó de la unión de las corrientes más democráticas de cartistas y setembristas- y el Partido Regenerador alternaban en el poder. Hacia los años en que Eça dirige el bisemanario Distrito de Evora, una coalición de ambos partidos regenteaba el país a nombre de la monarquía. Como todos los partidos portugueses de la época, el Partido de Fusión se caracterizaba por su torpeza, por sus corruptelas y actos deleznables, siempre privilegiando los intereses de la aristocracia rural y burguesa.

Eça, que por aquel tiempo era socialista -dentro de esa especie de socialismo ético que sostenían muchos intelectuales europeos-, descreía de todos los partidos políticos; por ello su periódico asumió desde un principio una actitud crítica frente a las componendas gubernamentales. El impuesto al consumo provocó una oleada de protestas en todo el país; este impuesto significaba más miseria para los pobres y sacrificios para los pequeños propietarios y artesanos. Desde la tribuna del Distrito de Evora participó activamente contra él y se vinculó a esa causa popular. Acaso sea el momento más político de toda su trayectoria. Al cabo de unos meses regresó a Lisboa, pero esa estancia en Evora y los meses en que redactó todos los artículos del periódico le dieron oficio y disciplina para cultivar la narrativa. Allí, forjando un corresponsal imaginario en Lisboa, contando lo que ocurría en la capital no estando en ésta, logró una distancia enriquecedora, esa distancia que a lo largo de su carrera, como ya dijimos, fue base primordial de su perspectiva crítica.

José María Eça de Queiros

Es imposible comprender su etapa parisina sin mencionar la que probablemente es su novela más ambiciosa y mejor lograda desde el punto de vista técnico: La ilustre casa de Ramires (1900). En ella otro personaje aristocrático, Gonçalo Ramires, pasea su vacío existencial por su vetusta casona solariega. Aislado en ella, languidece sin bríos y sin voluntad; reconociendo, acobardado, que sus fuerzas físicas y espirituales decaen al igual que su patria, pierde por completo la brújula. La única salida proviene del pasado; escribiendo una novela histórica (que es otra novela dentro de la novela), abrevando en la fuerza espiritual de los guerreros antiguos, reencuentra el camino. Ante un conflicto personal con un campesino agresivo, Gonçalo, retoma el valor de sus antepasados y recupera su capacidad de lucha. Finalmente, al igual que los navegantes lusitanos se lanza al mar y a la reconquista de Africa. Una mudanza total había ocurrido en el escritor: el joven rebelde de los tiempos de Evora ha desaparecido para dar paso a un hombre convencido de que sólo la aristocracia podía salvar al país.

La última de sus novelas, La ciudad y las sierras (1901), fue escrita en esa misma sintonía, en ese anhelo mitificador de recuperar la edad de oro portuguesa. Un personaje (Jacinto Galiâo) que regresa al Portugal campesino sin esperanzas y cansado de la modernidad parisina, reencuentra el sentido de la vida gracias a la fuerza telúrica de las regiones montañosas y agrestes. La crítica, sobre todo en lo que concierne a la estupidez citadina y a las ventajas tecnológicas de la modernidad, hace trizas el modelo social y económico del siglo XIX. En sus páginas encontramos un aspecto inédito en la narrativa de su tiempo: el respeto del equilibrio ecológico y el desengaño frente a la modernidad. Simbólica, espejo de su propio repudio hacia aquel París hastiado y trivial de fin de siglo, mesuradamente irónica, es otro relato idealizante del antiguo Portugal.

José María Eça de Queirós murió en París, el 16 de agosto de 1900. Su estrecha vinculación con un medio social sofisticado y aristocrático redobló su natural inclinación hacia el refinamiento material y espiritual. La ilustre casa de Ramires, La ciudad y las sierras, sus cartas, sus crónicas, sus novelas en borrador o truncas, la creación de ese otro yo llamado Fradique Mendes, todo ese mundo le alejaba de las viejas rebeldías juveniles. Sin embargo, como prueba de que el valor de un escritor en nada se relaciona con su posición política o ideológica, sus últimos trabajos mantienen incólume su calidad artística y ese excepcional don que le regalaron las musas: la ironía. Hasta cuando novelaba con mayor seriedad, alguna paradoja, algún detalle marginal, una salida repentina, alguna adjetivación inusual, revelaban su fino, excepcional sentido del humor. Muy pocos han logrado, a lo largo de la historia de la narrativa, obras donde se equilibren con tanta espontaneidad hondura y humor. Un tanto en serio y dos tantos en broma, apresó en jaulas sutiles a varias centenas de personajes que expresaron, como nunca antes en la literatura de su país, lo que significa ser portugués

 

En el molino, cuento inédito en español.

 

Obras de Eça de Queirós, disponibles en español

La reliquia, México, CNCA.

El mandarín, España, Ed. Cátedra.

El misterio de la carretera de Sintra, México, Ed. Porrúa.

El misterio de la carretera de Sintra, Barcelona, Ed. El acantilado/Qualom Cruma, 2000.

La ilustre casa de Ramires, México, Ed. Porrúa.

La ilustre casa de Ramires, Chile, Ed. Cultura.

Cartas de Inglaterra, España, Ed. Viñas.

Correspondencia de Fradique Mendes, Argentina, Ed. Espasa Calpe.

La ciudad y las sierras, Argentina, Ed. Espasa Calpe.

Correspondencia, Argentina, Ed. Atalaya.

El crimen del Padre Amaro, España, Ed. Edaf.

La capital, Argentina, Ed. Ayacucho.

Visiones de Oriente, México, Ed. Botas.

Campaña alegre, México, Ed. Botas.

La ciudad y las sierras, México, Ed. Botas.

La catástrofe, México, Ed. Botas.

Cartas a Ramalho Ortigâo, México, Ed. Botas.

Ultimas cartas de Fradique Mendes, México, Ed. Botas.

A los vencidos de la vida, México, Ed. Botas.

Leyendas de Santos, México, Ed. Botas

 

Luis Ramón Bustos es ensayista y traductor. Especialista en narrativa del siglo XIX.

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