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Medio siglo de El laberinto de la soledad
En 2000 se cumplen 50 años de haberse publicado por primera vez El laberinto de la soledad, ensayo de Octavio Paz, además de poético, medular en la comprensión del ser mexicano, de nuestra cultura. Libro visionario y perenne con una vigencia que no vence el tiempo. Con tal motivo, etcétera pidió a jóvenes que no rebasan los 26 años su opinión acerca de la lectura de este libro esencial para conocer un punto de vista actual, fresco, joven. Estas son las impresiones.
Viaje al interior
Khemvirg Puente
Después de varios años, no he podido escapar del laberinto que inicié la primera vez que abrí las páginas de la obra de Octavio Paz. Desde entonces emprendí un viaje en el interior del mexicano, una eterna búsqueda por la propia identidad. Las líneas por las que me condujo son palabra viva que invita a despojarnos de las muchas máscaras que vestimos. El laberinto de la soledad fue un encuentro conmigo mismo. Es una obra destinada a releerse, porque en cada una de ellas he encontrado su propio significado. En 2000, a 50 años de su publicación, sigo estando de acuerdo con Paz en que la humanidad no ha encontrado un camino para hacer de éste, "un mundo en donde no imperen ya la mentira, la mala fe, el disimulo, la avidez sin escrúpulos, la violencia y la simulación". Hoy, al releer El laberinto de la soledad me doy cuenta de que ésta es nuestra oportunidad para trascender, "somos, por primera vez en nuestra historia, contemporáneos de todos los hombres" Khemvirg Puente (23 años). Estudió Ciencias Políticas en la ENEP-Acatlán, UNAM.
¿Salimos del laberinto? Carlos Castillo López
En 1950, los rostros ocultos tras una aparente realidad mexicana -la que el mexicano creyó tanto tiempo como única- fueron liberados de sus máscaras más atrofiantes: aquéllas que escondían un presente fantástico y sobre las cuales se fundaba toda una ideología histórica, social y cultural... Una forma equívoca de entendernos como nación y, sobre todo, como pueblo, como raza, como ese núcleo de seres humanos que comparten un pasado. Entonces, la voz de Octavio Paz gritó: "El laberinto de la soledad" para mostrar cómo aquella "fuente" no era ya un manantial de renovaciones -quizá nunca lo fue-, sino un estanque donde todo giraba en torno de lo ya establecido. Cincuenta años después cabría preguntarnos qué ha sucedido con dicho receptáculo; qué antifaces nos esconden aún como país; qué hemos asumido como propio y qué hemos asimilado de foráneo. Por supuesto, no con el afán de una autocrítica pasiva sino con la voluntad de esclarecer lo que los hombres ensombrecemos por olvido, por marginación de la memoria, por cerrazón al otro, por preferir, en fin de cuentas, escondernos a enfrentarnos a la realidad Carlos Castillo López (21 años). Periodista free-lance.
Sin máscaras Laura Adriana Islas Reyes
Paradigma de medio siglo. Hace 50 años que Octavio Paz nos reveló que por primera vez en nuestra historia éramos contemporáneos de todos los hombres; nos puso frente al espejo de lo que somos, sin máscaras, desnudos en y por sus palabras que se han convertido en una de las piedras angulares de la construcción del pensamiento en el cual nos descubrimos mexicanos. En la era de la postmodernidad, la cibercultura, las transiciones, donde se confunden las identidades -y las soledades también- precisamos volver a nuestro laberinto; las raíces enunciadas por Paz que en esta búsqueda por inventarnos otra vez no se agotan: vuelven y permanecen Laura Adriana Islas Reyes (20 años). Estudia Periodismo en la escuela Carlos Septién.
Hay que confrontarlo Héctor González Jordán
La primera vez que leí El laberinto de la soledad he de confesar que me resultó imponente y revelador. Me impresionó la lucidez y contundencia con que Octavio Paz ahondó en lo que significa el mexicano y su naturaleza. De la lectura El laberinto de la soledad se desprendieron dos necesidades, primero de leer a Samuel Ramos y, segundo, buscar más trabajos que versen sobre el mismo tema. Lo cual detonó en que reafirmara y asumiera parte de las tesis que apunta Paz -posteriormente algunas serían más detalladas en El ogro filantrópico-, pero también en que difiriera de algunas de las ideas del Nobel mexicano, por ejemplo, en el juicio que hace de La Malinche. De ninguna manera creo que El laberinto de la soledad pretendiera ser un libro totalizador, por el contrario, hay que concebirlo como un minucioso e imprescindible estudio, pero que para sacarle el jugo que en verdad tiene se debe confrontarlo y discutirlo Héctor González Jordán (26 años). Es periodista.
Piedra inaugural Alejandro A. Ramírez
En sus 50 años de luminosa existencia, El laberinto de la soledad se ha mantenido como piedra inaugural del pensamiento mexicano moderno. Escrito con pasión vital, construye para el nativo de estas tierras un rostro capaz de presentarlo dentro del acelerado concierto de las civilizaciones que llamamos occidentales. Como en casi todo lo escrito por el poeta de Mixcoac, los niveles de su expresión intelectual son capaces de registrar los más variados y ricos tonos haciendo de la prosa, aun cargada de todo poder de significación, un delicioso suceso de la sensibilidad. El laberinto de la soledad es el basamento sobre el cual se ha erguido la conciencia autocrítica del mexicano actual; esta obra ha quedado ya para siempre, como símbolo y señal del paso del tiempo y de la historia Alejandro A. Ramírez (24 años). Poeta. Académico en la Universidad Kino en Hermosillo, Sonora.
La voz de la raza Paola González Rivera
Dentro de la historia latinoamericana, el mexicano resulta un ser lleno de tradiciones que, de una u otra forma, es la voz de la raza. Los orígenes, las actitudes características y las procedencias distintivas atan al hombre con su cultura, manteniendo así la estructura del espíritu nacionalista, latente hoy y siempre dentro de nuestras fronteras. Por ello, El laberinto de la soledad es enmarcar la filosofía y la ciencia social con la riqueza del lenguaje y la razón humana Paola González Rivera (20 años). Estudia Periodismo en la escuela Carlos Septién.
"La existencia de un sentimiento de real o supuesta inferioridad frente al mundo podría explicar, parcialmente al menos, la reserva con que el mexicano se presenta ante los demás y la violencia inesperada con que las fuerzas reprimidas rompen esa máscara impasible. Pero más vasta y profunda que el sentimiento de inferioridad, yace la soledad. Es imposible identificar ambas actitudes: sentirse solo no es sentirse inferior, sino distinto." El laberinto de la soledad. |
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