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El PRI y los lenguajes

Gustavo Ogarrio

Foto: Jorge Claro/Contraluz

Es evidente que desde el pasado 2 de julio asistimos a un vertiginoso reacomodo en la cultura política del país. En medio de sombrerazos ideológicos y conceptuales, y de una nutrida red de acontecimientos que desafían a los hermeneutas políticos más agudos, cabe preguntar: ¿cuáles son las mutaciones, golpes de timón, reconfiguración y nacimiento de mitos, conjuros y transfiguraciones que experimenta la epidermis política después de la debacle priista y el triunfo de Fox?

A mi parecer, es posible identificar al menos dos tendencias en este proceso de reordenamiento irreversible. Una de ellas es la orfandad ideológica y programática del PRI cuyo emblema ha sido precisamente la profunda crisis en la que sus militantes buscan símbolos y argumentos para asirse de una identidad política, dando lugar a un debate precisamente sobre la definición política del partido, y cuya conclusión no es más que señalar lo evidente durante estas últimas décadas: la identidad institucional del PRI dependía de su relación parasitaria y simbiótica con la verticalidad presidencialista; su extravío en la modernidad es directamente proporcional a la construcción de lo más logrado en materia de mitos políticos: corporativismo, cacicazgos sexenales a nivel federal y estatal, impunidad disfrazada de Estado de derecho, generación y conservación de la pobreza como garantía de gobernabilidad; neoliberalismo y nacionalismo vertical como alternativas únicas, por mencionar algunos.

Parte de este lenguaje del extravío es empuñado por Dulce María Sauri y el ya célebre "bloque" de gobernadores priistas. Para la dirigente nacional del tricolor, el impacto de la derrota del PRI el 2 de julio significa la oportunidad de recuperar la ideología del "nacionalismo popular". No sólo la ambigüedad de los conceptos es síntoma de la descomposición del PRI, además del tufillo casi prehistórico de tal afirmación: sin el respaldo patrimonial de la Presidencia, el lenguaje priista termina de vaciarse en contenidos y en su indeterminación e incapacidad para nombrar críticamente su propia crisis, así como las vertientes, expresiones y corrientes que la recorren.

Del lado de los gobernadores priistas, la crisis del partido y del tradicional y autoritario aparato de Estado donde se desenvolvían, los ha obligado a elegir entre dos posibles salidas políticas: actualizar el arribismo que ya operaba en su partido para ejercitarlo ahora con el foxismo (ejemplo logrado de esta refundación mítica del arribismo es, sin duda, Leonardo Rodríguez Alcaine, La Güera, líder de la CTM), o cerrar filas, y defender en bloque lo que consideran su patrimonio político ante el posible advenimiento de un ajuste de cuentas, así como de presiones y modificaciones sustanciales a las prácticas políticas por parte del próximo gobierno de Fox (ver la nota principal del periódico Crónica del lunes 14 de agosto). Para los gobernadores priistas, el extravío de su partido en los nuevos criterios del electorado y la sociedad se encuartela ahora en una agenda más contestaria que programática: amenaza de cerrar el paso a modificaciones constitucionales emanadas del Ejecutivo federal, encierro regional maquillado de "nuevo federalismo", en fin, todo se resume en las palabras del gobernador de Hidalgo: "Si tocan a Puebla va a brincar Campeche".

Ante la decadencia de la cultura política priista se erige la otra tendencia a que ha dado lugar este cambio epocal en materia política: la nueva mitología del foxismo cuya primera escenificación se dio en el atrincheramiento de las nuevas coordenadas de la ultraderecha, grupos empresariales y parte de la Iglesia católica más conservadora en el tema del aborto y su penalización en casos de violación. En materia de mitos y autoritarismo está demostrado que toda materia caduca es renovable y sustituible

Gustavo Ogarrio es licenciado en Estudios Latinoamericanos por la UNAM.

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