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puros cuentos En el Molino
Eça de Queirós
Texto inédito en español.
Doña María de Piedad era considerada en toda la villa como una señora modelo. El viejo Nunes, director del correo, siempre que se hablaba de ella, decía, acariciando con autoridad sus cuatro cabellos de la calva: -¡Es una santa! ¡En verdad que lo es! La villa tenía casi orgullo de su belleza delicada y tierna; era una rubia, de perfil fino, piel ebúrnea, de ojos oscuros de un tono violeta, a los que las pestañas largas oscurecían más su brillo sombrío y dulce. Moraba al final de la calle, en una casa azul de tres balcones: y era, para la gente que por las tardes paseaba hasta el molino, un encanto siempre renovado verla por detrás de los cristales, entre las cortinas de casa, curvada sobre su costura, vestida de negro, recogida y seria. Pocas veces salía. El marido, más viejo que ella, era un inválido, siempre en la cama, inutilizado por una enfermedad de la espina; hacía años que no salía a la calle; veíanlo a veces también en la ventana, marchito y torpe, sostenido en un bastón, arropado en su pijama, con su rostro macilento y la barba descuidada. Los hijos, dos muchachitas y un niño, estaban también enfermos, creciendo poco y con dificultad, llenos de tumores en las orejas, llorones y tristes. La casa, interiormente, parecía lúgubre; las mismas flores que ella, con gusto de adornarla, ponía en las mesas, de prisa se marchitaban en aquel ambiente de fiebre, nunca renovado por temor a las corrientes. María de Piedad vivía así desde los 20 años. Incluso cuando era soltera, en casa de sus padres, su existencia fue triste. La madre era una criatura desagradable y amarga; el padre, que debía mucho dinero en las tabernas y por trampear en los naipes, cuando llegó a la vejez, pasaba los días siempre borracho frente al hogar, en un silencio sombrío. Y cuando Joâo Coutinho pidió a María en casamiento, pese a que estaba enfermo ya, ella aceptó sin vacilación, casi agradecida, para salvar la casa empeñada y no oír más los gritos de la madre. Coutinho, por herencia de su padre, era rico y ella, acostumbrada al fin a aquel marido repelente que pasaba el día arrastrándose sombríamente de la sala a la alcoba, habíase resignado en su papel de enfermera y consoladora. Sólo a veces, mientras cosía, le corrían lágrimas por el rostro: una fatiga de la vida la invadía, como una neblina que le oscureciera el alma. Sin embargo, si el marido la llamaba desesperado, o alguno de los pequeños lloriqueaba, de inmediato se limpiaba los ojos y aparecía con su bonito rostro tranquilo, brindando alguna palabra consoladora, componiendo la almohada a uno, yendo a animar al otro, feliz de ser buena. Su largo hábito de dirigir una casa de enfermos donde ella era el centro, el amparo de aquellos inválidos, la hicieron tierna pero práctica: de tal modo que era quien administraba ahora la casa del marido. El marido, por lo demás, detestaba las visitas y pasaban meses sin que en casa de María de Piedad se oyese voz extraña a la familia, a no ser la del doctor Abílio, que la adoraba y decía de ella con ojos de admiración: -¡Es una hada! ¡Es una hada! Fue por eso que causó gran excitación en la casa el anuncio de Joâo Coutinho de que su primo Adrián llegaría en tres semanas a la villa. Adrián era un hombre célebre y el marido de María de Piedad se sentía muy orgulloso de él. Le mostró, incluso, un periódico de Lisboa sólo para que viera su nombre escrito en esas páginas. Adrián era novelista: su último libro, Magdalena, un estudio de mujer trabajado con gran estilo, lo consagró como maestro. Su fama, que había llegado a la villa, le daba aires de leyenda, lo presentaba como un héroe de Lisboa, amado por las aristócratas. Doña María de Piedad quedó aterrada con esta visita. Anticipaba la confusión que la presencia de un huésped causaría. Fue por eso un alivio cuando Adrián llegó, y con mucha sencillez se instaló en la casa de huéspedes del tío André, en el otro extremo de la villa. -Yo tengo mis costumbres, ustedes las suyas... No nos avendríamos bien, ¿no es cierto? Además, me siento a gusto con el tío André... Veo desde aquí un molino y una pequeña presa que resultan un paisaje delicioso... Quedamos como amigos, ¿no es verdad? Al otro día visitaron la hacienda. Como quedaba cerca, y era un día de marzo fresco y claro, acudieron a pie. Al principio, tímida ante aquella compañía, la pobre señora caminaba junto a él con un aire de pájaro asustado: a pesar de que él era tan sencillo, había en su figura enérgica y musculosa, en el timbre de su voz, en sus ojos pequeños y brillantes algo de fortaleza, de dominio, que la subyugaba. El se mostró desolado por la tristeza que halló en casa de su pariente. Le dio buenos consejos: lo que los pequeños necesitan es aire, sol, una vida distinta... ella también pensaba así; mas el pobre Joâo, siempre que se hablaba de visitar la hacienda se afligía terriblemente, tenía horror a los vientos y a los grandes horizontes. El, entonces, la compadeció: ciertamente podría haber alguna satisfacción en el deber santamente cumplido... sin embargo, debía tener momentos en que desease alguna otra cosa más allá de aquellas cuatro paredes. -¿Qué más podría yo desear? -dijo ella. Adrián calló: parecíale absurdo suponer que ella desease realmente visitar Lisboa y acudir al teatro... No, en lo que realmente pensaba era en otros anhelos, en las ambiciones del corazón insatisfecho. Y, de repente, sin que ella se resistiese, la tomó de los brazos, la besó en los labios, con un solo beso profundo e interminable. Ella permaneció como muerta junto a su pecho, pálida; y dos lágrimas corrieron por su cara. Se veía tan dolida y débil que él se separó; ella, tomando su sombrilla, con el labio tembloroso, murmuró: -Mal hecho... Mal hecho... Estaba él bastante perturbado por lo que la dejó que se alejara en el camino: un momento después la alcanzó y ambos, callados, regresaron a la villa. Fue estando ya solo en la posada que pensó: -¡Fui un estúpido! La venta de la hacienda quedó concluida. Por eso, al día siguiente, se presentó por la tarde a decir adiós; partiría al anochecer en la diligencia. La encontró en la sala, frente a la ventana de costumbre, con la chiquillada enferma anidada entre sus faldas... Oyó que él partía sin mudar de color y sin el menor estremecimiento. Cuando él salió, María de Piedad permaneció mirando a la ventana, mirando abstractamente el paisaje que oscurecía. Lo amaba. Era como un golpe de viento impregnado de todas las fuerzas vivas de la naturaleza que atravesó, súbitamente, su alcoba enclaustrada: y ella lo respiró deliciosamente. Este amor latente la invadió, se apoderó de ella una noche que apareció esta idea, esta visión: ¡ojalá él fuera mi marido! Toda ella se estremeció, como confundiéndose con su propia imagen evocada, aferrándose a ella, refugiándose en la fuerza que de él se desprendía... Después él le dio aquel beso en el molino. Y partió. Al cabo, ese amor se fue desprendiendo, poco a poco, de la imagen de Adrián y se comunicó, extendiéndose, a un ser vago que contenía todo aquello que poseían los héroes de novela; era un ente mitad príncipe y mitad fascineroso que tenía, sobre todo, la fuerza. Porque era esto lo que admiraba, lo que quería, lo que ansiaba en las noches cálidas en que no podía dormir: dos brazos fuertes como hierro, que la apretasen en un abrazo mortal, labios de fuego que en un beso le absorbiesen el alma. La santa se estaba convirtiendo en Venus. Ese romanticismo morboso había penetrado tanto en aquel ser, la desmoralizó tan profundamente que llegó el momento en que bastaría que un hombre la tocase para que ella cayera en sus brazos: y fue lo que sucedió al fin, con el primero que la enamoró, dos años después. Era un aprendiz de boticario. Este acontecimiento escandalizó a toda la villa. Y ahora, abandona la casa al desorden, tiene a los hijos sucios, sin comer hasta muy noche; y al marido, abandonado en su alcoba. Anda tras del hombre, tras ese macho repelente y seboso de cara hinchada y gorda, de sombrero ladeado al estilo elegante. Viene él de noche a sus entrevistas con aires de señor: huele a sudor: y le pide dinero prestado para sostener a una tal Juana, criatura también obesa a quien apodan en la villa "Bola de Manteca" |
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