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Democratización chiapaneca
Pluralidad en el mundo indígena

Ciro Murayama

"Los 'usos y costumbres' prevalecientes
responden a cambios no lejanos"
Foto: Alfredo Estrella/Ave

La semana pasada se presentó el libro Democracia en tierras indígenas: las elecciones en Los Altos de Chiapas (1991-1998), compilado por Juan Pedro Viqueira y Willibald Sonnleitner y publicado por esfuerzo conjunto entre El Colegio de México, el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social y el IFE.

El libro documenta cómo uno de los asuntos que se han colocado en el centro neurálgico de la vida y la reflexión mexicanas puede ser abordado rigurosamente, sin prejuicios, desplegando un análisis que va más allá de clichés, que se funda más en la búsqueda de datos duros, comprobables, que en creencias circulares. La investigación se centra en el distrito electoral federal 5 de Chiapas, el de Los Altos, con cabecera en San Cristóbal de las Casas.

Las elecciones en Los Altos de Chiapas remite a una pregunta inicial sobre la validez y viabilidad de que las prácticas de la democracia electoral se asienten en aquella conflictiva región, tal como han logrado instalarse en la vida cotidiana de casi todo el país. Pues la existencia de "usos y costumbres", de formas distintas de representación del poder, de tradiciones que prescinden de las urnas y se fundamentan en el consenso comunitario para decidir sus asuntos de gobierno interno, llegan a ser planteadas desde diversos sectores de la academia, de la política y de la opinión pública internacional inclusive, como barreras infranqueables que no solamente hacen innecesaria la celebración de elecciones con la presencia de opciones contendientes distintas y bajo procedimientos que garanticen el ejercicio secreto, libre, individual e intransferible del voto, sino que les llegan a catalogar peyorativamente como intentos de intromisión "occidental", de trastocamiento hacia una cultura indígena ancestral que merece ser respetada. El libro va a contracorriente de esas tesis, pues desmonta la idea de "usos y costumbres" ancestrales con una breve pero documentada descripción que tiene su punto de partida en los años 30, durante el cardenismo, y que sigue con la creación y la llegada a Chiapas del Instituto Nacional Indigenista en la que se explica cómo la política indigenista provocó la aparición de nuevos líderes autóctonos bilingües que se convirtieron en mediadores reconocidos entre la sociedad nacional y las comunidades indígenas; del proceso de diferenciación económica; de la separación en la estructura de poder de los cargos civiles y religiosos en las comunidades, de que ello implicó la disminución en el papel tradicional de los ancianos; de cómo las asambleas comunales y los plebiscitos comenzaron a volverse prácticas habituales; de la manera como los líderes se convirtieron en caciques locales que detentaban poder político y económico; de la aparición de nuevas facciones políticas en los municipios que en conjunto dieron pie a la vinculación y subordinación de esas comunidades indígenas al PRI.

Tenemos, así, que los "usos y costumbres" prevalecientes tienen una data muy reducida a la que le pretenden asignar los defensores del "consenso comunitario democrático" y responden a cambios no lejanos en los que han participado actores políticos de actualidad; cambios que benefician a esos actores, entre otros, por dar un ejemplo evidente, a los caciques que en San Juan Chamula han detentado el poder y expulsado y perseguido a los disidentes que promueven prácticas ajenas a la comunidad como el respeto de los derechos políticos básicos de la mujer o la elección democrática de las autoridades.

Por otra parte, describe la irrupción del multipartidismo en Chiapas como reflejo del proceso de pluralidad interna y secularización de los asuntos públicos que viven las comunidades indígenas. Nos habla de cómo hace apenas 12 años el PRI alcanzaba en Chiapas su mayor porcentaje en la elección presidencial, con 89.8% de los votos, y tres años después la oposición le ganó una cuarta parte de los sufragios; de que en 1994 Ernesto Zedillo obtuvo en Chiapas 48% de los votos y Cuauhtémoc Cárdenas 33.9%, esto es, comparando con la elección presidencial previa, el PRI pierde más de 40% de los votos y el PRD incrementa su presencia en más de 650%. Y desde entonces los votos por el PRI son menos, en las presidenciales, a los que alcanza el resto de los partidos.

En el caso de Los Altos, de diez municipios entre los cuales nueve tienen una población mayoritariamente indígena, los comportamientos electorales son diversos: hay presencia de multipartidismo en seis municipios, caída de la consolidación de la oposición en dos municipios con alta presencia de zapatismo y dos municipios que pueden seguir considerándose bastiones del PRI -Chamula y Mitontic, en buena medida porque los "usos y costumbres" no permiten a la oposición siquiera hacer campañas ahí-. Este mapa electoral permite poner en duda la hipótesis de comportamientos electorales diferentes de las regiones indígenas y mestizas y confirma que la pluralidad se abre paso también en el mundo indígena.

Los candidatos en las elecciones locales del distrito 5 de Chiapas suelen ser indígenas -91% en 1997-, quienes además no han ocupado cargos religiosos previamente, lo que da cuenta de cómo política y religión siguen separándose.

En fin: Chiapas sí da lecciones, sobre todo cuando se estudia y conoce sin prejuicios; esta vez, la lección es que entre tanto zapatismo y abajofirmantes, al grueso de los analistas e intelectuales se les ha pasado el tema electoral en las regiones indígenas, que se abre paso como vía para que las diferencias internas de esas comunidades no impliquen más desgarramientos sino una convivencia productiva

Ciro Murayama es economista por la UNAM. Realizó estudios de postgrado en la Universidad Autónoma de Madrid.

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