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Rostros de la muerte
Carlos Guevara Meza
La cultura no terminaba, para nosotros, en la producción y el consumo de libros, cuadros, sinfonías, películas y obras de teatro. Ni siquiera empezaba allí. Entendíamos por cultura la creación de cualquier espacio de encuentro entre los hombres y eran cultura, para nosotros, todos los símbolos de la identidad y la memoria colectivas: los testimonios de lo que somos, las profecías de la imaginación, las denuncias de lo que nos impide ser. Eduardo Galeano, Días y noches de amor y de guerra.
I El sueño lúgubre Esto es un ensayo. No pretende ser completo ni sistemático. Se ha alimentado de lecturas azarosas realizadas según el gusto, el tiempo y las circunstancias (adquisiciones, préstamos de amigos y amigas, incluso alguna "expropiación" estudiantil). El texto académico, con la rigurosa estructura y la inevitable referencia a pie de página, a veces se vuelve tedioso para quien lo lee, más cuando la lectura es de obligación y no de placer. Este ensayo sólo desea no ser aburrido. Difícilmente, sin embargo, podría dar placer. La intensa realidad de un sueño lúgubre, como diría Delmira Agustini, es el objeto de este texto: la larga noche de las dictaduras. Cuando uno lee los informes de las comisiones de esclarecimiento o de derechos humanos; cuando uno lee el salvajismo, la completa deshumanización, la ausencia absoluta de clemencia, las gigantescas matanzas, las torturas inimaginables, la saña para la cual el adjetivo "cruel" se queda corto; no se puede experimentar nada que se asemeje al placer ni al leer ni al escribir. Empero, si bien la masacre, la violación y la tortura son hechos terribles y espantosos, cuyo género narrativo obligado es lo trágico, el dictador y la dictadura (que no siempre es lo mismo, como veremos) son narrados en clave de farsa o sátira. Lo cual es una forma de oponerse (no sé si como resistencia o como ofensiva) a las retóricas oficiales de las tiranías que divinizan el poder absoluto. La ironía desacraliza el mito de dios terrible con que la dictadura se enviste para asegurarse un poder simbólico en el imaginario social: un dios, aunque sea cruel, es indestructible, y como dios está situado más allá del bien y del mal. En cambio, el dictador que sin perjuicio de narrar sus crímenes y sus bestialidades inspira lástima o, de plano, risa es reintegrado a su condición humana y es, por tanto, moralmente juzgable; tanto narrativa como políticamente, prescindible. Aclaro que este ensayo se refiere sólo a narrativa y poesía. Aunque cito alguna obra de teatro, en general las he dejado fuera, igual que el canto y las imágenes plásticas o cinematográficas. La razón es solamente el tiempo. Distingo, asimismo, dos formas: la del dictador clásico, "caudillo bárbaro" o "tirano ilustrado" a la Díaz, a la Gómez, a la Trujillo, a la Machado y todo el etcétera que el lector pueda recordar; y la de la dictadura como máquina, al estilo de la guerra fría, la doctrina de la seguridad nacional y las juntas militares. Entre ellas hay vasos comunicantes y también diferencias esenciales. Algunos de los bárbaros lograron montarse en la máquina (como Somoza o Papá Doc), otros lo intentaron fracasando (como Trujillo), pero la diferencia de forma y procedimiento es importante de señalarse. Finalmente, pido disculpas anticipadas por el recurso a cierto lenguaje florido, pero a veces no queda más remedio cuando se habla de semejantes hijos de perra. II Escarnecido sea el Señor La figura del dictador clásico ha producido varios clásicos de la narrativa latinoamericana: El Señor Presidente, de Miguel Angel Asturias (1946), sobre Estrada Cabrera. El recurso del método de Alejo Carpentier (1974) con "40% de Machado, un 10% de Guzmán Blanco, un 10% de Cipriano Castro, un 10% de Estrada Cabrera, un 20% de Trujillo y un 10% de Porfirio Díaz", sin contar con algunas características de Somoza y Juan Vicente Gómez. Yo, el Supremo, de Augusto Roa Bastos (1974), sobre el Doctor Francia. Y El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez (1978), donde se ha querido ver a Juan Vicente Gómez, pero la intención es más bien que sean todos. En todas ellas, el dictador toma el poder por medios ilegales (alzamientos, rebeliones, traiciones). En todos el poder absoluto se sustenta sobre todo en la violencia espantosa, en el castigo despiadado de toda disidencia, -así sea meramente sospechada- en la desconfianza total y, de alguna forma, en la soledad total. En todas ellas, el mito del dictador sacralizado por sus virtudes (padre de la patria, defensor de la soberanía, preocupado por el bienestar del pueblo, generoso dispensador de riquezas y favores, y también el macho fornicador insaciable) y por sus defectos (matador, secuestrador, lector de presagios, torturador, ojo que todo lo ve y todo lo sabe, cabrón, e incluso brujo, mago, chamán) es referido, reconstruido minuciosamente. "Al contrario de la ropa, las descripciones de sus historiadores le quedaban grandes, pues los textos oficiales de los parvularios lo referían como un patriarca de tamaño descomunal que nunca salía de su casa porque no cabía por las puertas, que amaba a los niños y a las golondrinas, que conocía el lenguaje de algunos animales, que tenía la virtud de anticiparse a los designios de la naturaleza, que adivinaba el pensamiento con sólo mirar a los ojos y conocía el secreto de una sal de virtud para sanar las lacras de los leprosos y hacer caminar a los paralíticos. Aunque todo rastro de su origen había desaparecido de los textos, se pensaba que era un hombre de los páramos por su apetito desmesurado de poder, por la naturaleza de su gobierno, por su conducta lúgubre, por la inconcebible maldad del corazón con que le vendió el mar a un poder extranjero y nos condenó a vivir frente a esta llanura sin horizonte de áspero polvo lunar cuyos crepúsculos sin fundamento nos dolían en el alma. Se estimaba que en el transcurso de su vida debió tener más de cinco mil hijos, todos sietemesinos, con las incontables amantes sin amor que se sucedieron en su serrallo hasta que él estuvo en condiciones de complacerse con ellas, pero ninguno llevó su nombre ni su apellido, salvo el que tuvo con Leticia Nazareno (...), porque él consideraba que nadie era hijo de nadie más que de su madre, y sólo de ella. Esta certidumbre parecía válida inclusive para él, pues se sabía que era un hombre sin padre como los déspotas más ilustres de la historia, que el único pariente que se le conoció y tal vez el único que tuvo fue su madre de mi alma Bendición Alvarado a quien los textos escolares atribuían el prodigio de haberlo concebido sin concurso de varón y de haber recibido en un sueño las claves herméticas de su destino mesiánico, y a quien él proclamó por decreto matriarca de la patria con el argumento simple de que madre no hay sino una, la mía..." (El otoño del patriarca). Varios de los "supremos" vienen de abajo y transportan con su poder las costumbres que los vuelven, de algún modo, impresentables, alejados de la dignidad del mando y de la clase: llevan al palacio presidencial su hamaca (como el primer magistrado) o las vacas -además de andarse cogiendo a las mulatas en la cocina- (como el Patriarca). Ello, sin embargo, es narrado en una doble clave de lectura: por un lado, es mostrado como mecanismo de legitimación del poder en el imaginario de las clases subalternas (viene del pueblo, es del pueblo); por el otro, mueve a burla en la medida en que narra el divorcio entre el actor (el dictador y sus costumbres personales) y el decorado (la investidura del poder total y la retórica que lo ensalza). Esto último no se hace en clave aristocrática, es decir, visto como arribismo, sino como contradicción entre el discurso sacralizador y la práctica desmitificada. El dictador es hábil, desconfiado y, sobre todo, cruel. Cruel con sus enemigos, cruel con los sospechosos, cruel con los inocentes, cruel hasta con sus fieles y los cobardes: "Ese animal era un hombre pobremente vestido, con la piel rosada como ratón tierno, el cabello de oro de mala calidad, y los ojos azules y turbios perdidos en anteojos color de yema de huevo. "El Presidente puso la última firma y el viejecito, por secar de prisa, derramó el tintero sobre el pliego firmado. -¡ANIMAL! -¡Se...ñor! -¡ANIMAL! Un timbrazo..., otro..., otro... Pasos y un ayudante en la puerta. -¡General, que le den doscientos palos a éste, ya, ya! -rugió el Presidente; y pasó en seguida a la Casa Presidencial. La comida estaba puesta. "A ese animal se le llenaron los ojos de lágrimas. No habló porque no pudo y porque sabía que era inútil implorar perdón [...]. A sus ojos nublados asomaron a implorar por él su mujer y sus hijos: una vieja trabajada y una media docena de chicuelos flacos. Con la mano hecha un garabato se buscaba la bolsa de la chaqueta para sacar el pañuelo y llorar amargamente -¡y no poder gritar para aliviarse!- [...]. Minutos después, en el comedor: -¿Da su permiso, Señor Presidente? -Pase, general. -Señor, vengo a darle parte de ese animal que no aguantó los doscientos palos. [...] Sin dejar el plato, la sirvienta corrió a alcanzar al ayudante y le preguntó por qué no había aguantado los doscientos palos. -¿Cómo por qué? ¡Porque se murió! Y siempre con el plato, volvió al comedor. -¡Señor -dijo casi llorando al Presidente, que comía tranquilo-, dice que no aguantó porque se murió! -¿Y qué? ¡Traiga lo que sigue!" (El Señor Presidente). El crimen, el acto de violencia, la venganza del dictador son minuciosamente descritos (incluso al extremo como en García Márquez). Sin embargo, el dictador y sus contradicciones deben ser escarnecidos, traídos de vuelta a la condición humana, mediante la ironía, la broma o la burla, como se ha dicho. El procedimiento abarca no sólo a la figura del dictador, sino a todo el régimen, a toda la estructura narrativa, a los personajes, a los acontecimientos, a los escenarios. "El Pelele", "Lengua de Vaca", "Chamarrita", "doña Venjamón" (esposa de don Benjamín, gorda jamona), en El Señor Presidente. Las gallinas y las vacas en el palacio, el testículo herniado de El otoño del patriarca. El inventario de los progresos de la ciudad en El recurso del método: "Y hubo torneos de bridge, desfiles de moda, baños turcos, bolsa de valores y burdel de categoría, donde era vedada la entrada a quien tuviese la piel más oscura que el Ministro de Obras Públicas -tomado como paradigma de apreciación, ya que, si no era la oveja negra del Gabinete, era, indudablemente, su oveja más tostada". En Yo, el Supremo el humor es menos prioritario pero no está ausente y se centra en el procedimiento, también utilizado por Asturias, de la creación verbal que rompe la autojustificación delirante del monólogo. De este modo, tanto el dictador como su régimen se vuelven patéticos. Así, El Señor Presidente es mostrado como un miserable: borracho, rencoroso y, sobre todo, primera víctima del mismo miedo con el que controla a su país. El Patriarca da lástima, prisionero de la vejez infinita, de la merma inacabable, del empequeñecimiento literal, del abandono de la única mujer que amó y de todas las mujeres a las que no amó ni lo amaron. El Supremo es un ser desgraciado, caído de la Gracia, prisionero de su propio poder y de la soledad obstinada que implica: "Nadie sabe desertar de su desgracia", dice. Condenado a ser siempre un replicante: su discurso desde el poder es, paradójicamente, siempre un derivado, una respuesta del discurso contra su poder, una justificación frente a la crítica que lo desnuda o lo calumnia. El Primer Magistrado es quizá el menos patético, o mejor dicho, el más agradable, el más comprensible, el más atractivo y entretenido. Sus argumentos son atendibles, e incluso algunas de sus actitudes son hasta encomiables. A cambio de ello, tal vez, Carpentier es el único que derroca a su tirano.(1) III La máquina de matar
Durante la década de los 60 se comenzó a desarrollar la Doctrina de la Seguridad Nacional en Estados Unidos, con toda una serie de técnicas de control social que incluían desde el espionaje hasta la represión selectiva y masiva. Estas técnicas fueron aprovechadas por las dictaduras militares que se establecieron en Latinoamérica a partir de esa década, generando un nuevo tipo de violencia política. La especificidad de esa violencia posterior a los 60 no es, de ninguna manera, producto de un cambio cualitativo, sino cuantitativo: la aplicación de alta tecnología hace más eficiente el terror; además, la represión y la muerte comenzaron a afectar a sectores tradicionalmente al margen de la violencia, como los académicos, las mujeres de clase media y los sacerdotes. La violencia se hizo eficaz en grado sumo y extensiva a cualquiera que no aceptara dócilmente la dominación. Según Jean Franco el nuevo terror tiene cuatro características: 1) su naturaleza sistemática y anónima, con cierta regularidad en los procedimientos, lo cual permite creer que los métodos fueron enseñados, mecanizados y exportados; 2) implica el uso de la desaparición como un nuevo método de control social, mientras la aparición azarosa de cadáveres funciona como una alerta para la población; 3) incluye la mutilización, incineración o sumergimiento de los cuerpos para impedir la identificación y, así, eliminar la identidad y la posibilidad del mártir, 4) incluye la programación de acontecimientos por etapas con el fin de producir efectos calculados en la población. La modernización es el concepto que organiza estas prácticas, no sólo en su finalidad y su sentido sino en su mismo modo de ser: testimonios de torturadores y torturados muestran el proceso de burocratización de la violencia que permite al victimario el manejo psicológico de su situación y la continuación de sus relaciones "normales" con el mundo exterior. La víctima, por su parte, debe ser convertida en objeto, despojada de su calidad humana para poder ser manejada técnicamente. El poder no mata, suprime. De aquí la frase definitoria del caudillo moderno (sea Hitler, Stalin, o, en su forma más devaluada, Pinochet): un muerto es una tragedia, un millón es un número. De aquí también el esfuerzo por hacer imposible el heroísmo: era importante para los gobiernos militares que no hubieran mártires en la lucha, que no hubiese memoria histórica ni altares familiares. Las razones para ello son más profundas que la conveniencia política, pues intentaba destruir todo significado que la muerte pudiera tener en la sociedad. La muerte no debía ser una forma de continuidad sino una extirpación. Una vez que un ser humano se reduce a un número, una vez que los presos políticos son arrojados desde los aviones o helicópteros o tirados en tumbas anónimas, y se les mutila hasta el desconocimiento, se da una devaluación de la Muerte y, por tanto, de la identidad humana que afecta a toda la sociedad. No olvidar se vuelve entonces un imperativo. Pero, ¿cómo recordar a los muertos si su nombre les es arrebatado, si su identidad está perdida, si en la clandestinidad de las prisiones ilegales nadie observa y valora su heroísmo? Reducidos a un silencio que grita pero cuyo grito es una forma de la no denuncia, de la no traición, como en Mario Benedetti con su Pedro y el Capitán o en su poema "Hombre preso que mira a su hijo". Recuperar el sentido de la muerte será, en cierto modo, la gran tarea de la literatura latinoamericana. Dice Jean Franco: "De hecho, la novela latinoamericana moderna surge en torno a una obsesión respecto al destino de los poliniceos, condenados a permanecer sin entierro como presa de los zopilotes fuera de los muros de la ciudad. Los títulos de muchas novelas modernas sugieren un problema abrumador en torno a los muertos no consagrados: Juntacadáveres (Onetti), Sobre héroes y tumbas (Sábato), La muerte de Artemio Cruz (Fuentes), Los funerales de Mamá Grande (García Márquez), La guerra del fin del mundo (Vargas Llosa). Tanto el movimiento guerrillero de las décadas de 1960 y 1970 como los escritores se representaban como los vengadores de los muertos insepultos. Estos muertos anónimos serían salvados por nuevas formas de heroísmo: la del creador de mundos ficticios autónomos que son modelos de la autonomía que América Latina nunca ha disfrutado, y los creadores de Estados autónomos liberados del puño del imperialismo". Contra el olvido y la violencia, la memoria y el testimonio. En Galeano, particularmente, el sistema aparece como máquina burocrática. Negándose a postular a los militares como demonios (lo cual implica su mitificación) son reducidos a burócratas: "El torturador es un funcionario. El dictador es un funcionario. Burócratas armados, que pierden su empleo si no cumplen con eficiencia su tarea. Eso, y nada más que eso. No son monstruos extraordinarios. No vamos a regalarles esa grandeza". "¿Quiénes torturan? ¿Cinco sádicos, diez tarados, quince casos clínicos? Torturan los buenos padres de familia. Los oficiales cumplen su horario y después ven televisión junto a sus hijos. Lo que es eficaz es bueno, enseña la máquina. La tortura es eficaz: arranca información, rompe conciencias, difunde el miedo. Nace y se desarrolla una complicidad de misa negra. Quien no torture será torturado. La máquina no acepta inocentes ni testigos. ¿Quién se niega? ¿Quién puede conservar las manos limpias? El pequeño engranaje vomita la primera vez. La segunda vez aprieta los dientes. A la tercera se acostumbra y cumple con su deber. Pasa el tiempo y la ruedita del engranaje habla el lenguaje de la máquina: capucha, plantón, picana, submarino, cepo, caballete. La máquina exige disciplina. Los más dotados terminan por encontrarle el gustito" (Días y noches de amor y de guerra, 1978). Galeano opone a la violencia la dimensión de lo amoroso. No en el sentido cursi que pudiera suponerse sino como conocimiento y reconocimiento de la humanidad. Amor de pareja, amor filial, amor como solidaridad humana. Amor como dimensión imaginaria y poética que rompe la oscuridad anónima de la prisión clandestina, de la desaparición, pues el amor supone siempre la identidad y la identificación es memoria y juego, sueño, previsión y recuerdo. El amor es la utopía en tanto que realizándose. "Los presos políticos uruguayos no pueden hablar sin permiso, silbar, sonreír, cantar, caminar rápido ni saludar a otro preso. Tampoco pueden dibujar ni recibir dibujos de mujeres embarazadas, parejas, mariposas, estrellas ni pájaros. "Didaskó Pérez, maestro de escuela, torturado y preso por tener ideas ideológicas, recibe un domingo la visita de su hija Milay, de cinco años. La hija le trae un dibujo de pájaros. Los censores se lo rompen a la entrada de la cárcel.
"Al domingo siguiente, Milay le trae un dibujo de árboles. Los árboles no están prohibidos, y el dibujo pasa. Didaskó le elogia la obra y le pregunta por los circulitos de colores que aparecen en las copas de los árboles, muchos pequeños círculos entre las ramas: -¿Son naranjas? ¿Qué frutas son? La niña lo hace callar: -Ssshhhh. Y en secreto le explica: -Bobo. ¿No ves que son ojos? Los ojos de los pájaros que te traje a escondidas (Memoria del fuego III. El siglo del viento, 1986). La dictadura como máquina tiene también su retórica que la escritura de oposición desarticula y la imaginación subvierte. En extremo, el sueño es la única fuga de la cárcel. No la neurosis, sino la forma de sustraerse al dominio del torturador (El beso de la mujer araña, de Manuel Puig). Igual que en los clásicos, esta literatura opone el humor y la burla al discurso legitimador del poder, caracterizado siempre por su grandilocuencia, la seriedad, el mesianismo y las metáforas autoritarias. El imperativo del recuerdo quizá explique el boom de la literatura testimonial, hecha por escritores no profesionales, algunos de los cuales ciertamente cuentan con talento. Guerrilleros, periodistas, políticos de oposición, llenan cuartillas con vivencias, muchas veces terribles, a cuya narración añaden ciertamente un toque de dramatismo, pero también de humor al no asumirse héroes ellos mismos. El héroe, en todo caso, siempre es otro, el compañero de lucha, el dirigente, el campesino solidario, el mártir de la causa; el autor se representa, simplemente, como cumpliendo su deber. Así, el sacrificio personal, las renuncias que deben hacerse, las pérdidas personales que se sufren en el curso del movimiento, aunque narradas, se desestiman hasta cierto punto como elementos inevitables y que nunca superan el horizonte utópico planteado por la lucha. Cuando la utopía no puede plantearse como un triunfo real (como la revolución sandinista), puede plantearse como un final abierto en el que los personajes, aunque derrotados, están dispuestos a continuar la lucha: "-Che, Juan. -¿Qué? -¿Vamos a ganar? -Claro, si no valen para nada. El sargento García sonrió. -Y después lo vamos a buscar -dijo. -¿A quién? -A Perón. Lo vamos a traer. -Estás loco, sargento -¿Loco? Le vamos a mostrar cómo quedó el pueblo, le vamos a contar de Ignacio, de Mateo y de Cerviño, de todos los que dieron la vida por él. Juan miró a su compañero. Tenía los ojos hinchados y rojos. -Cuando lo sepa se va a emocionar el viejo. -Va a hablar desde el balcón del municipio y los milicos no van a saber dónde meterse del cagazo. Se acercaron a la cabina de (el avión). Antes de subir, Juan miró el sol y tuvo que cerrar los ojos. -Va a ser un lindo día, sargento. García se dio vuelta en dirección al pueblo y se quedó con la vista clavada en el horizonte. Tenía el rostro fatigado, pero la voz le salió alegre, limpia. -Un día peronista -dijo" (Osvaldo Soriano, No habrá más penas ni olvido, 1978). En esta novela, en particular, analogía microscópica del golpe de Estado, Soriano, a despecho de la anécdota trágica, no suelta un minuto la burla y el buen humor, incluyendo un bombardeo aéreo con mierda que se ha hecho famoso. La lista de los relatos testimoniales de los 70 y 80 es larga. Habría que mencionar, por lo menos, a Omar Cabezas (Nicaragua) con La montaña es algo más que una inmensa estepa verde y Canción de amor para los hombres; Alí Gómez García (Venezuela) con Falsas, maliciosas y escandalosas reflexiones de un ñángara; Mario Payeras (Guatemala) con Los días de la selva; Roberto Quezada (El Salvador) con Díles que aún vivo; Marco Moreira Alves (Brasil) con Un grano de mostaza. Dentro de los relatos de ficción, aparte de las ya mencionadas, Emma Prieto (México) con Los testigos, o Iverna Codina (Argentina) con Los guerrilleros. La idea de una Muerte injusta, a destiempo, producto de la opresión social y del sistema político-económico, no es de ninguna manera exclusiva de este periodo, aunque sin duda aquí alcanza su mayor dramatismo. También los poetas latinoamericanos han estado presentes: César Vallejo, lo mismo hablando de la muerte-cárcel que de la muerte-guerra; Luis Palés Matos, Nicolás Guillén, Luis Cardoza y Aragón, Pablo Neruda, José Coronel Urtecho, Pablo Antonio Cuadra, Efraín Huerta, Murilo Mendes, por mencionar unos cuantos. En México es hasta el 2 de octubre de 1968 que se toma conciencia de la Muerte como expresión de la violencia política y del sin sentido que genera el ocultamiento del hecho sangriento que el poder tiende como un velo para lavar sus culpas. Poetas de diferentes generaciones y tendencias escribirán sobre la masacre de Tlatelolco, unidos por un mismo desideratum: no olvidar. Jaime Sabines, Marco Antonio Montes de Oca, Sergio Armando Gómez, José Carlos Becerra, Leopoldo Ayala, José Emilio Pacheco, Thelma Nava, Efraín Huerta, Rosario Castellanos, Evodio Escalante, Horacio Espinosa Altamirano: 2 de octubre no se olvida, y aun los poetas más jóvenes sienten que la sangre se les amotina cuando recuerdan, como Alejandro Zenteno y su poema Las venas iracundas. IV La memoria y el fuego
Dialéctica de la vida y de la muerte; dialéctica del olvido y la memoria; dialéctica del silencio y la palabra. Si para los filósofos europeos, desencantados de sus propios valores, y nihilistas a fuerza de ver la racionalidad occidental llevada a sus últimas consecuencias por el irracionalismo nazi, el olvido es la forma terapéutica de la alegría y la libertad. Para los latinoamericanos el olvido es la forma final y definitiva de la derrota. El silencio, ya sea impuesto por el poder con la censura, la violencia o el exilio; ya sea aceptado por la sociedad como inevitable, es la renuncia a la palabra, a la denuncia política, a la voz que rompe la oscuridad anónima de la muerte y proyecta una luz de vida hacia el futuro. Sin embargo, Nietzsche dice una gran verdad en su Genealogía de la moral: "Para que algo permanezca en la memoria se lo graba a fuego; sólo lo que no cesa de doler permanece en la memoria". Roque Dalton, en un poema cuyo título fue quizá una premonición de su propia muerte, "Asesinado en la calle", escribió: "Desde tu corazón allanado por el plomo, ¿no me darás la mano? Desde tu derrumbada piel, ¿no me darás la mano? En la horrísona calle amotinada tu inmóvil muerte es la estatua de nuestra furia...". El culto a la vida, si de verdad es profundo y total, es también culto a la muerte. Ambas son inseparables. Una civilización que niega la muerte acaba por negar también la vida. La perfección de los criminales modernos no es sólo consecuencia del progreso de la técnica moderna, sino del desprecio a la vida inexorablemente implícito en todo voluntario escamoteo de la muerte
Bibliografía Miguel Angel Asturias, El Señor Presidente, Buenos Aires, Losada, 1998. Mario Benedetti, El recurso del supremo patriarca, México, Nueva Imagen, 1989. Estrella Luisa Betances de Pujadas, The influence of Rafael Trujillo in Dominican literature, Ann Arbor Mich, University Microfilms International, 1993. Manuel Caballero, Manuel Gómez, el tirano liberal. Vida y muerte del siglo XIX, Caracas, Monte Avila Latinoamericana, 1995. Omar Cabezas, La montaña es algo más que una inmensa estepa verde, México, Siglo XXI, 1982. Omar Cabezas, Canción de amor para los hombres, Managua, Nueva Nicaragua, 1985. Alejo Carpentier, El recurso del método, México, Siglo XXI, 1992. Iverna Codina, Los guerrilleros, México, Costa-Amic, 1977. Carlos Fico, Reinventando o otimismo. Dictadura, propaganda e imaginário social no Brasil, Río de Janeiro, Fundac...o Getulio Vargas, 1997. Alberto Flores Galindo y Manuel Burga, Apogeo y crisis de la república aristocrática, Lima, Rikchay, 1987. Miguel Franjul, Somoza y Duvalier. La caída de dos dinastías, Santo Domingo, Franjul Analistas y Asesores. Eduardo Galeano, Días y noches de amor y de guerra, México, Era, 1990. Eduardo Galeano, Memoria del fuego III. El siglo del viento, México, Siglo XXI, 1987. Eduardo Galeano, Nosotros decimos No. Crónicas (1963-1988), México, Siglo XXI, 1997. Gabriel García Márquez, El otoño del patriarca, México, Diana, 1989. Alí Gómez García, Falsas, maliciosas y escandalosas reflexiones de un ñángara, La Habana, Casa de las Américas, 1985. Marcio Moreira Alves, Un grano de mostaza. El despertar de la revolución brasileña, La Habana, Casa de las Américas, 1972. Mario Payeras, Los días de la selva, México, Nuestro Tiempo, 1984. Emma Prieto, Los testigos, México, Katún, 1985. Roberto Quezada, Díles que aún vivo, México, El Juglar, 1992. Augusto Roa Bastos, Yo, el Supremo, Buenos Aires, Siglo XXI, 1975. Osvaldo Soriano, No habrá más penas ni olvido, Santafé de Bogotá, Norma, 1995.
Nota 1 La más reciente novela de Vargas Llosa, La fiesta del chivo, trata sobre Trujillo y su dictadura. Es pronto para integrarla a la anterior lista de clásicos sobre el tema. Empero, sigue la línea de mostrar el patetismo del dictador (mermado, enloquecido, traicionado, procreador de idiotas y de criminales vulgares). Es de señalar que ni en ésta ni en las otras novelas aquí tratadas, el patetismo mueve, no debe, a la identificación con el dictador, o el elemento crítico se perdería.
Carlos Guevara Meza, filósofo por la UNAM, es profesor de Historia del Arte y Estética en el Centro Nacional de las Artes. |
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