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por los caminos de sancho La derecha en el poder
Renward García Medrano
... porque la mayor locura que puede hacer un hombre en
Los mexicanos de mi generación -nací en 1939- formados en la escuela pública crecimos con una noción de México y del mundo inserta en la ideología del nacionalismo revolucionario que adoptó el Estado a partir de Calles y Cárdenas, y que fue el eje doctrinario del PRI. La idea de Patria, con mayúscula, el santuario de los héroes presidido por Juárez, la búsqueda de nuestras raíces en un pasado indígena mitificado y la negación de la otra mitad del mestizaje; el sentimiento antiyanqui que para algunos significó ignorar el rock y cerrar la mente al aprendizaje del inglés; la fantasía de América Latina como primera lealtad internacional, como si esta región no hubiese estado sometida a las élites económicas desnacionalizadas que ya se han establecido en México; el cierre de las fronteras comerciales como orgullo nacionalista sin percibir el masacote de corrupción e ineficiencia que medraba del mercado cautivo; el respeto reverencial a la investidura del Señor Presidente de la República, heredero legítimo de Juárez y encarnación de la patria, fueron las piezas de una cosmovisión que llegó a convertirse en guadalupanismo laico. (Recomiendo la lectura del espléndido ensayo de Carlos Castillo Peraza sobre el muralismo como ideología.) Para los hombres y mujeres de mi generación y de otras más recientes, la derrota del PRI en la elección presidencial, pero sobre todo a manos de un hombre como Vicente Fox, representante del movimiento cristero redivivo, fue un choque brutal; un derrumbe del mundo tal como lo conocimos y vivimos la mayor parte de nuestras vidas. En estas páginas y en otros medios escribí que votaría, como hice, por Francisco Labastida, a pesar de que al hacerlo, votaba también por un grupo de políticos que no me merecen confianza ni respeto. Si bien estaba convencido de que Gilberto Rincón Gallardo era el candidato más sensato y el único con un proyecto político claro, no tuve más remedio que votar por Labastida, persona a quien aprecio pero que, a mi juicio, no era el mejor hombre para gobernar a México en los años impredecibles del inicio del siglo XXI. Fox no es el heredero ideológico de Juárez; lo es del Padre Pro y de los conservadores derrotados, creí que para siempre, precisamente por Juárez. Tiene instinto político y parece intuir las reglas del juego de la economía mundial, y a juzgar por las líneas de su política exterior, expuestas por Jorge Castañeda y Adolfo Aguilar Zínser, su gobierno será pragmático -lo que no es necesariamente criticable- y dará cada día menor relevancia a la parte doctrinal, a los principios tradicionales de la política exterior mexicana (degeneraron en lugar común y demagogia en gran parte del servicio exterior). En más de un sentido, el proyecto político de Fox venía insertándose paciente pero firmemente desde tiempos de Miguel de la Madrid. No podría haber sido de otro modo, por lo demás, puesto que el mundo ha sufrido cambios muy profundos a los que ningún país puede ser ajeno: el Estado entró en una espiral de desprestigio, el mercado asumió el lugar decisivo en la asignación de los recursos de las sociedades, la democracia electoral tiñó el mapa mundial pese a resacas como la de Perú, Ecuador, Venezuela y Paraguay, por mencionar sólo las más visibles en América Latina; la realidad mundial en que se dio el nacionalismo revolucionario mexicano se derrumbó. El mundo donde muchos millones de mexicanos nacimos dejó de existir. Confío en que la derecha en el poder sea contrapesada por un PRD oxigenado, modernizado por corrientes de pensamiento y acción política de corte socialdemócrata y por un PRI que encuentre una nueva identidad y articule un proyecto político nacional que sea su nuevo eje aglutinador. Confío en que la democracia mexicana no se estanque en la limpieza electoral y la alternancia sino que genere un nuevo y pujante sistema de partidos y fortalezca las instituciones del Estado empezando por las de justicia. Me confieso nostálgico y no veo en ello motivo de vergüenza y menos aún de reproche. Soy nostálgico de un país que ya no existe pero donde aprendí a ser y a vivir. Pero no por ello niego la realidad ni opongo resistencia -ingenua resistencia- al cambio. Quedamos muchos nostálgicos en este país; por algo Labastida tuvo el voto mayoritario de los mayores de 40 años. Pero la nuestra no es nostalgia de la corrupción, el autoritarismo, el clientelismo electoral, el autismo comercial y tecnológico, la manipulación y el engaño a lo que queda de los campesinos, el sindicalismo senecto; no es una nostalgia priista. Es nostalgia de la patria, de la soberanía nacional, del Estado laico y la escuela pública de calidad, del principio nunca alcanzado de la justicia social. Valores, éstos de los que poco va quedando, pero al menos yo no renuncio a ellos; antes bien, reclamo mi derecho a sostenerlos con la misma libertad de que disfrutan los doctores de Harvard Renward García Medrano es periodista. |
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