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Maribel Ramírez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Más sobre la población y su control

Ricardo Becerra

El interés propiamente moderno por la población (su crecimiento, sus características, sus previsiones) surgió en 1798, cuando el sacerdote y economista Thomas Robert Malthus publicó su famoso e inquietante ensayo. Allí formuló una "ley" que se convertiría en un poderoso y polémico catalizador para la ciencia de la demografía durante los dos siglos venideros (¿la recuerdan?, la producción de alimentos crece en progresión aritmética -1, 2, 3, 4, etcétera- y la población en progresión geométrica -2, 4, 8, 16-). Concluía Malthus: "... si no fuera frenado, el crecimiento de la población conducirá a la miseria, al hambre, a los desastres y a la guerra".

Hoy sabemos que se equivocó. No obstante Malthus conserva otros méritos, por ejemplo, el impulso a la realización de los censos de población. No fue sino hasta 1810 que el gobierno inglés ordenó la ejecución de uno a escala nacional, y lo hizo en gran medida gracias a las preocupaciones malthusianas. Desde entonces la contabilidad de los seres humanos se ha vuelto una obsesión de gobiernos y científicos sociales. Según el historiador económico Carlo Cipolla, la evolución demográfica y secular del mundo ha avanzado así:

En 300 años la población mundial se ha multiplicado por diez, pero la producción de alimentos ha crecido todavía más. La FAO calcula que la producción de arroz y maíz se ha duplicado por hectárea prácticamente en todo el mundo, más en Estados Unidos y Europa. Incluso, si no se dieran más innovaciones tecnológicas, el planeta y la tierra cultivable podría alimentar a diez mil millones de personas. ¿Significa que no debe preocuparnos el crecimiento demográfico y se pueden abandonar las políticas de población?

No, en absoluto. La cantidad de seres humanos que hemos llegado a poblar el orbe plantea otros dos problemas igualmente serios: el hacinamiento urbano y la generación de energía.

Lo que no ha podido ser frenado es la endemoniada expansión de las áreas urbanas: Tokio, Nueva York, Seúl, Osaka, Sao Paulo, México, tienen cada una más de 15 millones de habitantes. Shanghai, Bombay y Pekín llegarán a ese nivel antes de 2002; los problemas asociados a este crecimiento son de sobra conocidos: carencia de servicios, de vivienda, desempleo, insuficiencia de agua, delincuencia incontrolable. El crecimiento de la población no es tanto un problema de cantidad sino de densidad.

La energía, por su parte, se ha convertido en el principal límite físico del crecimiento económico, lo mismo en Estados Unidos que en Japón. Por ahora pensemos en China donde vive 20% de la población mundial: su demanda de petróleo y de carbón creció a un ritmo de 15% anual durante la década pasada, quiere decir que en diez años creció dos veces y medio su consumo energético total. De no haber alternativas, China llegará a un techo estructural en el año 2010: ya no podrá crear fábricas, edificios, escuelas, simplemente porque no habrá cantidades disponibles de petróleo, carbón o gas que las hagan funcionar.

Queda entonces la energía nuclear con todos sus problemas: el manejo de sus residuos y el hecho de que su tecnología es también utilizable para fabricar armas. Si se generaliza el uso de la energía nuclear se difundiría también su tecnología y las posibilidades de que Estados, bandas terroristas o simplemente locos, puedan disponer de plutonio para envenenar el agua o fabricar sus propias armas. Daniel Bell escribió en 1995: "... las cuestiones nucleares pueden ser el principal escollo de la población y los problemas del desarrollo con los que se enfrenta el mundo en el próximo siglo".

Como vemos, el crecimiento de la población no plantea problemas malthusianos a la humanidad pero sí pone a la vista otros enormes desafíos al desarrollo. La cuestión puede resultar irresoluble no tanto por razones técnicas sino por razones ambientales y políticas. Los especialistas son conscientes de esto desde la Conferencia de El Cairo en septiembre de 1994 pero no estamos conscientes todos los demás. Por eso es necesario volver al tema, entenderlo, explicarlo y difundirlo, para no abandonar las políticas de población o, al menos, para no engañarnos ni dejar de ver los problemas que se dejarán venir a la vuelta de la esquina

Ricardo Becerra estudió Economía en la UNAM.

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