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¿Y si el PRI hubiera ganado?

Pablo Hiriart

Hay quienes piensan que afortunadamente perdió el PRI, porque de haber ganado su salida de Los Pinos habría sido a balazos. Afirman que en caso de haber triunfado ni el candidato del PRI ni su equipo tenían cómo cambiar el estado de ánimo del país. Ya demostraron cuán talentosos son, afirman.

En efecto, el problema del PRI fue de estado de ánimo. Las clases medias que hace apenas seis años votaron masivamente por el PRI, esta vez se volcaron a las urnas para derrotarlo.

El PRI no habría resistido los seis años en el poder si tenía a los sectores modernos del país furiosamente en contra. Por ello, esa nube negra que amenazaba tormenta sobre el suelo nacional el 2 de julio se disipó con toda tranquilidad.

¿Es correcto deducir que la tersura con que transcurrió la jornada electoral del 2 de julio se debió al grado de madurez de nuestra democracia? Así se ha interpretado en diversos análisis, pero quizá sería más preciso afirmar que esa madurez, si en verdad existió, fue la que llevó al electorado a darse la posibilidad de la alternancia sin temer a que la salida del PRI de Los Pinos generara un caos político en el país.

Posiblemente la reacción del electorado no estaba ligada a su madurez democrática sino al resultado de los comicios. Era el PRI y no el PAN un factor de riesgo para la estabilidad en caso de ganar la Presidencia de la República.

La noche del 2 de julio los priistas no tenían ánimo ni para levantar una mano en contra de nadie en protesta por su derrota. La lentitud de reflejos del aparato priista fue tal, que permitieron que el presidente Zedillo se adelantara a Francisco Labastida para reconocer el triunfo de Vicente Fox.

¿Por qué apareció el Presidente de la República en tv inmediatamente después de que el consejero presidente del IFE, José Woldenberg, informara que las tendencias favorecían a Fox? Habría sido muy justificada la presencia inmediata del Ejecutivo en los medios electrónicos si esa noche se estuvieran dando levantamientos de priistas en los estados, o se quemaran urnas o se presentaran saqueos de papalería electoral en las juntas distritales. Pero nada de eso estaba ocurriendo. Al contrario, el PRI había entrado en shock y en el país reinaba la calma y las sanas expresiones de júbilo. No era al Presidente a quien correspondía salir a levantar la mano de Vicente Fox, sino al candidato perdedor Francisco Labastida. Con la derrota del PRI, la calma estaba garantizada.

La guerrilla, que existe no sólo en el sureste sino también -y por lo menos- en Guerrero, Oaxaca, Morelos y DF, se quedó sin motivos para salir a echar balazos o dinamitar torres de alta tensión.

Las instituciones, cuestionadas por las fuerzas de oposición que contendieron, pasaron a ser ejemplos de civismo y democracia. Así, José Luis de la Peza, presidente del Tribunal Federal Electoral, dejó de ser fabricante de "marranadas" y hasta disculpas recibió.

Zedillo ya no fue el que le ponía cuatros a Fox para hacer crecer a su candidato priista, sino que por la magia de la derrota de su partido se convirtió, en 15 minutos, en todo un estadista. Distinto sería el escenario si el resultado hubiera sido otro.

El triunfo de Labastida era inaceptable para amplios sectores de la sociedad, y no sabemos cómo habrían reaccionado, aunque lo más probable es que la frustración y el desaliento nos tendrían en una posición más incómoda que la jauja democrática en que vivimos estos días.

Pero dicen que el hubiera no existe, y sobre este nuevo ambiente camina Vicente Fox rumbo a su toma de posesión. Ha propuesto una nueva era de tolerancia y de concordia y hacia allá dirige sus pasos. Vamos a ver si logra hacer de este clima algo duradero y que nos felicitemos todos de que haya perdido el PRI, no por el miedo a la crisis que habría generado su victoria, sino por el horizonte que podamos construir juntos

Pablo Hiriart es director general del periódico Crónica.

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