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reseña Bitácora de la vorágine
Jesús Pacheco
A nadie que haya fijado su atención, cuando menos por un momento, en los caminos enmarañados del flujo de las ideas y los estados de ánimo deberá parecerle nueva mi siguiente afirmación: son absolutamente impredecibles; se rigen con sus muy particulares leyes, se entretejen con hilos inexistentes, su única lógica pareciera ser el caos. Y ésas bien podrían haber sido las premisas de Rubén Bonet al escribir sin título. sin nada, ese conglomerado de momentos narrativos, destellos filosóficos, gags existenciales y aforismos memorables, escogido por la editorial Nitro/Press para incrementar su catálogo a tres títulos. A lo largo de su segundo libro, Rubén Bonet nos muestra, engolosinado y orgulloso, que ha encontrado la manera de dotar de sentido y lucidez a una literatura donde la coherencia, las estructuras conocidas y las versales no se sintieron a gusto y partieron en busca de territorios menos punzantes, menos ásperos, de menor desafío. En una de las solapas se nos dice que sin título. sin nada "es el libro de un autor que no se detiene a preguntar por géneros ni por límites", y es cierto, pues Bonet parece incluso optar por darle la categoría de género literario a lo más insospechado: las instrucciones para preparar un desayuno de avena; la repetición tántrica de palabras o frases a lo largo de interminables líneas; las ofertas espirituales aparecidas en los volantes que promueven a Dios como única salida a una vida de problemas y oscuridad, así como muchas otras "consignas baratas" (Bonet, dixit). Hace recuento y recopilación de la serie de estímulos escritos y/o mentales que recibimos a lo largo de cualquier día y lo intercala con reflexiones, diálogos y breves narraciones sobre excesos, rutina y aforismos en torno al suicidio, es decir, sobre la vida y la muerte. ¿Acaso no está compuesta por estos dos últimos elementos gran parte de la literatura que ha llegado a trascender y ha conmovido a media humanidad? Pues la de Bonet es justamente una literatura conmovedora. Y, claro, por la ausencia de un hilo que nos conduzca de página en página, la lectura puede resultar más estimulante de lo que se cree, pues existirán tantas posibles interpretaciones como lectores pueda tener el libro. Sin embargo, a lo largo de sin título. sin nada se abordan tantos temas y de tan diversas maneras que uno llega al punto final con la sensación de haber querido recibir más altas dosis de algún aspecto específico. Hubiera deseado tener más momentos de narrativa sostenida, como aquellos donde Bonet nos cuenta de sus maratónicas borracheras con meta en El 33, ese lúmpenlegendario bar gay de Garibaldi; o su aventura hilarante en el desierto de San Luis Potosí al lado de su amigo Kike, a donde fueron con la intención de comer peyote, sin conocerlo y terminaron con la boca acupunturada por decenas de espinas de otras cactáceas. Pero la respuesta a tales deseos míos me la da el mismo Bonet en la página 81 del libro en cuestión: "¿Esa es la idea que tenías de literatura? ¿Un lugar dónde mecerte? Olvídalo, me estoy sacudiendo, revolviéndome como un perro", me dice antes de continuar con su bitácora de la vorágine y el exceso Rubén Bonet, sin título. sin nada, México, Nitro/Press, 2000, 90 pp. Jesús Pacheco es escritor, fue becario del Fonca. |
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