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textos Los partidos
Juan Eduardo Martínez Leyva
Después de las históricas elecciones del 2 de julio, pareciera ser que los grandes perdedores de la contienda fueron los partidos políticos, sin excepción, incluyendo a aquel que impulsó la candidatura del ganador. El control de daños ha pasado su primera revisión. En el seno de cada una de las organizaciones partidarias se han realizado las primeras evaluaciones, las cuales, sin embargo, están aún muy influenciadas por los ardores y distorsiones propias de la cruda electoral. Habrá que dejar pasar un poco más de tiempo para que las conciencias se aplaquen y los líderes, ideólogos y analistas puedan hacer un repaso más objetivo del papel que jugaron en el proceso electoral más transparente de la historia de México. Una primera reflexión que deberá hacerse con toda honestidad intelectual es el papel de las ideologías en la construcción de propuestas de gobierno. Si uno observa el sentido de estas propuestas recibidas por los ciudadanos como oferta electoral, no existían diferencias sustanciales y en muchos puntos ni siquiera de matiz entre un partido y otro. Los partidos políticos fueron muy cuidadosos en no profundizar en el debate ideológico, es decir, en las verdaderas diferencias conceptuales y de percepción de la realidad económica, política, social y cultural que ellos tienen del México actual. En este sentido, ocultaron ante la ciudadanía las verdaderas razones por las cuales cada uno constituye una agrupación distinta de la otra. Prevaleció el pragmatismo, se dice con insistencia. Aunque tal vez sería más justo reconocer que no se quisieron exhibir las miserias y limitaciones que todos los partidos tienen en este aspecto. El PRI abandonó en el discurso electoral la coherencia del proyecto modernizador que fue el hilo conductor de los programas de gobierno de las tres últimas administraciones, sin atreverse a enunciar uno nuevo. Ni neoliberalismo ni nacionalismo revolucionario. ¿Hacia dónde iba Labastida? Nunca supimos a ciencia cierta. En el PAN, por su parte, la muy conocida superposición del candidato sobre la estructura del partido propició que las incoherencias ideológicas fueran mayúsculas. Más allá de las anecdóticas y continuas rectificaciones del candidato sobre innumerables tópicos, nunca fue real ni confiable el supuesto distanciamiento doctrinal del candidato y su partido. En el PRD se abandonó el todavía memorable discurso contra la apertura de la economía y la privatización de las empresas públicas, sólo quedó el eco de las consignas contra el neoliberalismo y el priismo carentes de un sentido propositivo. Es decir, el PRD recorrió el camino inverso del PRI: se abandonó el nacionalismo revolucionario y las posiciones radicales de la izquierda tradicional sin llegar a construir una idea moderna de gobierno. Ningún partido cuenta ahora por sí solo con un discurso globalizador, es decir, con una idea del futuro con la cual puedan identificarse la mayoría de los ciudadanos con todas sus diferencias y aspiraciones. La elaboración de esta plataforma es tal vez el primordial reto que enfrentan ahora las principales organizaciones políticas del país. Mientras los partidos políticos no logren reconocer en sus idearios y tareas cotidianas la compleja composición social del México de hoy, probablemente continuarán reforzando su dependencia -ridícula si uno ve lo que pasó en los meses previos a la elección- de las agencias de publicidad y de los medios de comunicación, los cuales privilegian más al empaque que al contenido del producto. Por su propio bien los partidos tendrán que hacer todo lo posible para evitar que en el futuro cualquier "bulto" llegue a ser Presidente de la República Juan Eduardo Martínez Leyva es licenciado en Economía. |
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