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¿Prohibir fumar en
lugares públicos?

Volga Cecilia del Riego S.

 

Foto: Cigar Aficionado

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

No. Atenta contra la libertad
Fumando a solas

José Carlos Castañeda

No hace mucho en una agria y larga discusión, una amiga me pedía que abandonara el mal hábito de fumar. Su alegato contra el cigarro comenzaba como una diatriba contra el humo, ese mortal depredador de los llamados fumadores pasivos. Continuaba con acusaciones serias acerca de la incompatibilidad del tabaco y las ideas; concluía achacando a mi inclinación por el pesimismo la causa de mi vicio. Según sus quejas, nada como el cigarro para un pesimista. Un círculo vicioso perfecto. Lo que nunca logré discernir en su pleito era si primero debía dejar de fumar o si era imprescindible olvidarme de mi pesimismo. El optimismo está de moda y nada resulta más desesperanzador. Un poco inquieto por las amenazas contra mi salud que espetó esa tarde me refugié en una frase de Nicola Chiaromonte (y en el humo de un puro): "Hoy por hoy, el peor enemigo de la humanidad es el optimismo, sea cual sea la forma en que se manifieste. En efecto, equivale pura y simplemente a la negativa a pensar, por el miedo a las conclusiones a las que podríamos llegar".

En estos días se acaba de aprobar la prohibición para fumar en lugares públicos. Mientras en Estados Unidos un jurado de Miami ha condenado a cinco empresas tabacaleras a indemnizar, a medio millón de fumadores físicamente perjudicados por los cigarros, con una suma de 145 millones de dólares. En un artículo sobre la campaña antifumadores, Mario Vargas Llosa expone un desagravio en favor de los fumadores, aludiendo a un tema de libertades privadas y derechos individuales. Su tono es radical porque se basa en un alegato en defensa del derecho al suicidio. "Suicidarse es un derecho que debería figurar entre los derechos de la persona humana. La verdad es que ésta es la única política posible, si se quiere preservar la libertad del individuo, una libertad que sólo tiene sentido y razón de ser si este individuo puede optar no sólo por aquello que lo beneficia, sino por lo que lo daña o perjudica. ¿Qué libertad sería aquella que sólo permitiera optar por el bien y lo bueno y excluyera de la elección todo lo malo y perjudicial?". Hace poco Fernando Savater dio con un argumento mayor para defender la libertad de fumar, sobre todo, cuando se acusa a las tabacaleras de ser responsables de la adicción. Lo más importante a la hora de encender un cigarro es no olvidar que cada uno es libre de no fumárselo o de fumar menos. "Quienes han enfermado por abusos en el fumar culpan a las grandes tabaqueras e incluso encuentran en ciertos países significativa audiencia jurídica a sus reclamaciones de indemnización. La culpa de su exceso es de quienes les incitaban a cometerlo o les proporcionaban el veneno que reclamaban. Ellos, en cambio, funcionaban con el piloto automático puesto, es decir: son inocentes y víctimas. Según lo que desde hace tiempo se hace profusamente constar, `las autoridades sanitarias avisan de que fumar produce enfermedades mortales`. Advertencia que sería irreprochablemente exacta si se formulase así: `fumar demasiado` puede llegar a matar". ¿Por qué nunca se incluye ni se incluirá ese adverbio cuantitativo? Porque equivaldría a reconocer la responsabilidad de cada cual en el uso o abuso de una sustancia eventualmente peligrosa. Si lo malo es fumar, la culpa será de Philip Morris o de los Estados que autorizan la venta de tabaco y lucran con los impuestos sobre ella. Pero si lo verdaderamente dañino es fumar demasiado (hábito no inevitable, puesto que hay fumadores morigerados) alguna responsabilidad tendrán también en su desgracia los que así se excedieron. ¡Inadmisible suposición! Lo abúlicamente correcto es aceptar que al tabaco no hay voluntad que le resista o le administre y que rodar cuesta abajo es la forma irremediable de andar por las cuestas peligrosas. Eso, o la prohibición y la abstinencia forzosa. ¡Perezosos del mundo, uníos!"

José Carlos Castañeda es editor de nexos.

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