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Caries y literatura

Armando Vega-Gil

Foto: Oscar Jiménez

¡Tzzzzzing! Aquí estoy, por culpa de los libros, con la bocota abierta, bajo la férula sanguinaria de un dentista que me taladrrrra la muela. Huele a cuerno asado y la sensibilidad amplificada de la lengua (una piedrita en los frijoles se nos figura el Aconcagua) me notifica cientos de astillas careadas que vuelan entre espumarajos de baba rojiza. La culpa es de los malditos libros.

De chico fui flojo y torpe para leer. La maestra me diagnosticó oligofrenia una vez que pasé al pizarrón y escribí ajensia en lugar de agencia. La méndiga vieja jija incitó con su halitosis a que el salón entero se burlara de mí:

-¡Ja! -rugió-, éste es de los idiotas que escriben cajón con g.

Todos menos yo entendieron el chiste, y lloré hecho bolita en el pupitre mientras los demás me arrojaban proyectiles de papel masticado y avioncitos con alfileres.

Todo por no saber leer. Mi pasión era mirar nomás mis entrañables cuentos de Chanoc, los Supersabios, el Capulinita y Kalimán: "Serenidad y paciencia, mi querido Solín". Entre más monitos y menos letras, mejor, por lo que me privé de las delicias de la Familia Burrón y los Supermachos. ¡Gacho! De libros ni hablar. Los estantes que guardaban celosamente la pequeña pero maciza biblioteca de papá eran tierra ignota cuya única utilidad descubrí luego de ver un capítulo del Llanero Solitario en el que su fiel micifuz, Toro, lanzaba a diestra y siniestra cuchillos con maestría de piel roja. Así que, cuchillos de cocina en mano, usé de tiro al blanco cierta montaña mágica, a los hermanos Karamazov, al amante de una tal lady Chatterley, y un viñedo de ira (¿qué extrañas tormentas azotaban por ese entonces el alma de mi padre?). Malaparte, Hemingway y Burroughs quedaron con cicatrices en sus lomos de hojas destripadas.

El único superviviente fue Henry Miller, y no porque sus no-libros fueran "una patada en el culo a Dios", sino porque desarrollé mi temprana concupiscencia a una mano con las escenas más escabrosas del Trópico de Capricornio. Mi favorita era la del tipo que, en pleno "polvo" (traducción gachupina) pensaba en perros machucados y otros horrores para no "correrse" a la primera. Al buen Miller le debo ser un viejo lascivo y no un analfabeta funcional.

Luego de uno de sus largos viajes en los que me dejaba en la orfandad, papá descubrió su tesoro literario acuchillado y me puso pinto y parejo a nalgadas: así, el divorcio entre los libros y yo fue definitivo, irreconocible. De ahí que sea la vergüenza del gremio: un escritor malo para la lectura. En sus reuniones -a las que prefieren no invitarme- mis conocidos literatos hablan de cómo devoran con fruición autores maravillosos, cientos de páginas henchidas por historias reveladoras y poemas únicos; mientras yo, con las pupilas dilatadas por el terror de la ignorancia, trato de memorizar nombres, títulos. Entonces llega el momento infausto que alguien me pregunta si ya leí el último de Kenzaburo Oé y meneo la cabeza de modo ambiguo: ni sí ni no. Antes, para hacerme el interesante contestaba que sí, que por supuesto; pero segundos después me torcían en la mentirota: grandes osos y chamuscada pública mientras los demás se ríen de ti y te mastican con sus críticas y te arrojan miradas de alfiler. Ahora prefiero quedarme con una sonrisa oligofrénica exhibiendo mi incultura y mis caries estilo Barranca del Cobre.

Malditos libros, todo es culpa de ustedes.

Tres meses después de que mi pa me cuereara por destruir su hermosa biblioteca, doña Cuca le regaló a mamá un ejemplar de Los poderes curativos del limón, edición ilustrada, con un capítulo lleno de diagramas de dientes y caninos picados. Yo nomás miraba los dibujitos y, ante la güeva de leer, apliqué una lógica implacable: si el libro trata de los poderes curativos del limón y aquí se ven caries, ¡entonces el limón cura las caries! Así, pues, mariné mis molares en chorros de ácido cítrico aguantando hasta cinco minutos por sesión sin importar que me escaldara la lengua. El resultado?: extracción de tres kilos de amalgama por arriba y por abajo.

¡Tzzzzzzzing!

¡Ah!, por fin el odontólogo asesino termina de encajarme una corona y dos prótesis de pocerlana de un solo jalón y me comenta:

-Por cierto, usted es escritor, ¿qué le pareció la última novela de Paul Auster?

¿Paul what? Por toda respuesta sonrío con mis dientes nuevos. ¡Malditos libros!

Armando Vega-Gil es antropólogo social, fue miembro del grupo Botellita de Jerez. Correo: armambo@compuserve.com

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