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barandal El futuro democrático
Ciro Murayama
En La mecánica del cambio político en México (Cal y arena, 2000), Ricardo Becerra, Pedro Salazar y José Woldenberg exploran y explican el tránsito democratizador de nuestro país, dando cuenta que la transformación de la vida política se inscribió en una transición de mayor profundidad pero que tuvo sus propias peculiaridades y ritmos. El punto de partida es el del reconocimiento de una sociedad compleja que se había modernizado y diversificado así fuese de manera desigual y que, en definitiva, ya no cabía en el formato de un solo partido político, esto es, que desbordaba los perímetros del régimen emanado de la revolución. Así, de la lucha de 1968 por garantías mínimas para practicar las libertades democráticas, que se conjugó posteriormente con movilizaciones agrarias, insurgencia sindical, explosión de nuevas publicaciones y asociaciones civiles, etcétera, los impulsos del cambio desembocaron en la cuestión clave de la política: quién gobierna en los distintos niveles del Ejecutivo y quién ocupa la representación en el Legislativo. Sin embargo, como es obvio, no se trató de un proceso lineal con la misma velocidad, siempre en una misma dirección y ni siquiera con la marcha en delantera. En nuestro caso -señalan Becerra, Salazar y Woldenberg- a diferencia de otras transiciones, la meta no era una refundación constitucional de la democracia, pues el diseño republicano y constitucional estaba incorporado al texto fundamental aun antes de 1917, y lo que faltaba era la pieza electoral. En 1976, por ejemplo, el entramado legal era refractario al clima de efervescencia política real y un solo candidato fue postulado a la Presidencia. Desde entonces, tras la primera reforma política de 1977, la negociación política se centró en las reglas del juego. En todo ese trayecto, que duró hasta la reforma de 1996, los momentos más importantes del diálogo giraron en torno al meollo electoral: integración del Congreso; protección de los derechos políticos de ciudadanos y partidos; fortalecimiento de los partidos mediante la extensión de sus prerrogativas; el árbitro de las elecciones; las condiciones de la competencia, etcétera. Durante el tránsito, subrayan los autores de La mecánica, no dejaron de celebrarse elecciones, los partidos de acudir a la cita de las urnas y jamás se buscó o recurrió a la violencia para potenciar o conjurar cambios. Las elecciones, así, se volvieron lugar de cruce de los reclamos de cambio de los grupos más disímbolos y de las más contrapuestas ideologías. De la transformación de la esfera electoral que concentró los desencuentros, los litigios pero también los acuerdos, se generaron a la vez impactos que trastocaron la vida política del país a tal grado que se echó a andar la propia mecánica constitucional que hasta entonces era sólo letra: una efectiva división de poderes al desaparecer la mayoría del partido del Presidente de la República en la Cámara de Diputados, y entró en operación el federalismo una vez que en los estados los gobiernos no se debían a decisiones del centro sino que emergían de los votos de los electores locales. En poco tiempo fue modificado el mapa político del país y la naturaleza del propio poder político. Por eso, las reformas en los ordenamientos de las elecciones, por sus alcances, por los efectos que generaron en otros ámbitos, fueron más que meras modificaciones electorales. En suma, con este tránsito, México pasó de un régimen de partido de Estado a un Estado de partidos. La existencia de verdaderos partidos políticos nacionales es fruto de la transición y, a la vez, uno de sus pivotes de impulso clave. Entre las virtudes del libro de Becerra, Salazar y Woldenberg, junto con la claridad explicativa y la abundancia de datos duros que fundan sus dichos y tesis, destaca la oportunidad: antes del 2 de julio ya habían descrito la transición mexicana sin hipotecar sus juicios al sentido del resultado electoral. La alternancia aparece hoy como fruto de la democratización que ya se había dado en México y que describe y analiza el libro, y no a la inversa. Pero el rigor del análisis de Becerra, Salazar y Woldenberg también les permite ser oportunos al señalar que en todos estos años, en medio del esfuerzo para encauzar la pluralidad de la sociedad mexicana por vías institucionales, legítimas y pacíficas, se atendió poco el examen para lograr un gobierno eficaz en un contexto de nueva economía, con una nueva institucionalidad y con fundamento democrático. Alertan: "El énfasis electoral fue comprensible (...), pero cada vez es más claro que hablar del futuro democrático de México implica necesariamente hablar de todos esos asuntos relativos al ejercicio del poder y al `grado` de gobierno, las formas de trabajo entre el Legislativo y el Ejecutivo, las condiciones de su disenso y colaboración". Se trata, así, de abordar los problemas que la democracia genera, los de la gobernabilidad democrática. En concreto, de los retos, de los riesgos y de las oportunidades que da un gobierno dividido (sin mayoría en el Congreso), el cual tratará con gobernadores que en buen número han emanado de partidos que hoy conforman la oposición. El libro abre con un epígrafe de Ludolfo Paramio, que explica que las sociedades se transforman con cambios hechos a ciegas que responden a problemas coyunturales y que por lo mismo es difícil pensarlos como etapas de un cambio social coherente. En efecto, eso puede decirse de nuestro periplo democratizador pero al mismo tiempo, así haya sido a ciegas, los partidos políticos, los protagonistas y los impulsores del cambio, tuvieron siempre un estímulo evidente, palpable: mejorar las condiciones de acceso al gobierno, a los distintos espacios del poder. Pero hoy, las reformas que se requieren, los acuerdos para la gobernabilidad, quizá no tengan ese aliciente anterior y pueda llegar a ser más rentable, en puro pragmatismo, el bloqueo que la disposición al consenso. Por tanto, parece hora de inaugurar una nueva lógica para hacer posible la gobernabilidad democrática, más fundada en los programas y en las ideas de cada partido que en el puro estímulo de mejorar las condiciones de acceso al poder Ciro Murayama es economista por la UNAM. Realizó estudios de postgrado en la Universidad Autónoma de Madrid. |
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