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Enrique Contreras Montiel

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Política de población
Obligación central del gobierno

Ricardo Becerra

Foto: Jerónimo Arteaga

El 21 de julio pasado leí con asombro la columna semanal de Julio Boltvinik, en La Jornada. Resulta que uno de nuestros principales estudiosos de la cuestión social, auténtico precursor de las políticas de combate a la pobreza en México, declara su postura en contra de las políticas de control al crecimiento demográfico. Promete que en otra ocasión combatirá la tesis central de esas políticas en México: "Romper el círculo vicioso de pobreza y rezago demográfico", pero, por lo pronto, pregunta: "¿Por qué tanto afán en controlar el crecimiento de la población?". Acto seguido dedica su colaboración a exhibir como pura "ideología" algunos de los argumentos en favor del control de la natalidad.

En su artículo arguye una cuestión que no voy a discutir: que un fuerte crecimiento económico puede darse en un contexto de alto crecimiento demográfico. El problema es que en nombre de su "economía moral", porque cree que así combate al neoliberalismo, Boltvinik ataca de hecho la pertinencia y la necesidad de la política demográfica en México.

El hecho es políticamente relevante por cuanto ciertos grupos influyentes y que apoyan al nuevo presidente Fox coinciden en ese punto: el Estado no debe intervenir en materia de población. Por eso hay que adelantarse y precisar la discusión: la política demográfica no se piensa ni se instrumenta para aumentar el crecimiento económico; ella tiene otro objetivo: mejorar la calidad de vida.

Gracias a las políticas demográficas, el país está poblado hoy por 97.4 millones de mexicanos. De no haber ocurrido esa deliberada intervención estatal durante los años 70, seríamos entre 135 y 146 millones a la entrada del milenio. Podríamos tener un crecimiento económico igual o mayor al actual, pero la pregunta crucial es: ¿cómo sería entonces nuestra calidad de vida? ¿Cuál sería la magnitud de inversión necesaria para lograr el crecimiento? ¿Cuál la sustentabilidad física del país en materia de agua y energía?

Supongamos que entre 1972 y 1990 el IMSS no hubiera dotado de orientación y anticonceptivos a sus derechohabientes. El resultado conservador: siete millones de mexicanos adicionales, una población igual a la que existe hoy en todo el sureste mexicano o, si se quiere, en todo el noroeste, ¿cómo solventaríamos el costo nacional de criar, alimentar, brindar servicios de salud, educar y, finalmente, crear un empleo formal a esos jóvenes? ¿Es esto pura "ideología" como dice Boltvinik?

En materia de política de Estado tengo unas cuantas certezas; una de ellas es ésta: la ecuación en el largo plazo es lograr un fuerte crecimiento de la economía, del empleo formal y sostener al mismo tiempo un alto gasto social pero en condiciones de crecimiento demográfico a la baja. Esta es la única receta practicable, realista y seria, para reducir la pobreza y la desigualdad en nuestro país.

Insisto: la política de población es una de las obligaciones centrales del gobierno y no debe ser abandonada. Significaría un nuevo retroceso estructural y una manera de arriesgar la viabilidad material de México al menos en dos áreas donde ya tenemos graves problemas: una agudización del hacinamiento urbano y multiplicaría la demanda de energía.

Boltvinik no quiere ver los fundamentos prácticos de la política de población, pero los más importantes, acaso, son los fundamentos políticos. Hace cinco años, el presidente Zedillo tomó una de las decisiones más importantes de su gobierno: la readmisión de las políticas de planificación familiar y la reducción del crecimiento demográfico como prioridades nacionales. Con ello se terminó una gravosa omisión gubernamental (de Salinas y De la Madrid). La política demográfica es un componente clave del combate a la pobreza, en especial por el cambio que provoca en la situación de las mujeres. La política demográfica es esencial para su emancipación, y sobre todo para las más pobres. Por eso es parte consustancial de una política de la igualdad, es decir, de izquierda. Retirar esos objetivos de la agenda de gobierno sería sencillamente imperdonable

Ricardo Becerra estudió Economía en la UNAM.

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