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Dinámica de la política mexicana actual

Luis Franco Ramos

Foto: Fernando Santos Rosas

Para los especialistas y curiosos de la política mexicanael libro de Ricardo Becerra,Pedro Salazar y José Woldenberg, La mecánica del cambio político en México. Elecciones, partidos y reformas, puede resultar una lectura atractiva. Con estilo fluido sus autores describen la historia del presente y ofrecen un recuento detallado de lo ocurrido en México en la última parte del siglo XX. Su tema es la política, los cambios fundamentales ocurridos en ella; un reconocimiento de dónde venimos y hacia dónde vamos: "Sobre todo quiere ser una interpretación de la forma en que el país se ha transformado, de la mecánica de su cambio político" (p. 15).

1977-1999 es la franja en la que se cirscunscribe el trabajo. En los años 70 se empiezan a dar las condiciones reales de cambio pues, desde el propio poder, se comienzan a dar maniobras que darán pie posteriormente a una reforma del Estado más profunda y sin precedentes en nuestra historia, situación que no deja de presentarse en nuestros días. El periodo de este análisis es una época difícil. La sociedad y el Estado tenían que resolver varios problemas estructurales de manera simultánea: enfrentar las demandas de una población creciente; hacerse cargo de la quiebra de un desarrollo económico; asimilar un cambio cultural de grandes dimensiones y transformar sus mecanismos políticos reales y las reglas asociadas a él:

"Así pues no perdemos de vista que la transición política es parte de una transición de mayor profundidad: aparece al mismo tiempo que otras transiciones, la de la cultura, la de su economía y la que nos lleva a una intrincada e inevitable conexión con el mundo" (p. 16).

La lógica histórica descrita no pone de manifiesto que antes de 1977 no hubiera demandas de parte de la sociedad que exigieran cambios al Estado. Estos absurdos no se dan cita en las páginas del libro; sólo nos aclara que a partir de entonces la posición del Estado mexicano al elegir la negociación en vez de la represión abre una rendija de acción que se convierte posteriormente en una compuerta para dejar fluir cambios democráticos concertados con la participación plural de la sociedad. Esta actitud política de negociar antes que reprimir, concibe un juego inclusivo sin precedentes que explica lascondiciones presentes.

De la culminación de la revolución mexicana de 1920 hasta 1977, la clase en el poder y su partido elPRI hicieron poco para abrir espacios democráticos. Sólo a partir de los años 70 se empiezan a dar las condiciones propicias -presiones de parte de la sociedad y la decisión real del gobierno de tratar de satisfacerlas- para que los cambios se materialicen sin hacer uso de la violencia como sucedió en 1968. De no atender los reclamos sociales de reformar la esfera política nacional, como señaló en su momento Jesús Reyes Heroles, secretario de Gobernación, el descontento de los que menos tienen puede ir en aumento, situación que podría "despertar el México bronco". Esta posición "negociadora" evidencia que el Estado mexicano aprende de la historia al ponerse "un paso adelante" de la situación que se presentó en nuestro país en los últimos años del gobierno de Porfirio Díaz. En 1910 don Porfirio no optó por las reformas democráticas negociadas, lo que dio como resultado el estallido de la revolución encabezada por Francisco I. Madero. Hoy en día nuestra realidad política exige, igual que antaño, mejoras negociadas, pero a diferencia de los años previos a la revolución, el Estado mexicano de nuestros días ha optado por las ofertas concertadas para quitarle la bandera de lucha a los partidarios de la violencia.

Este es el México que se nos ofrece en el recuento del libro al inicio del nuevo milenio; un México que en política le está apostando al diálogo y a la concertación; un país maduro que se apoya en la ley y sus principios para consolidar la diversidad social y la alternancia negociada. Y si la desigualdad económica sigue arraigada en nuestro país, con la negociación como "arma política" la pluralidad no es una opción aberrante al contar con partidos de oposición profesionales dueños de recursos financieros para acceder al poder. Una cámara de Diputados y Senadores menos homogénea y más participativa a todos beneficia lo mismo que un Instituto Federal Electoral fuerte y autónomo del Poder Ejecutivo, capaz de evitar la "caída de los sistemas" en tiempos electorales al defender el poder del voto ciudadano que es, a fin de cuentas, lo que importa al decidir quién debe gobernar en nuestro país, como sucedió este 2 de julio pasado. Escenarios políticos de esta naturaleza colaboran para mejorar las condiciones económicas y culturales del país.

La transición política tuvo su propio ritmo y empezó mucho antes que la transición económica. Fue provocada y estimulada por una situación extremadamente conflictiva en casi todos los órdenesde la vida social y por un divorcio profundo entre la lucha política real y la política legal. El tema de fondo de la transición política mexicana se puso en marcha porque contábamos ya con una sociedad modernizada que no cabía más (ni quería hacerlo) en un formato político de partido hegemónico al hacerse México más complejo, diverso, plural: un solo partido, una sola coalición, ya no podía representar ni conciliar todos los intereses, proyectos y pulsiones de un país que se modernizaba aceleradamente. El reclamo democrático desde 1968 fue más que evidente. El Estado de la revolución, heredero del movimiento armado, Estado abarcador, modernizador, hegemónico, operaba sobre esas condiciones: ausencia de partidos competitivos e inexistencia de reglas electorales abiertas. A partir de entonces los fenómenos negociadores se dieron a cuentagotas y en cascada en lo que nos describen los autores a lo largo de casi 500 páginas. Y esa transición tiene que ver:

"(...) en primer lugar, con un tipo de cambio político distinto a `revolución`.Es decir, un cambio que no es súbito, sino que se desenvuelve por etapas y en el cual la línea entre pasado y futuro está sujeta a los vaivenes de las fuerzas políticas. En segundo lugar, se trata de un cambio negociado donde los actores no tienden a las rupturas definitivas y son capaces de dialogar y establecer compromisos. En tercer lugar, la transición es un proceso en el cual, típicamente, la negociación se centra en `las reglas del juego`: ellas no están definidas y hacen la parte medular del litigio político.

"México ha vivido un proceso de este tipo pero agregaríamos un rasgo crucial adicional: ninguna de las fuerzas fundamentales buscó o recurrió a la violencia como método de contención o de aceleración (como veremos a lo largo del libro, las reformas electorales de 1977 y 1994, y las posiciones de la oposición cardenista en 1988, dan cuenta de ello). Todo lo contrario, en México -como en el este europeo- la transición estuvomarcada permanentemente por un esfuerzo consciente de evitar la violencia política" (p. 27).

Este ha sido uno de los acuerdos implícitos fundamentales que han motivado la negociación, el acuerdo, la transición:

"El cambio político mexicano camina sobre esa insistencia machacona y absoluta a favor de la no violencia. Sus armas han sido otras: la movilización testimonial, la desobediencia civil, aprovechar el recurso de los medios de comunicación para llamar la atención, la crítica pública y la denuncia, la elaboración intelectual, la apelación a la opinión pública extranjera y una disposición permanente para negociar y llegar a acuerdos con el Estado y su partido. Es una combinatoria especial de todo ello, desde múltiples frentes, desde todos los partidos, también desde el gobierno, y a lo largo de muchos años" (p. 28).

Las elecciones del 2 de julio ofrecieron un panorama alentador. La debilidad de la vida electoral se ha dejado atrás con partidos políticos con presencia nacional para acceder al poder. La oposición partidista ocupa cada vez más posiciones legislativas y de gobierno por el crecimiento de su influencia y visibilidad pública, lo que antes sólo era un sueño. Por lo menos seis reformas electorales y otras tantas reformas constitucionales han sido concluidas de manera concertada para bien de la diversidad. El litigio político central se ha trasladado a la disputa por un régimen legal y electoral equitativo, transparente, creíble. Las elecciones se han convertido en la llave del cambio político de México. Los partidos con registro y en trámite han participado en las elecciones cada tres y seis años puntualmente; cuentan ya con más derechos y prerrogativas para potenciar sus posibilidades de ganar. Su presencia y exigencia han crecido, pues cuentan con recursos financieros nada despreciables repartidos más equitativamente entre todos para poder expandirse. A esto hay que agregar que los elementos que regulan la contienda electoral se han perfeccionado y eficientado para dar cabida a fórmulas partidistas más heterogéneas en el Congreso. Los partidos han alcanzado cada vez más posiciones en ayuntamientos, en congresos locales y conquistado gubernaturas. Hoy ninguna fuerza política puede ya arrogarse la representación de la nación entera. La pluralidad es la palabra clave de la lucha y la convivencia política en nuestro país. El poder del presidencialismo se ha erosionado, lo mismo que la figura del "tapado" gracias a la reforma del poder del Estado. La decisión de quién gobierna la tienen los ciudadanos con su voto, eligiendo entre opciones fuertes y competitivas. La transición a la democracia no se debió al ideal de un grupo, de un líder o de un partido; era la necesidad de la nación. El recurso de nuestra transición no fue el fusil sino el voto. No la fuerza sino el discurso, la crítica, la movilización. No las rupturas estructurales sino las reformas. Nuestra transición democrática es un fenómeno expansivo, gradual; pacífico y difícil de revertir.

La democracia ha llegado a México por la vía de las elecciones; éstas han mostrado su poder para cambiar el sistema de las relaciones políticas del país. Por primera vez en la historia mexicana contamos con instituciones electorales sólidas, una opinión pública libre que despliega su capacidad crítica, una ciudadanía alerta que ha encontrado en el voto un instrumento tanto de inserción en el presente como privilegiado de participación para ser parte del concierto de las naciones. La democracia con que contamos no es una apuesta ideal, es sobre todo una necesidad de nuestra viabilidad como nación:

Foto: Octavio Nava/Ave

"No caben las confusiones ni la sobrecarga de las demandas. La democracia es una tarea que resuelve `sólo` un problema, pero de carácter histórico: posibilitar la convivencia política en una sociedad compleja y plural. La democracia no ofrece soluciones automáticas o prefabricadas a los grandes problemas y conflictos del país. La democracia es, nada más, el mejor método para acercarse a ellos, para evaluarlos, discutirlos abiertamente e incluir visiones e intereses en las soluciones" (p. 72).

La reforma constitucional ha sido parte vital de esta simbiosis: consagró a los partidos como "entidades de interés público" y abrió la puerta de la competencia electoral a las fuerzas políticas más significativas de la izquierda al concretar una apertura inédita de la pluralidad política en el Congreso, pues se dio cabida a diputados de representación proporcional. En el Congreso de la Unión la representación proporcional ha constituido una de las principales vías para el desarrollo de los partidos modernos, con lo que el vigor, la extensión y la importancia de los partidos no ha dejado de crecer. La fórmula que integra la Cámara se ha incrementado: 300 diputados elegidos por el principio de mayoría relativa y 200 por la vía de la representación proporcional. La de Senadores se integra de dos por estado y uno por el Distrito Federal elegidos por votación mayoritaria relativa y uno asignado a la primera minoría. Los 32 senadores restantes son elegidos por el principio de representación proporcional para dar un total de 128 escaños. La creación de la Asamblea de Representantes del Distrito Federales otro de los cambios progresivos, lo mismo que el financiamiento estatal de los partidos que está debidamente reglamentado, al igual que las prerrogativas de los partidos y su acceso a la radio y la televisión. Todo el marco normativo electoral quedó plasmado en el Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales. Con éste se ha delineado la legalidad del Poder Ejecutivo y Legislativo de la Unión; la participación de los ciudadanos en las elecciones; los sistemas electorales; la representación proporcional para la integración de las cámaras de Diputados y Senadores y de las fórmulas de asignación; las prerrogativas y el acceso a la radio y la televisión y el financiamiento de los partidos; la viabilidad de los frentes y las coaliciones y fusiones y los lineamientos del registro de los partidos y las causas de la pérdida del mismo; los lineamientos que rigen al Instituto Federal Electoral, sus atribuciones y conformación orgánica y presupuestal; la formación del padrón electoral y la credencial para votar; las normas que rigen las campañas electorales y la jornada electoral, el escrutinio y el cómputo de la votación lo mismo que los actos de impugnación partidista posteriores a la elección; los procedimientos para efectuar, en caso de impugnación, demandas que estudian y determinan el Tribunal Federal Electoral, único órgano legal que puede emitir un fallo para determinar o no alguna nulidad, faltas o sanciones.

Esta enumeración no contempla todo el territorio de las novedades democráticas con que contamos. A esto se abocan los autores de este libro. Valdría la pena señalar un detalle trascendente. Una de las más importantes transformaciones de nuestra transición se relaciona con la consolidación del Instituto Federal Electoral al desterrar las prácticas fraudulentas que inutilizaban o distorsionaban el voto del ciudadano al emerger sin cortapisas, sin restricciones artificiales, la verdadera pluralidad política de la nación elección tras elección. El recuento que presentan Ricardo Becerra,Pedro Salazar y José Woldenberg en los seis capítulos de La mecánica del cambio político en México. Elecciones, partidos y reformas traza los parámetros y las coordenadas de nuestra geografía política y concibe la trayectoria de la ruta que ha tenido nuestra transición política contemporánea. Estamos en presencia de un trabajo pionero en su género que por el rigor y la síntesis que se exigen los autores accedemos a un ensayo pormenorizado del perfil del empedrado y los acontecimientos que tuvieron que sortearse para desenmarañar elpor qué los mexicanos hemos optado por cambios políticos negociados antes que acceder a la ruta de la violencia y las armas, siempre más azarosa, para hacer posible el mosaico de la diversidad democrática.

En lo sustancial es difícil que algún lector especializado o no en política mexicana no esté de acuerdo con que las cosas en nuestro país se consigan sin violencia. Aunque lento y tortuoso, a la larga este proceso es más eficaz que las irrupciones armadas, nos dicen los autores. El libro nos confronta con las constantes de esta consolidación al precisar los elementos que hicieron posible la presencia de partidos en plural, fuertes, con arraigo nacional, desmenuza los factores que permitieron el arribo de las reformas:

"De esta manera, produciendo y acumulando novedades, se ha modificado en profundidad el régimen político mexicano, el funcionamiento real del sistema político. El cambio es profundo y difícilmente reversible. No llegamos a un régimen inédito, inexplorado de la historia, ni a una invención constitucional: llegamos `simplemente` a un sistema democrático donde el voto del ciudadano de a pie decide lo fundamental en política: quién gobierna" (p. 33).

Foto: Antonio Oropeza

Las reformas no gozan de mucho prestigio entre los políticos e investigadores. Sin embargo, no hay que confundirse: la historia nos brinda innumerables ejemplos de cómo éstas, aunque sean de una en una, si son bien pensadas, la sociedad puede obtener muy buenos dividendos. Son un camino concebible y practicable para el cambio social y la alternancia del poder en nuestro país. Con esta tesis se pone en evidencia la personalidad de nuestra época: todo es dable y viable en política a través de reformas institucionales para guiar y modular el tortuoso, lento, pero promisorio proceso democratizador. Sólo los ultras radicales le apuestan a los cambios bruscos con el empleo de las armas, situación que no garantiza el mejoramiento de las condiciones de vida de las mayorías y la convivencia política pacífica.

Cabe señalar que este ensayo se hubiera enriquecido al conocer algunas apreciaciones y puntos de vista de los autores sobre lo que falta todavía por hacer a mediano y largo plazo en nuestro país. El cómo cambiar es pertinente dejarlo a la historia por venir para entender los pesos y contrapesos de las negociaciones. Sin embargo, el qué cambiar es una elección diseñada, pensada, ideada de antemano, para poder confeccionar la nueva agenda de la discusión y los parámetros de las nuevas condiciones políticas. Es esto quizá el complemento que bien hubiera valido la pena que los autores nos ofrecieran, entre descripción y descripción, a lo largo de los capítulos del libro para contar con más detalles y conocer mejor el panorama de lo que nuestras circunstancias actuales y por venir pueden traer consigo. Nuestra democracia, perfectible como todas, no se parece a ninguna otra, o sí, pero sólo en lo básico, pues tiene su personalidad propia muy mexicana.

Al arranque de este nuevo milenio el fundamento más generalizado del poder en nuestro país y en casi todo Occidente es de corte democrático. Buena parte de los discursos de control tienen como tarea específica guardar a la sociedad de los excesos de la propia democracia. En el caso nuestro y asumida la importancia de este fundamento de legalidad, la búsqueda y el establecimiento de criterios para que los titulares temporales de los órganos del Estado no puedan, bajo ningún pretexto democrático, llevar a cabo más tareas que aquellas que permiten el criterio de control, nos asegura el fortalecimiento de la diversidad. Este criterio se ha insertado en los órdenes legales, lo que hace factible controlar la democracia a través de las actuaciones ordinarias de los órganos jurídicos. Es esto un proceso apenas en marcha en nuestro país para cerrarle el paso a las alternativas políticas sin límites o a la violencia. A ningún mexicano le conviene que a México lo gobierne un Presidente, del partido que sea, sin una cámara de Diputados y Senadores activa y plural. Permitirnos que nos gobiernen presidentes con poderes sin límites y sin el consenso de la mayoría reanima la desconfianza social y el disgusto por romper la asfixia. A los políticos megalómanos les estorba la convivencia de la diversidad y la alternancia. La democracia -como señaló en 1994 el presidente Zedillo- no puede ser impuesta por un gobierno, por un partido o por una corriente ideológica. Esta debe construirse con el concurso de todos, en todo tiempo y en todo lugar para satisfacer a todos; para que sea respetada y cuidada por todos

Ricardo Becerra, Pedro Salazar y José Woldenberg, La mecánica del cambio político en México. Elecciones, partidos y reformas, México, Cal y arena, 2000, 492 pp.

Luis Franco Ramos es escritor. Ha colaborado en nexos y La Crónica, entre otras publicaciones

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