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Después de la tormenta electoral
José Adolfo Ibinarriaga Aragón
El hecho de que tuviéramos un Cuarto de Guerra (War Room) George Stephanopoulos, asesor de campaña
La campaña terminó. A pesar de todo y con todo, para la ciudadanía es mucho lo que queda de positivo en esta elección. Hemos vivido una elección diferente, novedosa y que, en muchas ocasiones, tomó por sorpresa a los electores, tanto por los ritmos como por los tiempos y contenidos de las distintas campañas. El valor nodal de la elección fue el cambio. Hoy resulta claro que el candidato que mejor pudo capitalizar el valor "cambio" también es el candidato triunfador. La contienda estuvo situada, desde un principio, en el viejo haikú diseñado por James Carville para la campaña de Bill Clinton en 1992: "Change vs More of the Same..." ("Cambio contra más de lo mismo"). Pudimos observar durante la contienda que todos y cada uno de los candidatos presidenciales centraron su estrategia de campaña en torno al cambio, agenda diseñada una vez más a partir de la definición de los temas y los tiempos (timing) de campaña que impuso desde un principio Vicente Fox. En términos generales de estrategia, la elección corrió en dos planos de posicionamiento: 1) un primer escenario determinado por los ejes oposición-sistema y PRI-antiPRI; 2) un segundo escenario dado a partir de los ejes plebiscito-elección de más de dos, por un lado y, status quo-cambio por el otro. En el primer posicionamiento (ver esquema) es notoria la ubicación de todos los actores contra el sistema (a excepción de Labastida); en una primera lectura, podríamos decir que el factor "sistema", que era igual a 70 años de gobiernos priistas, determinó uno de los referentes de la elección. En este esquema, el posicionamiento de los actores contra el PRI y su candidato presidencial es uno de los principales puntos de partida de todos los candidatos. Sólo en el caso del candidato de Democracia Social el lugar que ocupó en el escenario no pasa por definir oposición como "antiPRI", aunque Rincón sí esté colocado como contrario al "sistema" (su papel en el cuadrante opositor está dado por otras variables como su trayectoria y el papel que ha jugado en las reformas políticas y electorales del país). Otro referente importante de esta elección fue que todos los candidatos buscaron conseguir una postura frente a Labastida o frente a Fox, incluyendo, por supuesto, a Labastida frente a Fox y viceversa. El segundo esquema está marcado por las variables "plebiscito-elección de más de dos" en el eje vertical y "status quo-cambio" en el horizontal. Este escenario define la elección en términos de PRI, es decir, "status quo" o "más de lo mismo" y "cambio", y sienta las bases conceptuales de la actuación de los candidatos en los comicios a partir de las siguientes definiciones: 1) El cambio que necesita el país es un cambio con certidumbre (FLO). 2) Lo que el país necesita es que el PRI salga de Los Pinos, no importa quién lo logre: "Cambio ya", "Nueva República" (VFQ, MCS y PML). 3) El cambio que necesita el país es regresar a los valores de la revolución y al nacionalismo (CCS). 4) El cambio es con todos y no hay quién personalice el cambio (GRG). Una segunda reflexión estaría marcada por la postura de los candidatos frente a los electores y frente a los principales temas de la agenda del país. En primer término, Francisco Labastida buscó un posicionamiento novedoso y diferente al que habían usado tradicionalmente los candidatos del sistema. En un principio, su estrategia de campaña parecía concebida a partir de la idea de que la cercanía con el PRI le era nociva frente al elector; en este sentido, Labastida recurrió a la figura del "nuevo PRI" -un PRI democrático, plural e incluyente, el cual era producto del proceso democrático de selección interna de candidato a la Presidencia de la República-; sin embargo, la venta del candidato Labastida y del "nuevo PRI" no resultó exitosa (recordemos el fracaso de Labastida durante el primer debate). Después de éste, en la segunda fase de la campaña, pareció que la estrategia priista estuvo enfocada a resaltar los logros que durante más de 70 años nos brindaron los gobiernos revolucionarios (recordemos la frase "¿quién hizo el IMSS?: ¿acaso fue un marciano?"). La parte táctica que utilizó Labastida fue la de exaltar su trayectoria, su experiencia y su honradez en el manejo de los asuntos públicos.
En cuanto a posturas específicas, podríamos decir que Labastida habló en materia política de inclusión, pluralidad, legalidad y vigencia del Estado de derecho, legitimidad del proceso electoral y de sus instituciones, combate a la corrupción y a la delincuencia y transparencia; en materia económica se deslindó de la política neoliberal a partir del concepto de que el país ya había logrado la estabilidad y ahora era necesario crecer y lograr una mejor distribución del ingreso, propuso la creación de empleos con mejores salarios, la reforma fiscal integral y la necesidad de poder aprovechar la situación de México en el contexto internacional a partir de la firma de acuerdos comerciales con distintos bloques económicos y regionales; respecto de la política social, Labastida se comprometió a luchar fuertemente para acabar con la pobreza, revisar y mejorar los actuales programas para combatirla y triplicar los recursos para la Alianza para el Campo y realizó propuestas focalizadas a sectores objetivo del electorado como seguridad social y trabajo para las mujeres y educación para los jóvenes.
El candidato de la Alianza por el Cambio, Vicente Fox, se situó durante la contienda como el candidato del cambio y construyó una imagen pública a partir de una mezcla esquizofrénica de "jefe de Estado", por un lado, y de personaje popular "bronco y bravucón", por el otro. El candidato del cambio empezó su estrategia refiriéndose a las historias de éxito de su administración como titular del Ejecutivo estatal de Guanajuato y diciendo que el país sí podía cambiar, que el PRI era más de lo mismo y que México no podía empezar el siglo XXI con una historia de fracasos como lo habían sido las administraciones priistas del país durante el siglo XX. La estrategia de Fox parecía sustentada en el concepto de Dick Morris (asesor de Clinton para la elección de 1996) de triangulación: crear una tercera posición, no sólo en medio de las posiciones de los partidos (izquierda, centro, derecha), sino por encima de ellos, por un lado, y, por otro, apostar a que en una muy larga elección (seis meses) las declaraciones que hoy son noticia en tres días han sido olvidadas, como si un teflón cubriera la mente de la mayor parte de los electores. Por otro lado, las propuestas generales de Fox en lo político fueron: sacar al PRI de Los Pinos; cuestionar la legitimidad del resultado de las elecciones si el triunfo de Labastida no era superior a cierto margen; una interesante y poco esbozada apuesta por el futuro -que podía atraer a los electores jóvenes que era la idea de México en el siglo XXI- y la noción general de un diferente papel del gobierno; en lo económico habló en general de lograr un crecimiento anual de 7% del Producto Interno Bruto, de darle un rostro humano a la economía de mercado, de generar empleos y mejorar salarios y de apoyar a la micro, pequeña y mediana empresa o comercio como motor de la economía; en cuanto a lo social habló de una revolución educativa, del combate a la pobreza y de convertir al campo en un espacio productivo. Cuauhtémoc Cárdenas actuó durante la elección como lo ha hecho desde 1988 -quizá sin darse cuenta que no sólo él envejeció sino que también el país ya cambió-; su postura se centró en trazar un perfil en el que él se ponía como el defensor de los desprotegidos, el candidato de la soberanía, el nacionalismo y el patriotismo; el candidato contra el neoliberalismo y verdadera opción frente al PAN y el PRI que son lo mismo. Trató durante toda la elección de abrir la contienda a tres candidatos, lo cual sólo consiguió después del papel que jugó en el llamado "martes negro de Fox", en donde tuvo un espectacular repunte en términos de opinión pública pero no así de votos, como se vio al final. En lo político, Cárdenas habló en general del PRD como el partido que inició la transición y como el partido de la democracia, se refirió a las historias de éxito del gobierno perredista de la ciudad de México y propuso darle voz a quienes no la tienen; en lo económico sostuvo sus banderas contra el neoliberalismo, en contra de los tratados comerciales internacionales, en favor de una mejor distribución de la riqueza y como defensor de la empresa pública; en lo social, focalizó sus mensajes en los jóvenes y las mujeres (educación y empleo), en el combate a la pobreza, en eliminar la desigualdad, y habló de un cambio en la política agropecuaria. Uno de los cambios más notables que se observaron en esta campaña fue el fin de los grandes mítines. Las grandes concentraciones fueron sustituidas, sobre todo en las campañas de Fox y Labastida, por pequeñas reuniones (town halls) de 50 a 100 personas, donde lo importante no era ya oír a los candidatos sino a la gente que estaba reunida con ellos. Otro componente importante fueron las reuniones con los grandes sectores organizados de la sociedad como la ANUIES en lo educativo; la AMB, la Concanaco, la Concamin y la Coparmex, entre otras, por parte de la iniciativa privada; la UNT y el SNTE en lo laboral; el CAP en lo agrario, etcétera; organizaciones que ocuparon un alto porcentaje del espacio que a diario llenaron los candidatos. Por otra parte, los medios de comunicación, sobre todo los electrónicos, jugaron un papel fundamental en la contienda y cambiaron el perfil de las campañas políticas; los spots de radio y televisión, así como las entrevistas en los programas noticiosos de estos medios tuvieron un papel relevante en los cronogramas de las distintas campañas. En términos generales, la campaña se centró en la disputa por la Presidencia entre Fox y Labastida. Algunos elementos que podrían aportarse a la discusión para explicar la derrota de Labastida serían: 1) el voto de castigo en contra del PRI, que se capitalizó como un voto por el cambio; 2) los tiempos y la agenda de campaña siempre fueron establecidos por Fox; 3) la actitud de Labastida casi siempre fue la de retador y no la del candidato del partido que estaba en el gobierno (un ejemplo claro de esto es la conducta del priista durante el primer debate); 4) Labastida no supo aprovechar el llamado "martes negro" de Fox: sus estrategias y tácticas de campaña no hicieron hincapié suficiente en mostrar a la opinión pública y al electorado la "verdadera" cara de Fox; en cambio, el equipo de campaña del candidato panista supo darle un spin (convertir una debilidad en fortaleza o convertir una situación desfavorable en una favorable) importante a ese martes negro: el "hoy" se convirtió en una virtud y Fox salió casi ileso de esa coyuntura; 5) Fox, a diferencia de Labastida, logró capitalizar el voto de los indecisos y de uno que otro abstencionista que se decidió a votar; 6) Fox cumplió mejor las dos grandes tareas que debe realizar un candidato en una campaña electoral moderna: a) pedir el voto y b) conseguir fondos para el financiamiento de su campaña. Si bien la campaña se centró en general en la disputa entre el PRI y la Alianza por el Cambio, llama la atención el papel que jugó en la contienda Gilberto Rincón Gallardo. El abanderado del partido de la rosa se situó como el candidato de las propuestas, el candidato "caballero", el candidato de la honestidad, de la trayectoria en la oposición y de la congruencia; en fin, como el candidato de una opción de izquierda moderna y democrática. Sus mensajes se dirigieron principalmente a las minorías, ya por cuestiones de género, étnicas, de preferencia sexual o religiosa o por ser discapacitados o por razones de edad (jóvenes y ancianos). Sin embargo, lo que consiguió Democracia Social en esta elección -a pesar de que esté en riesgo su registro como partido político-, fue más que solamente haber enviado estos mensajes.
En primer lugar, Democracia Social demostró en los hechos que es posible una nueva forma de hacer política; que frente a la falta de contenido en los mensajes de los demás candidatos presidenciales existe en el país un público elector que está ávido de oír propuestas; que frente al bajo nivel de debate de las demás campañas presidenciales, en las que el insulto fue la norma, sí se podía hacer una campaña presidencial sin caer en esos excesos; que, ante el personalismo que confirieron a la contienda Fox y Labastida, hubo voces que hablaban de colectividades y nunca perdieron su carácter de entidad colectiva, de representar un proyecto que surgía de un amplio sector social. En segundo lugar, DS demostró que, en situaciones de equidad, tenía la mejor propuesta, la mejor plataforma y la agenda del país del siglo XXI que queremos muchos mexicanos. El único momento realmente equitativo de la campaña fue durante la celebración del primer debate de candidatos presidenciales; ahí, sin que el dinero fuera lo importante; frente al mismo número de espectadores y escuchas, de frente los seis candidatos a la Presidencia de la República, Gilberto Rincón Gallardo nos mostró que la política -parafraseando a Hannah Arendt- se trata del estar juntos, los unos y los otros, de los diversos. Nos señaló que el objetivo de la política debería ser mejorar el nivel de vida de quienes vivimos en este país; crear las condiciones que nos permitan a todos tener un país en donde, a partir del respeto a las diferencias podamos contar, en igualdad de oportunidades, con un México donde quepan todos los Méxicos. Asimismo, Democracia Social metió temas en la agenda nacional hasta ahora olvidados en los discursos tradicionales de los partidos políticos más viejos, temas que delinean los contenidos de la agenda del país de igualdad de oportunidades que queremos todos para el próximo siglo; planteó un país donde lo público esté regido por el derecho y lo privado sea asunto de cada cual. La inserción de los temas de las minorías en las campañas presidenciales es un triunfo cultural del proyecto de Democracia Social y, afortunadamente, pareciera que estos temas y estos sectores de la sociedad tendrán, de ahora en adelante, nombre y rostro, que no quedarán otra vez al margen de la vida pública del país y serán retomados por todos los partidos a la hora de hacer las propuestas de políticas públicas y legislativas que sean necesarias. Otro acierto más en la estrategia de Democracia Social fue demostrar que se podía hacer una campaña sin gastos exorbitantes de dinero -algunos cuestionarán esto, pues DS está ante el riesgo de perder su registro; sin embargo, me parece que el anhelo de cambio determinó esta elección y que en otras circunstancias una campaña como la de DS bien hubiera podido obtener el porcentaje necesario para conservar el registro y quizá hasta un poco más- frente a los elevados presupuestos de los tres principales partidos, DS demostró que con ingenio y propuestas se podía llevar a cabo una campaña política decorosa y, por qué no, también rentable electoralmente. Faltaría hablar de los otros dos contendientes: Muñoz Ledo, quien acabó sumándose a la candidatura de la derecha desde la izquierda auténtica y revolucionaria en aras de la alternancia como fin de la transición, y Manuel Camacho que, fuera de su propuesta de legislar para que el fuero sea derogado y de traer a Salinas y a Colosio como fantasmas presentes de los temas de hoy, no realizó ninguna aportación significativa a la contienda. Mención aparte merece la elección misma. Fue, con todo y algunas irregularidades, una jornada excepcional. En primer lugar los ciudadanos demostraron que confían en su derecho al voto y en dirimir sus conflictos y controversias políticas dentro de los cauces institucionales. Las instituciones estuvieron a la altura de las circunstancias: el IFE, el Tribunal Electoral, los partidos, los candidatos, los medios de comunicación y, con mención aparte y destacada, el Presidente de la República. Por último, falta aún un trecho importante para que nuestra democracia no sólo se quede en lo procedimental ni en la alternancia. Falta que la democracia se traduzca en un sistema que vaya más allá del completo y ahora exitoso andamiaje institucional con el cual contamos hoy y que se dirija a garantizar la equidad en el acceso a las oportunidades de la mayoría de los mexicanos. Falta que, en los hechos, no sea una democracia sin demócratas sino que también los principales actores políticos nos demuestren que ésta es una democracia que también está formada por demócratas que saben pactar y respetar las reglas del juego; que la búsqueda del consenso y la vertebración del disenso son posibles y factibles en el marco de nuestras instituciones, ya sea entre el Senado y la Cámara de Diputados, entre el Ejecutivo y el Legislativo, entre el Ejecutivo y los poderes estatales y entre el Ejecutivo y la ciudadanía, pasando, por supuesto, por los partidos políticos José Adolfo Ibinarriaga Aragón estudió Ciencias Políticas y Administración Pública en la Universidad Iberoamericana, donde ahora es profesor; coordinó el Grupo de Respuesta Inmediata de la campaña de Rincón Gallardo; trabaja en Democracia Social como subsecretario de Construcción Ideológica. |
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