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Sí. La educación no es Gregorio Ortega
Buscar salida a la irritación social basados en mentiras es peligroso. Durante los reacomodos políticos, producto natural del resultado de las elecciones, es necesario distraer, encontrar para la opinión pública otros temas de reflexión, ausentes de contenido social y ético, pero útiles para presionar a los medios sin mayor resultado que el diálogo de sordos. ¿Quién no recuerda cuántas veces se ha buscado demostrar hasta la saciedad, la supuesta violencia propiciada por ciertos personajes de Walt Disney, o el terror que pueden incubar en los niños los cuentos de los hermanos Grimm, o la irritación e intolerancia producto de Pokémon, pues hasta suicidios hubo? Afirmar gratuitamente que los talk shows no son aptos para niños o adolescentes es una hipocresía, porque mientras otros programas, otras actividades, otras amistades, hacen de los hijos de los supuestos padres de familia irritados unos gandules buenos para nada, eso nadie lo cuestiona, por ser parte intrínseca de la educación no formal. Esto ahora es una moda, y como tal pasará, como ocurrió con la modalidad de criticar absurdamente a Walt Disney, tal como lo hicieron los augustos intelectuales Armand Mattelart y Ariel Dorfman en su obra Cómo leer al Pato Donald, de enorme venta al público como otra obra de la época: El varón domado, de Esther Vilar. Debemos partir del hecho que la televisión es un entretenimiento. El uso de su programación está sujeto al buen juicio de los padres de familia, a efecto de que éstos la manejen a su real saber y entender dentro de sus hogares, porque la educación informal no es asunto de los medios es responsabilidad de padres y madres, quienes en su mayoría han encontrado a la niñera ideal en la pantalla televisiva. Ciertamente no se puede llegar a excesos ni podemos aceptar, como dijo Emilio "El Tigre" Azcárraga, que la televisión es para los jodidos. Claro que la televisión tiene una responsabilidad social, pero ésta concluye en la puerta de los hogares, en la sala de estar o en la recámara donde los señores de la casa han instalado los receptores, porque son ellos quienes han de educar a sus hijos, no para negarles la posibilidad de ver, sino para enseñarlos a ver, para que aprendan a ver todo eso de lo que está compuesto la vida. También es cierto que para todo hay edades, pero los medios no pueden asumir la responsabilidad y el papel de padres de familia, como tampoco pueden hacerlo la escuela, los maestros o los guías espirituales. Educar informalmente a los hijos -por educación no formal, que es la instrucción para la vida, que consiste en inculcar ética y valores morales- es una aventura, y saber hacerlo no es cerrarse a la realidad, no es evitarles crecer, es hacerlos responsables, explicando y guiando en lo que son las cosas de la vida, tal como sucede en las mejores familias. Los talk shows son opciones que se toman o se dejan, como se asume la responsabilidad o irresponsabilidad frente a los retos de la vida. Que los padres eduquen, y que los medios informen, diviertan y eduquen, porque la mayoría cumple con su responsabilidad social. Dejémonos de hipocresías, hacen más daño a los hijos los amigos que los padres no conocen, una mala educación formal, que un programa de televisión Gregorio Ortega es jefe de Información en Fuerza Informativa Azteca. |
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