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Fernando Maldonado M.

 

 

 

 

 

punto de fuga

Julio Romero de Torres
El deseo, la mujer y la muerte

Rocío Cerón

Amigos:
¿Habéis visto jamás a un muerto llorar de amor
por su asesino
como lo lloro yo?

Yamil Butayna

¿Dónde buscar Tu rostro con la mirada:
en las entrañas de mi corazón,
o en el ojo escrutador?
Entre Tú y yo hay un ser que frisa conmigo.
Quita con Tu ser, mi ser, de entre nosotros dos.

Al-Hallay

Musa gitana

Cordobés, hijo de tierra gitana, del cante jondo, de las mujeres destino (femmes fatales), de la elegía y el drama andaluz, Romero de Torres (1880-1930) fue un pintor que supo retratar el alma y duende de su pueblo. Nacido en el seno de una familia afecta a las artes plásticas, Julio se deleitó desde niño y en la mocedad con obras de Zurbarán, Ribera, Valdés Leal. Arrobado por el espíritu de las mujeres, las coplas y la siempre presente (y temida) muerte, fueron éstos los ejes fundamentales de su pintura. Más adelante se sumarían a sus temas pictóricos el gusto por los deslices del alma -la decadencia- y el garbo de la frivolidad.

Pintor de los ojos y los rostros más provocativos y cargados de misterio de la pintura realista española de principios del siglo XX, Romero de Torres sorprendió a la crítica de su época con obras que distaban de la fragilidad y vaporosidad de las escenas que plasmaban otros autores. Para Romero el desnudo sería fuente de la cual abrevar. Las mujeres que nos miran desde sus cuadros son entidades femeninas que, entre los pliegues del vestido, entre un suave movimiento de la mano y una sonrisa velada, incitan al abisamiento: cualquier hombre, ante su seducción, podría perder la razón, la ética y hasta su sentido de vida. Mujeres cetrinas, de piel siempre expuesta, hay en su mirada una ocultación del deseo y, al mismo tiempo, cierta luz que bajo la pincelada experta de Romero es la llama que provoca una aguda sensación de ardor y erotismo. Obras que son alegorías de la sensualidad y del pecado, siempre pervive una sensación de estar mirando en ellas situaciones y personajes que se encuentran en el filo: en cualquier momento puede ocurrir el acto trágico, cualquier instante es ideal para la caída.

Cante jondo

Marcado por un gusto hacia la pintura religiosa, Romero de Torres realizó una obra donde lo sagrado y lo profano conviven para dar rostro a temas como la muerte por amor, los celos, el canto, la mujer patria (es decir, la mujer tierra, sitio), el misterio de la seducción y el deleite de la vida flamenca. Con un manejo tectónico del gesto y espíritu femeninos y, ante el desbordamiento de las tonalidades tanáticas-eróticas de las mismas, Romero hizo de sus mujeres figuras estáticas porque supo que desde la quietud desafiarían y se preservarían del tiempo. Igualmente, supo que en ese estatismo sus personajes adquirirían un sentido de potencia, de unión entre lo voluptuoso y lo místico. En la pintura de Romero de Torres un objeto, un paisaje y, sobre todo, una mirada, son el retrato de un matiz anímico. Carácter y gesto unidos en lo sencillo, en lo que se siente, en aquello sugerido con el guiño, con el color.

Carmen de córdoba

Mujeres en movimiento, bailaoras, hembras que transitan por su destino sin intención de cambio, sin dejar de lado a la desolación, figuras ensimismadas, encerradas por su propia pasión, todas son, como diría Cansinos Asséns, mujeres que "parecen surgir del fondo oscuro de la raza y el mito, del fondo de la fatalidad, para confirmarla y prolongarla en el tiempo... mujeres de copla que cantan la copla y la crean con la guitarra, su único hijo, en las rodillas". Si el deseo es una forma de asombro y de búsqueda, Romero encontró que la mezcla entre altares y la mujer detrás de la mantilla era el principio de la tierra de brasas y añoranza, de la Andalucía ardiente. Simbolista y poeta de los cuerpos, Romero de Torres nos ha legado una obra donde el deseo, la mujer y la muerte yacen sobre un mismo plano: en la amalgama de la sensualidad, el dolor y la castidad se traza el fino hilado de la belleza

Rocío Cerón es poeta y ensayista.

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