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Espiral violenta en España

Ciro Murayama

Las noticias que llegan de España en estas semanas nos muestran hasta dónde el fanatismo nacionalista puede alterar una convivencia que es, en prácticamente todos los ámbitos de la vida, de lo más civilizada y productiva.

En España, huelga decirlo, a lo largo de las dos últimas décadas se experimentó un proceso virtuoso de crecimiento económico y de distribución del ingreso combinado con incremento de los derechos sociales y las libertades individuales. En ese lapso han habido tres cambios del Ejecutivo sin alteraciones en los acuerdos básicos de modelo de país; las comunidades autónomas ejercen cada vez más atribuciones; esta nación ibérica se ha insertado en Europa no ya como socio desaventajado sino formando parte del grupo inicial del euro; la evolución media anual de su producto es más acelerada que la de sus vecinos y un no abreviado etcétera. El problema que la población manifiesta como más grave, tiene que ver con el alto nivel de desempleo, aún mayor que la media europea, aunque en los últimos años la desocupación está en descenso.

Sin embargo, el lastre del terrorismo ahí está, ajeno durante años a todos esos cambios. En las semanas que corren la violencia está en una espiral tan intensa como siniestra, sin que desde óptica alguna se encuentre una mínima justificación para su práctica. El entorno nacionalista del País Vasco que no es parte directa de ETA o de su brazo político electoral, no puede desmarcarse del todo de las acciones del terror. Los nacionalistas vascos, ya sean autoproclamados de izquierda o derecha, son incapaces de reconocer que cualquier ideal -incluso aquel que estuviera del todo justificado- ha de respetar uno supremo: el derecho a la existencia, literal, del otro. A quienes no condenan a ETA y sus acciones les pasa algo parecido a lo que dice Vargas Llosa que le ocurre a ciertos ámbitos latinoamericanos con el régimen cubano: son anti-anti, critican más las detenciones de miembros o ex miembros de comandos en España o en otros países -México entre ellos- porque a su entender se envían malos gestos hacia los violentos y trasladan toda la responsabilidad de la insostenible situación a la falta de iniciativas políticas institucionales -cuando esas iniciativas, para convencer a los seguidores de Sabino Arana, implicarían imponer una patria que quieren unos cuantos a todos los vascos, incluir en ese territorio a Navarra y darle un mordisco a Francia-.

Desde que el grupo terrorista anunciara el final de su "tregua"-más bien una cancelación temporal de atentados mientras se reorganizaban los comandos y se robaban en Francia las seis toneladas de la dinamita que ahora estalla en diversas ciudades de la península- en noviembre anterior y hasta la fecha, van 11 acciones que dejan 27 heridos y siete muertos, todos ellos ciudadanos cuyo pecado fue o ser concejal o ser policía o alguien que se levantó con mal pie y pasó por donde a ETA se le ocurrió provocar una detonación. Todos los atentados, de por sí reprobables, tienen un sello: bombas debajo de coches, accionadas de lejos, o el tiro en la nuca a un transeúnte que pasea cerca de su casa, en ocasiones acompañado de sus familiares. Esto es, cero riesgo, asesinatos de cobardía desbordada.

Frente a la intimidación, no deja de sorprender, sin embargo, el empeño de quienes se esmeran en hacer su vida sin ceder al terror de la violencia. A pesar de las amenazas, no abandonan su residencia, continúan con sus ocupaciones, pues finalmente son la mayoría: a la fecha todos los nacionalistas juntos, los radicales y los que se dicen moderados, no obtienen más votos en el País Vasco que los partidos que quieren pertenecer a toda España como el PP, el PSOE e IU. Incluso, son los propios nacionalistas quienes sistemáticamente se han adelantado a descalificar la posibilidad de un referéndum: en ésta sólo podrían votar los "verdaderos vascos" cuyo cromosoma distintivo, si es que existiera, nadie ha descubierto.

Las salidas y las opciones frente a los actos de ETA no dejan de ser estrechas, reducidas, pero al mismo tiempo es imposible imaginar otras: que quienes no comparten la violencia a la vez permanezcan, más allá de sus diferencias ideológicas y políticas en otras materias, en un consenso acerca de las reglas del juego para dirimir conflictos, lejos de tentaciones autoritarias o de golpes de mano que ya se han demostrado ineficientes y, de esta forma, obligar al entorno nacionalista a aceptar que los violentos, así compartan en lo abstracto la misma bandera, en realidad son enemigos de cualquier causa digna

Ciro Murayama es economista por la UNAM. Realizó estudios de postgrado en la Universidad Autónoma de Madrid.

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