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El Tíbet, devastado por China

Verónica Valenzuela González

Dalai-Lama
Foto: Goerge

La lectura política que se le puede dar a la visita de la segunda autoridad tibetana a México en días pasados es la urgencia por la preservación de su cultura y compartir valores universales, cuando pese a que han pasado 41 años de la invasión de su país por la China comunista, que dejó entre un millón y cuatro millones de muertos y cien mil desplazados, las heridas de la masacre cicatrizan lentamente.

Los tibetanos, cuya nación tiene fronteras con India, Nepal, Bhutan, Birmania y China, son una raza hermana de los mongoles, con quienes comparten características étnicas, culturales y religiosas.

El budismo fue introducido en el siglo VII desde India y relegó a segundo plano a la religión local. La intención de terminar con las tradiciones tibetanas llegó al punto de que al menos cinco mil monasterios fueron destruidos por las tropas dirigidas por Mao Tse-Tung en octubre de 1959.

Ya lo había predicho el XIII Dalai-Lama, antecesor de Tenzin Gyatso -Dalai-Lama que se entrevistó con el papa Juan Pablo II-, ocurriría una incursión roja y la tradición cultural y religiosa del Tíbet estaba en peligro.

El monasterio Drepung Loseling, establecido cerca de Lhassa, capital de Tíbet, en 1416 por Jamyang Choeje, era hasta hace poco la universidad monástica más grande del mundo, sirviendo como centro espiritual venerado e intelectual y al mismo tiempo proporcionaba entrenamiento en las tradiciones del arte, la danza y la música sagradas. Destruido durante la invasión, fue reubicado en Karnataka, India, en 1960. De los 200 monjes que lograron escapar, el monasterio ha crecido a una población actual de dos mil 500 monjes.

En México, según el Instituto Loseling, el budismo tibetano es practicado por un millón de personas y sólo en el Distrito Federal ese instituto, que es la primera sede oficial para América Latina del centro de estudio y práctica budista, da cuenta de cinco mil adeptos.

Respecto del XIV Dalai-Lama, quien se encuentra en el exilio y obtuvo el Premio Nobel de la Paz en 1989, su antecesor afirmó que tendría un papel trascendente a nivel mundial y relevante para la humanidad y que "llevaría a Occidente la energía curativa del Buddhadharma o enseñanzas del Buda".

Pero, lejos de considerarse "iluminado", es el Dalai-Lama (como cabeza de Estado) quien financia toda la operación de apoyo a los exiliados. Su filosofía es elaborar una estrategia persuasiva basada en el respeto a sus adversarios. "La no violencia es la forma más práctica de hacer política", asegura.

"Muchos creemos que la desgracia de este pueblo ha representado, por otra parte, la gran oportunidad de Occidente para conocer la trascendente espiritualidad del budismo tibetano", agrega. El Dalai-Lama vendrá a nuestro país el año entrante. Además de ser el guía de aquellos que se asentaron en India tras el éxodo en los 50 y 60, es un gran pacifista

Verónica Valenzuela González es periodista egresada de la Universidad Iberoamericana.

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