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No
¿El PRI debe cambiar
de nombre?

Arturo González Salas

 

Foto: Bernardo Moncada

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sí. Es congruente con nuestra historia

Lorena Beauregard de los Santos

El pasado proceso electoral ha dejado grandes enseñanzas a quienes militamos en el PRI. Indudablemente la pérdida del Poder Ejecutivo federal es dolorosa en términos de ejercicio político-administrativo. Sin embargo, la preocupación inmediata y ocupación pronta es la revisión estructural de nuestra organización política. Analizar debilidades y estrategias equivocadas de la pasada elección federal son necesarias sólo para el recuento de activos y pasivos. Pero creo que es mayor la necesidad de la revisión estructural del partido y me refiero a la búsqueda de mecanismos eficaces para enfrentar los retos del futuro, actuando como un verdadero partido político inserto en un sistema que empieza a ser democrático y ha propiciado la alternancia en el poder.

Teniendo a partir del 1 de diciembre de este año el estatus de partido de oposición, nuestra organización política debe presentarse como opción moderna y democrática en la competencia electoral. Mucho se ha mencionado de los intentos de algunas corrientes sobre la urgente necesidad de un cambio de nombre y colores del PRI; sin embargo, no se han logrado conjuntar criterios generales que nos lleven a tal fin. Sectores tradicionales del partido se han manifestado en contra de tal medida, cosa por demás incongruente, pues nuestra propia evolución histórica como partido político se ha dividido en tres etapas, cada una de ellas marcadas con el correspondiente cambio de nombre a lo largo de su existencia.

Dichos cambios siempre obedecieron a la necesidad de estar a la vanguardia de la sociedad. De la agrupación de partidos locales y regionales se dio origen al Partido Nacional Revolucionario (PNR) con Plutarco Elías Calles, quien lo organizó en 1929; sin embargo, para 1938 Lázaro Cárdenas del Río considera que el partido debe cambiar de nombre para respaldar su política social fundamentada en la revolución mexicana y se erige entonces como Partido de la Revolución Mexicana (PRM).

En 1946 se convierte en el que hasta hoy conocemos como Partido Revolucionario Institucional (PRI). A lo largo de los últimos 54 años de existencia nuestra organización ha permanecido con el nombre de Partido Revolucionario Institucional y conservando sus colores. La permanencia de tantos años como partido hegemónico en el poder terminó por propiciar el hartazgo, y provocó que las generaciones de ciudadanos que nacieron en las últimas cuatro décadas tengan una concepción contraria a los intereses del propio partido: es innegable que a partir de los últimos cinco sexenios para muchos mexicanos el PRI empezó a ser sinónimo de corrupción. Esto como resultado del abuso del poder y de la aplicación de políticas contrarias a los intereses de la mayoría de los ciudadanos que reclamaban silenciosamente, hasta antes de 1988, cambios sustanciales de cara a los grandes rezagos sociales, marginación y pobreza extrema, entre otros.

Aunque tardíamente, iniciamos nuestra cuarta etapa y siendo congruentes con nuestra propia historia es el momento de intentar, con el consenso de nuestra amplia base militante, cambiar el nombre y colores de nuestro partido, también sostengo de manera firme que lo verdaderamente relevante es la construcción de un discurso político propio moderno, actual, con amplio sentido social.

Es momento que dejemos atrás los viejos vicios que tanto nos dañaron y demos paso a la nueva generación que nos presente el nuevo rostro de un partido moderno, verdaderamente democrático y renovado, y así por fin sepultar a aquellos pseudodemócratas que con lenguajes prestados no representan la solución, sino solamente la continuidad de la simulación. Es vital que como partido político producto de las luchas sociales reencontremos el rumbo que nos dio origen, sustento y credibilidad; es necesario poner en el centro de nuestra discusión ideológica conceptos que nos son connaturales como soberanía, patria, nación, revolución; tenemos que ahondar en ellos, para de ahí partir hacia nuestro reencuentro ideológico, y tener la posibilidad de reconstruirnos para así estar a la altura de ese futuro que el 2 de julio por fin nos alcanzó

Lorena Beauregard de los Santos es militante del PRI y diputada federal electa por ese partido.

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