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Conjurar demonios
El PAN y el Congreso

Julián Andrade Jardí

Vicente Fox
Foto: Luis Humberto González/Silva

¿Dónde quedó el PAN? Es probable que ésta sea una de las preguntas fundamentales para medir cómo será nuestro futuro inmediato. Es evidente que el panismo se encuentra ante el reto más importante desde su fundación. La historia política del próximo Presidente así lo indica.

¿Está relegado el panismo histórico? Al parecer, sí, y digo al parecer porque la novedad de los acontecimientos nos impide ver con claridad qué está sucediendo en ese partido. La conformidad del equipo de transición es un ejemplo de lo anterior. Ninguno de los encargados de la entrega de gobierno proviene de las grandes familias panistas. Aparentemente la recomendación de Manuel Gómez Morín de no acceder al poder "para perder al partido" puede cumplirse, aunque no estoy muy seguro de que todos estén muy contentos en Acción Nacional.

Para saber qué será del panismo, tenemos que volver la vista al Congreso. En las bancadas de ese partido hay gente de estatura política notable, conocedores del sistema político mexicano y de la necesidad de que se cuente con equilibrios. Ahí será, a fin de cuentas, donde se realizarán los cambios y es evidente que de la tensión entre el futuro partido en el poder y Vicente Fox nacerá una nueva estructura de intercambio político que puede allanar el camino a la modernidad.

El Congreso, a fin de cuentas, debe convertirse en el centro de la discusión política nacional. Marginarlo sería también un grave error.

El PAN tendrá que redefinir su relación con Fox, no para convertirse en un obstáculo pero sí para consolidar un sistema de partidos que pueda moderar las atribuciones metaconstitucionales del Presidente de la República.

En algunos estados, como Chihuahua, el panismo fortaleció una cultura de respeto entre el poder local y el Congreso. Francisco Barrio tenía que convencer a los diputados de su partido en arduas jornadas de negociación. Esto, sin duda, sirvió para el avance democrático pero no dejó de ser un dolor de cabeza para el gobernador.

Si el PAN eligiera la vía de la complacencia y la subordinación -cosa que dudo- estaríamos ante una especie de restauración del presidencialismo, pero con varios peligros por delante. Los amigos de Fox, en ese esquema, podrían convertirse en un grupo de presión que marginaría a los partidos. En ese caso la tentación autoritaria sería evidente. Tampoco se trata de sugerir que Vicente Fox no crea en la democracia, ni mucho menos, el problema es que deben existir las instituciones adecuadas para moderar cualquier exceso.

Quizá sea injusto exigir tanto dentro de una cultura en la que la figura presidencial es el eje de la vida política, pero ese es el tamaño del reto que tienen quienes piensan que podemos instaurar un sistema democrático ajeno a la sospecha y a los vaivenes sexenales.

Todos los partidos se encuentran en la antesala del cambio. La derrota priista transformó o destruyó las perspectivas de grandes grupos de poder, por lo que los reacomodos están por venir.

Creo que podemos avanzar en una ruta que nos lleve a buen puerto. El comportamiento institucional del PRI y del Presidente ha sido evidente. No hay cartas bajo la manga y el próximo mandatario está en posibilidades de conocer cómo marcha la administración y con qué problemas se encontrará en diciembre.

Podemos conjurar, entonces, a todos nuestros demonios, aunque hay que insistir en que el PAN y quienes le dieron vida durante décadas tienen mano en la próxima jugada, de ellos dependerá, en gran medida, darle confianza al Congreso y convertirlo en un poder al servicio del interés nacional y no del Presidente en turno

Julián Andrade Jardí es subdirector de Información del periódico Crónica.

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