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El periodismo en los
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Jorge Medina Viedas


El genoma humano
Ricardo Tapia

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Entre genomas te veas
Privacidad, patentes, racismo e inmortalidad

Fedro Carlos Guillén

"Jugar con nuestras esencias
tiene antecedentes añejos"

Esto de andar jugando con nuestras esencias tiene antecedentes añejos de respetabilidad desigual; recuerdo aún entre estremecimientos la película en la que el doctor Víctor Von Frankenstein enfundado en una bata que más parecía camisa de fuerza, manipulaba, con cara de alienado, una máquina en la que se concentraba la fuerza eléctrica del huracán Rodrigo. ¿Para qué? Para que un gigante de cabeza aplanada y tornillos en las carótidas se pusiera de pie. El objetivo de don Víctor -hay que decirlo- no era el de manipular la energía sino la vida misma.

Desde entonces numerosos ejemplos se nos han presentado de eso que los gringos llaman "jugar a Dios". El más reciente y conspicuo se relaciona con la creación de "Dolly", un animal clonado que abre, de forma definitiva, la puerta para pensar en la aplicación de las mismas técnicas en el hombre. Mucha gente se pregunta acerca de la corrección moral de hacer investigación sobre estos temas. Sin embargo, enfocado así el asunto no tiene el menor remedio; la ciencia, en tanto cada vez más especializada, se ha alejado en muchos casos años luz, de los problemas humanos.

Un científico moderno es cada vez menos ese anónimo benefactor que busca curas inéditas para los diversos problemas de esta humanidad (anticipo presurosamente que desde luego hay quien sí lo hace, pero es más una regla que una excepción). Las políticas científicas actuales han convertido a nuestros investigadores en una mezcla quimérica. Por un lado se advierte un creciente perfil empresarial en el que los que hacen ciencia se orientan por los caminos del mercado. Son cada vez más las empresas reclutadoras de investigadores de excelencia y es creciente (y preocupante) este desagüe intelectual de los que piensan, en busca de mejores condiciones de vida (esto desde luego si aceptáramos la premisa de que una paga mayor es referente de mejor vida).

Foto: El País

Otra característica de los científicos es su creciente prisa por resolver problemas. Los patrones actuales de evaluación de su desempeño, los han convertido en una especie que checa diariamente el reloj de la productividad para no perder las prebendas que tanto trabajo les ha costado conseguir. "Publicar o perecer" es la consigna y ello determina que las investigaciones de largo aliento o aquellas en las cuales no está tan claro un resultado inmediato se abandonen si de lo que se trata es de sobrevivir en un mundo descarnado y competitivo en el cual se prefiere patentar a difundir un hallazgo clave.

En este escenario es que el 26 de junio del 2000 se presentaron ante el mundo ni más ni menos que Francis Collins, director del Instituto Nacional de Estudios sobre el Genoma Humano, Craig Venter, de la compañía privada Celera Genomics y el presidente William Clinton. ¿Para qué? Para explicarnos a todos que habían codificado el genoma humano. Permítaseme citar a Collins en una de las declaraciones más inmodestas que registra la historia, pero que permite calibrar el tamaño del avance. "Hoy celebramos la revelación del primer borrador del libro de la vida... Hemos capturado la esencia de nuestro propio manual de instrucciones, conocido previamente sólo por Dios". Más allá de referencias divinas, supongo, querido lector, que puede usted preguntarse: ¿y eso a mí que me importa? La respuesta es que le importa y mucho y para explicarlo me basaré en una nota publicada en Internet por el periodista William Saletan.

La primera pregunta que surge es acerca de la privacidad: ¿de quién es la información genética? La lógica y obvia respuesta es que, parafraseando a don Emiliano, los genes son de quienes los poseen y es por ello que cualquier intento por que esta información sea publicada o vendida debería regularse. Sin embargo, no es la idea de las compañías privadas que verían limitado entonces su mercado. Imagine usted que las compañías de seguros o las direcciones de recursos humanos tuvieran acceso a esa información y la utilizaran para negar pólizas o trabajo en aquellos que sean portadores de alguna deficiencia. ¿Sería esto correcto? Pregunta sin respuesta.

El segundo punto tiene que ver con las patentes; las secuencias de genes pueden y han sido patentados por varias compañías privadas. Ello prefigura una especie de cacicazgo intelectual en el que estos derechos de autor limitan la posibilidad de que dichos genes puedan ser utilizados por otros, por ejemplo, para buscar curas a algunas enfermedades. El argumento privatizador es que esta esperanza de ganancias es la que incentiva a las compañías a realizar investigación que no se haría si esta zanahoria desapareciera. En este esquema de mercado los riesgos me parecen evidentes, y esta percepción se acrecienta con las declaraciones de René Drucker, coordinador de la Investigación Científica de la UNAM, quien señaló en una entrevista: "No estamos vendiendo la Universidad. Es peligroso que esto se piense... tenemos que vender lo que producimos en ciencia".

Foto: Matt Mahurin/Time

Otro argumento se vincula con el racismo. Existe un muy preocupante número de personas en el mundo cuyo nivel de imbecilidad supremo se manifiesta en forma de arrebatos racistas. Estos desneuronados van por el mundo buscando evidencias que sostengan la supuesta superioridad de algunos sobre el resto. A pesar de que todos somos idénticos en 99.9% de nuestras características genéticas, podría bastar el 0.01% para que se justificaran y explicaran estas diferencias. Alguien podría sugerir que este es un argumento extremo. Sin embargo, más extremos son los señores que se ponen fundas de almohada con cucurucho en la cabeza.

Una cuarta razón para reflexionar es la que se vincula con la inmortalidad. Supongo que no debería asombrarnos, de alguna manera vivir para siempre ha sido un anhelo que se expresa en un enorme avance médico y, de hecho, existen investigaciones muy respetables que buscan las razones del envejecimiento con la obvia intención de retardarlo. El problema es que el conocimiento de nuestros genes -aunque hay que decir que identificar un gen no implica necesariamente conocer su función- puede acelerar esta búsqueda y no existen asideros éticos ni poblacionales que nos permitan suponer el efecto del alargamiento de la vida en forma drástica.

Todas estas implicaciones deben ser discutidas cuidadosamente sin alarmismos pero tampoco con indiferencia ya que en esta participación nos van muchas cosas. Evidentemente el asunto rebasa el debate de científicos expertos y nos debe involucrar a todos, ¿o no?

Fedro Carlos Guillén es biólogo, con doctorado en Ciencias por la UNAM y Fellow del Programa LEAD-México.

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