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¿Por qué Amores perros?
Diego Sheinbaum
Los personajes de Amores perros atestiguan contra el famoso verso de Octavio Paz: "cuando dos se aman el mundo nace" y contra todas esas apologías y espejismos sentimentales que definen el amor como sublime y redentor. En vez de abocarse a este constructivismo amoroso, los personajes de Amores perros ejercen el amor como una facultad demoledora y una antropofagia natural. Como ese instinto depredador que se vuelca sobre el sujeto de la pasión, que lo vigila y lo acecha, que despedaza sus alrededores. Así, en Amores perros, cuando dos se aman el mundo no se crea sino que se desfigura, se viene abajo. De esta manera, Amores perros es una denuncia contra las alturas del amor y un viaje infernal hacia los pliegues más íntimos de la sensibilidad humana. Al final del viaje, en vez de encontrar la gracia deslumbrante de Beatriz, el Chivo percibe sólo un resquicio, un pequeño espacio de posibilidad y esperanza visible no a través de la experiencia del amor sino del deseo de amar. Pero si bien Amores perros desviste a los amantes -a veces al confrontarlos a la marginación económica, a veces al precipitarlos a la marginación física- lo que realmente cuestiona la película es la relación con el otro. Por eso, más allá de la crítica al amor sublime, encontramos el cuestionamiento de la relación fraternal; es decir, la impugnación de la práctica cristiana y democrática de tratar al otro como semejante. Así, Amores perros habla del ideal cristiano de amarnos como hermanos, y lo contrapone con la historia bíblica de Caín y Abel. El resultado es una ética descarnada que evoca tanto al estado de naturaleza hobbesiano como a nuestro actual libre mercado, y cuyas características son el poder y la competencia a la luz pública, y la envidia, la negación y el aniquilamiento en la obscuridad privada. De tal suerte, Amores perros retrata a Caín y a Julieta en un paisaje democrático cuya característica principal es la indeterminación. El ciudadano canino y el can ciudadano Amores perros sugiere una nueva definición de modernidad que podríamos anexar al enorme acervo de definiciones. Una que define nuestro tiempo por la vertiginosa evolución del perro, su ascenso de animal a ciudadano, o viceversa, la involución del hombre, su vertiginoso descenso de ciudadano a bestia. En nuestros tiempos, resulta extraño que alguien se proclame superior a su french poodle y, por lo contrario, existe un amplio y silencioso consenso en que no somos superiores ni inferiores a los perros, sino simplemente diferentes. Esta situación de igualdad sería impensable para cualquier hombre que no fuera moderno. Pero como sabemos, el hombre moderno no sólo ha perdido su posición privilegiada en la creación sino que ha perdido toda posición. Esta pérdida es el carácter distintivo de nuestro mundo. Es decir, nuestro mundo se mantiene y cambia de acuerdo con una lógica democrática que trabaja a través de la igualación simbólica de condiciones. Tocqueville, que fue el primero en llamar la atención sobre las dimensiones de este fenómeno, nunca habría imaginado que después de los derechos del hombre aparecieran los derechos de los perros y de todo ser viviente. Esta igualación explica parcialmente la identificación en la película del hombre y el perro, y es corroborada por la vida cotidiana en las grandes ciudades, donde vemos individuos solitarios que pasean, platican y cenan en la compañía exclusiva de sus mascotas. Pero la igualdad respecto de toda criatura no es un problema en sí mismo, el verdadero problema, como lo muestra Amores perros, es la incapacidad de los hombres modernos para relacionarse con las personas que quieren. Así, Amores perros crea un mundo no muy diferente al nuestro, donde los humanos se comportan como perros cuando se trata de otros humanos, y como humanos cuando se trata de relacionarse con perros. Amores en tiempos de perros Si bien el tema de Amores perros parece clásico, la inclusión del elemento canino hace totalmente moderna la cinta. Sólo podemos entender la novedad de esta incorporación si nos remontamos a los tiempos cuando las sociedades estaban ordenadas de forma jerárquica, y las relaciones entre hombres se daban en un marco de desigualdad. En ese mundo, la relación con el otro gozaba de la definición y la distancia. Como sabemos, la revolución francesa desencadenó una lógica democrática cuya esencia sigue siendo devorar jerarquías y arrojar a los hombres (y a todas las criaturas) a un plano de igualdad. En esta igualdad encontramos al otro más cerca, pero también lo encontramos más molesto, más problemático. La historia de los locos muestra la paradójica relación que adoptamos a partir de la modernidad con ese a quien consideramos diferente. Antes de la modernidad, los locos rondaban por las calles sin que a nadie le molestara, sólo es a partir de que los reconocemos como iguales que sentimos la necesidad de encerrarlos, de crear asilos para enfermos mentales. Así, el otro es inofensivo mientras lo consideramos diferente, pero una vez que lo reconocemos como semejante se vuelve peligroso. En la medida que proclama la igualdad de todos, la modernidad circunscribe todas nuestras relaciones humanas a la problemática bíblica de los hermanos, y de esta manera nuestra identidad se ve confrontada a quemarropa en todas las esquinas y en todos los espacios. Por eso, el perro se vuelve el mejor compañero, porque a pesar de que viva en el mismo plano de igualdad y de que en los parques aparezcan perros gordos seguidos de señoras gordas, estos cuadrúpedos siguen conservando la suficiente diferencia y distancia que permite a sus amos tener un comercio de sentimientos. Por eso el protagonista de Amores perros entiende su condición de asesino sólo cuando se ve en el espejo de un perro asesino, y por eso fuera del cine la gente habla de una película violentísima, porque se identifican más con los perros heridos o muertos que con los humanos heridos o muertos en las películas de todos los fines de semana. Esta diferencia y distancia que permite la identificación entre hombres modernos y perros se asemeja a la diferencia y distancia establecida por las antiguas jerarquías, las cuales circunscribían y hacían menos problemática la relación entre humanos. El regreso a la caverna Desafortunadamente, como se da cuenta el Chivo, la problemática con nuestros seres queridos no se resuelve dirigiendo nuestra pasión hacia los perros. Así, el desenlace de Amores perros apunta y recuerda Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago, pues el Chivo que ha preferido vivir en la ceguera durante muchos años decide volver a mirar. La decisión de mirar parece relacionarse con la decisión de vivir entre hombres. Es como si al ponerse los lentes, el Chivo se percatara que los perros tiene cuatro patas, cola y mucho pelo, y aunque trate de relacionarse con ellos como humanos seguirán siendo perros, de la misma manera que aunque los humanos se maten como perros, seguirán siendo humanos. Así el viaje del Chivo se asemeja al viaje de Platón. Al igual que el filósofo, el Chivo decide abandonar la vida entre hombres para buscar un ideal. A diferencia de éste, lo que encuentra no es la luz sino la bestialidad. Al final el Chivo sigue pensando que vivir entre humanos es vivir en la oscuridad de la caverna, pero está convencido que es mejor que vivir entre perros, y por eso decide "volver a ver, a los ojos, a su hija" Diego Sheinbaum estudió Ciencia Política en el ITAM y es guionista. |
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