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Sí
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No. El cambio debe estar dentro
Arturo González Salas
La simplificación ocupa con mayor fuerza el espacio de la discusión, el análisis y la crítica cuando se plantea refundar al PRI mediante la modificación en el logotipo y sus colores como señal de cambio. En estos días hemos visto cómo el PRI continúa ocupando la primera plana en casi todos los diarios del país, y eso es reflejo tanto del valor de este instituto en el escenario político futuro como de la efervescencia de líderes, corrientes, militantes y hasta caciques, ávidos por ofrecer sus diagnósticos y sus puntos de vista ante la derrota electoral. Este es el marco donde diversas voces retoman con diferentes grados de seriedad la propuesta de que el PRI modifique sus siglas y sus colores como parte del ajuste en el rumbo y los métodos de hacer política. La disyuntiva del PRI gira alrededor de la renovación como eje central de su viabilidad y supervivencia para conformarse, desde la oposición, como verdadera opción de poder. Este es el punto del que todos partimos. Pero algunas corrientes internas han ganado espacio en la opinión pública definiendo el valor de la institución a partir de su logotipo institucional. Ciertamente esta idea no es nueva, ha sido propuesta por lo menos desde hace cinco años por miembros del PRI como Agustín Basave. Pero hasta el momento pocos han hecho énfasis en el por qué de esta propuesta y cuál sería su objetivo. Tres nombres y dos refundaciones definen la historia del PRI, que surge como Partido Nacional Revolucionario (PNR) el 2 de diciembre de 1928, para transformarse, nueve años después, en Partido de la Revolución Mexicana (PRM). El 11 de enero de 1941 el entonces presidente de la República, Manuel Avila Camacho, anunciaba una radical transformación del PRM que daba paso al nacimiento del actual Partido Revolucionario Institucional. Estas etapas han estado marcadas por un cambio en las tesis que dan forma a su ideología en los diferentes momentos de la historia del país y que respondieron a la necesidad de replantear el objetivo y las metas del partido. Hoy el argumento parece no estar tan claro o no se ha planteado con profundidad. Si bien hay una necesidad imperiosa de exorcizar las viejas prácticas, la corrupción, la verticalidad, la burocracia y replantear los métodos del Revolucionario Institucional, no se identifica aún un debate en torno a las tesis ideológicas del partido. El cambio está en la cultura política de los priistas, no en el replanteamiento de sus objetivos que encuentran, en su mayoría, validez en el México moderno y globalizado del siglo XXI. La desaparición de los colores, la modificación del lema y sus siglas no servirá de nada ante la dinámica del dedazo y la línea. Es ahí donde debe centrarse la autocrítica, en el fondo, no en la fachada. La vigencia de la lucha por la democracia y la justicia social es planteada por aquellos mismos que ya expidieron el acta de defunción del Revolucionario Institucional. La paradoja del PRI es que tiene que retomar sus valores y objetivos pero bajo nuevas formas, más democráticas y modernas. Las masas que conformaban al PRM son ahora ciudadanos que buscan espacios de participación y no solamente nuevos nombres. Las instituciones están conformadas por hombres y mujeres, son ellos quienes definen el perfil de su trabajo ante la sociedad. El nuevo PRI chocó ante una sociedad que identificó la incongruencia entre lo que se propone y lo que se practica. Ciertamente el PRI no es un producto que pueda salir del mercado mientras se prepara su nuevo lanzamiento. Imaginemos que el Revolucionario dejara de participar en los procesos electorales que están en puerta o, en todo caso, que cambiara de identidad con los procesos de Chiapas, Tabasco y Jalisco en desarrollo, obligándolo a perder posicionamiento e identidad. La sociedad está pendiente de los mensajes que el priismo envíe. El borrón y cuenta nueva podría reflejar la imagen de un partido que reniega de todo su pasado, que acepta que no hay nada rescatable. En cambio, asumir los tiempos con un Partido Revolucionario Institucional renovado, responsable de sus errores, autocrítico y abierto podría ser reflejo de una verdadera intención de cambiar desde adentro Arturo González Salas es miembro de Democracia XXI, Asociación Política Nacional. |
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