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Sauri: la noche de un día difícil

Yuriria Sierra

Foto: Raúl Ramírez Martínez

Esa noche apenas conciliaba el sueño, de forma intermitente. Todo en lo que había creído siempre, y todo en lo que jamás creería, la historia de una vida, de dos, de tres, de miles, de 12 millones de rostros, se entremezclaban con furia en la sucesión de ritmos y tiempos, colores y velocidades de ese tren llamado sueño. Agua, grandes olas de agua mezclada con algo parecido al lodo -¿o tal vez sangre?- que tragaban, con unas faucespintadas de un color nocturno, la geografía de un querido lugar que sentía suyo pero no conseguía nombrar, recordar su verdadero emplazamiento. ¿Un lugar de infancia? Tal vez. Y ella en medio; firme ante el miedo de la muerte. El cabello renunció a la compostura. Está tan suelto como quisiera que lo fuera su alma. El cuerpo renunció a los trajes sastre. Un vestido tan sencillo como quisiera su futuro. Se ve a sí misma, no se reconoce pero a un tiempo se reconoce más que nunca. Se extraña a sí misma. A la niña que fue. Su sueño quiere derramar sobre ese mar la espesa lágrima atorada en el tórax... Pero la angustia congela hasta los sueños.

Tal vez eso soñara Dulce María Sauri la noche del 2 de julio, la madrugada del 3. Ella es hoy la encarnación de una tragedia para un partido que no avistaba, ni siquiera de cerca, el final de un largo, largo ciclo. Y la tragedia, una vez más, tuvo rostro de mujer. No será posible pensar en ella, ver su foto, oír de su pasado, por más brillante que éste sea, su valentía como gobernadora, un carácter férreo a lo largo de una historia personal, y los etcéteras que aquí convengan, sin pensar en el fin de una era, en el abrupto ocaso de uno de los fenómenos más intrigantes en la historia de los sistemas políticos: la hegemonía del PRI.

Dulce María estuvo y se mantiene firme. Aun cuando las fauces de color nocturno se encuentren todavía a su alrededor; ya no en sus sueños, en su propia casa

Yuriria Sierra es analista política.

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