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La inversión electoral
Ricardo Becerra
Antes del 2 de julio, y con mucha frecuencia oímos decir: "Las mexicanas son las elecciones más caras del mundo" y de inmediato sobreviene el coro griego de consternada indignación: "¿Cómo es posible que un país tan pobre, tan lleno de pobreza y de carencias, se procure este dispendioso lujo electoral?". Veamos las cifras en millones: Este gasto electoral total representa en realidad el 1% del Presupuesto de Egresos de la Federación en el año 2000. Los coristas dicen: con esa cantidad podríamos construir decenas de escuelas, carreteras, ayudar a la universidad pública, etcétera. Puro escapismo, pues el verdadero punto reside en que con ese dinero se solucionó uno de los problemas claves de México: construir un método legítimo y moderno de transmisión del poder político, una pieza que el país nunca tuvo y cuya ausencia provocó, incluso, guerras civiles. El país necesitaba resolver su asignatura electoral para poder resolver todo lo demás. No había escapatoria: o se construían los instrumentos y las instituciones de su vida democrática o tendríamos un país inconforme, convulso, con un Estado debilitado, sistemáticamente impugnado e incapaz. Así que el gasto electoral era imprescindible: las elecciones tenían que ser organizadas por un ejército profesional de miles de personas evaluadas y vigiladas, que tuviera sus bases en los 32 estados y los 300 distritos, ¿había que construir y mantener un padrón electoral que recogiera la foto y los datos de todos los ciudadanos mexicanos; había que entregar grandes cantidades de dinero a los partidos para que cuajaran como opciones nacionales; había que crear cientos de medidas de seguridad, complejas y sofisticadas, para garantizar el respeto al voto?, y un largo etcétera.
¿Qué tenemos? Un país democrático que se erige sobre ese montón de detalles técnicos. Una infraestructura electoral que ha sido la base para otorgarle a los ciudadanos la decisión fundamental de la política: quién debe gobernar al país, los estados, municipios y quién debe representar a la nación. Pero la vía electoral ha dado algo más: estabilidad política y también económica, una certeza fundamental sobre el futuro de México. Un tal James Nash, despistado economista de la reserva federal de Nueva York, llegó a decir que México estaba al borde de una calamidad financiera tras las elecciones presidenciales. Antes del 2 de julio, ante esa inseguridad, las profecías malhadadas, el nerviosismo, la bolsa cayó, el dólar subió a 10. 3 pesos y el indicador de riesgo en el país también. Sólo si este indicador se mantuviera en los niveles de la etapa preelectoral, México tendría que desembolsar 50 millones de dólares adicionales al mes por el encarecimiento de sus deudas. Pero hay más: una vez que la elección pasó; una vez que la limpieza de los comicios les cayó en la cabeza hasta a los malhumorados profetas del fraude; una vez que los candidatos asumieron sus derrotas y sus triunfos y el presidente Zedillo reconoció el resultado, se abrió un horizonte de certeza política y económica. A la semana siguiente, varias grandes compañías dieron banderazo a sus inversiones directas y de largo plazo: Peugeot, General Motors, R. Express, Goodyear, Yazaky, LG, Volkswagen, Wendy´s International, en conjunto anunciaron inversiones por más de cuatro mil millones de dólares, de aquí al año 2002. El lector dirá si ha valido la pena el gasto electoral Ricardo Becerra estudió Economía en la UNAM. |
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