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textos Nacionalismos para el siglo XXI
Javier López Brussi
El nacionalismo, uno de los sentimientos políticos más fuertes desde la revolución francesa, ha resurgido con fuerza al final del siglo XX, con planteamientos y reivindicaciones difíciles de conciliar con las grandes tendencias del momento, encabezadas por la globalización y el internacionalismo. El concepto de Estado nacional heterogéneo está sometido a presión. Los ejemplos no faltan: desde la complejidad y los problemas encontrados en el proceso de integración europea (donde también existe una "Europa de las regiones") al surgimiento de nuevos Estados, como Eritrea, en Africa, continente que durante tanto tiempo ha mantenido el dogma de la intangibilidad de sus fronteras; desde las tensiones en Quebec hasta la catástrofe humanitaria vinculada a la división de Yugoslavia. Isaiah Berlin definía el nacionalismo como la ideología que intenta agrupar a una población determinada en torno al sentimiento de pertenencia a una comunidad, con rasgos de identificación propios: historia, lengua, costumbres. Se trata, pues, de una ideología de defensa de dichos rasgos frente a una amenaza, real o ficticia. Sin embargo, en los últimos tiempos el nacionalismo ha dado lugar a diversas patologías, conformando una suerte de cara oscura del mismo. Así, y aunque en líneas generales responden al viejo esquema de nacionalismo integrador-desintegrador, se pueden englobar en tres grandes grupos: 1. Nacionalismo occidental: antepone la expansión económica a la territorial con manifestaciones como la defensa de las economías nacionales y el rechazo al extranjero, tratando de proteger los puestos de trabajo nacionales. Esta reacción ha estado muy vinculada a momentos coyunturales: inmigración de los países de Europa del Este, después de la caída del Muro de Berlín, y del norte de Africa a la Unión Europea; el progresivo desarrollo de esta última, en episodios como la creación de una Unión Económica y Monetaria, y la cesión de símbolos de soberanía como las monedas en aras del interés general; la llamada "crisis del Estado del bienestar", muy unida al proceso anteriormente citado que supone la sujección a condicionantes macroeconómicos concretos. 2. Nacionalismo en Europa oriental: responde, en gran medida, al modelo clásico de nacionalismo: reivindicaciones territoriales, exaltación de la conciencia nacional, irredentismo. En este sentido, Alain Minc ha hablado de una vuelta a un estado anterior de evolución política. En la Europa ex comunista, el repentino derrumbamiento del sistema planteó la urgencia del restablecimiento de un vínculo social a partir del cual reconstruir la sociedad civil. Igualmente se utilizó para una suerte de huida hacia delante, en la que la exacerbación del odio nacionalista permitía ocultar los desastres económicos, la criminalización de la vida pública y el dramático empobrecimiento de la población. Cabe destacar en este contexto territorial el hecho de que las fronteras son muy jóvenes, pues 55% tiene menos de un siglo. La muestra más patente ha sido la desmembración de países como la Unión Soviética, Yugoslavia o Checoslovaquia. 3. Nacionalismo en países en desarrollo: postula la creación de una conciencia nacional a partir de la realidad estatal, estando sometida a las tensiones del tribalismo. Entre los ejemplos destaca el conflicto entre tutsis y hutus en Ruanda y Burundi, las tensiones religiosas en Sudán e India, la lucha entre clanes en Sierra Leona o los problemas de raíz étnica en Nigeria y China. En Africa, la teórica intangibilidad de las fronteras, una de las bases del panafricanismo, sigue chocando con la realidad de la división y la desmembración étnico-socio-cultural. Pero, ¿por qué resurge el nacionalismo en esta encrucijada histórica concreta? Indudablemente, el sentimiento de pertenencia a una comunidad es uno de los más arraigados en la conciencia política del hombre. Desde los comienzos de la civilización, este sentimiento se fue moderando por la progresiva introducción de cada vez mayores dosis de racionalidad en la definición de los objetivos políticos. En ese devenir histórico, Ralf Dahrendorf considera que el Estado nacional heterogéneo fue la mayor conquista de la civilización política, pues en él prevalecieron eficazmente los derechos del ciudadano, como derechos fundamentales iguales para personas de distintas adscripciones, entre ellos el derecho al desarrollo de las singularidades culturales, religiosas y étnicas. Al valor liberal del Estado nacional heterogéneo se añadió otro motivo para permanecer unidos: el temor al efecto dominó de las discusiones fronterizas y a los cambios de status quo. En el siglo XX, las décadas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial vieron difuminarse las tensiones nacionalistas por motivos como: El temor al holocausto nuclear, que inspiró el alineamiento con las dos grandes superpotencias y mecanismos de cooperación a través de los cuales superar ese temor. Dado el restringido acceso a la tecnología nuclear, la salida era la cooperación internacional. La lógica del capitalismo, que tiende a la internacionalización de los negocios creando vínculos entre las distintas economías nacionales. El internacionalismo implícito en la ideología socialista. El proceso de integración en Europa occidental. Aunque persistieron manifestaciones de nacionalismo (nacionalismo nuclear francés o hindú; nacionalismo en el proceso de integración europeo, con la política de De Gaulle; nacionalismo capitalista en el seno del antiguo GATT; nacionalismo dentro del comunismo en la Rumania de Ceaucescu o en la China de Mao), la comunidad internacional fue creando un armazón ideológico-político basado en el respeto y en la garantía de los derechos humanos, contra los que el nacionalismo atenta con su tendencia a la exclusión. Además, la moderna economía mundial mina constantemente la homogeneidad étnico-lingüística, porque da origen a grandes movimientos de población. Por ello la multietnia y el plurilingüismo son inevitables, salvo en supuestos de exclusión en masa, asimilación forzosa, expulsión masiva o genocidio. Eric Hobsbawn opina que el colapso del sistema comunista empezó a abrir la puerta a versiones negativistas del nacionalismo. Al proceso de desintegración le siguieron la inseguridad y la desorientación, la imposibilidad de asumir el pluralismo, con lo que la pertenencia a un sustrato lingüístico-cultural común se convierte en la única certeza y el único valor más allá de la duda, apareciendo la nación como garantía última. En este marco, junto a criterios objetivos de identificación nacional (lengua, raza, religión, historia común, etcétera), autores como Ernest Renan o Karl Renner han destacado otros de naturaleza subjetiva, con el riesgo de conducir a un voluntarismo extremo y con la unidimensionalidad que pueden llevar aparejados. Con todo ello, este final de siglo está siendo testigo del surgimiento de problemas y tensiones que parecían superados: Estabilidad de las fronteras: principio rector de la convivencia internacional y amenazado ahora por reivindicaciones territoriales y de las minorías que han alterado el clima de convivencia a escala mundial y han generado confrontación y guerra en la actualidad. A ello hay que añadir la problemática de los pueblos sin Estado, como los kurdos o los cachemiros, que buscan el reconocimiento como nación, a la par que la creación de un Estado propio, siguiendo el ejemplo palestino, nunca exento de obstáculos. Homogeneización de la población: en sus manifestaciones excluyentes, se extiende al ámbito cultural (supresión de rasgos de identidad de las minorías, lengua y costumbres principalmente), religioso (con expresiones violentas de la convivencia entre las distintas religiones) y étnico (en la búsqueda de la pureza de sangre y genes). Es difícil que existan Estados realmente homogéneos. Xenofobia y racismo: como consecuencia de la homogeneización forzada, se extiende un rechazo hacia lo extranjero, chivo expiatorio de fracasos socio-económicos. El paso de la indefinición de la población foránea a su localización en el seno de una minoría nos puede colocar a las puertas del racismo. Retorno a la existencia tribal: las personas no pueden o no quieren soportar la vida en comunidades heterogéneas. En palabras de Karl Popper: "Cuanto más se intenta volver a la época heroica de la comunidad tribal, más se cae en la inquisición, la policía secreta y el gangsterismo romántico". Inviabilidad y dependencia de otros Estados. Frente a estos problemas, estrechamente relacionados unos con otros, existen soluciones que se extienden a ámbitos distintos: Cooperación transfronteriza e internacional, evitando el surgimiento de tensiones territoriales, mediante la creación de instrumentos regionales de cooperación a distintos niveles, así como mecanismos de solución pacífica de los conflictos. Diplomacia de la democracia: término manejado por Boutros Ghali, con el objetivo de impulsar la asimilación de los principios democráticos como medio de favorecer un verdadero respeto de los derechos humanos. Redefinición del concepto de autodeterminación, otorgando autonomía y respetando las particularidades nacionales en el seno de los Estados y luchando a la vez contra la implosión de otros nuevos. Frente a la opinión de Giuseppe Mazzini, que cada nación debería constituir un Estado, no es baladí recordar que, con la excepción de algunos mini Estados, no hay más de una docena de Estados étnica y lingüísticamente homogéneos en el mundo, con el consiguiente riesgo que implica la creación de Estados uninacionales. Actualmente, cuando ciertas teorías unidimensionales, enemigas de la convivencia, pretenden fundamentar sus intereses en el miedo a lo que nos distingue, es más que nunca necesario defender con ahínco el respeto a las diferencias y la conveniencia de la heterogeneidad. Así podremos evitar la utilización perversa de lo que en ningún caso son verdaderas convicciones nacionalistas Javier López Brussi es periodista español. Actualmente radica en México. |
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