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textos Triunfos, derrotas y democracia
Federico Rosas Barrera
Inevitable ya, la sucesión de múltiples consecuencias del formidable hito electoral mexicano, del pasado 2 de julio, inició su recorrido. El cual, es de esperarse, será largo y cargado de nuevas significaciones. Que, seguro, irán más allá de lo estrictamente político para manifestarse, incluso, en regiones tan hondas de la vida del país como son la cultura y la psicología misma de la población mexicana. Como con su agudeza característica lo apuntara Carlos Monsiváis desde el momento mismo en que los primeros indicios sobre los resultados de la elección se empezaron a conocer públicamente. Efectivamente, la tarde del domingo 2 de julio en todo el país, empezamos a conocer y compartir las reacciones que, ante los resultados del proceso electoral, se expresaban en los foros amplísimos y públicos de la radio y la televisión tanto como en los espacios inmediatos de los hogares y las conversaciones espontáneas en cualquier lugar. A través de ellas empezaron a manifestarse, en todos los sectores, claras dificultades para ubicar y hacer corresponder los juicios, actitudes y prácticas comunes en elecciones precedentes, con el cambio real, profundo y definitivo de nuestra vida nacional, que se iba prefigurando en sincronía con la difusión y confirmación de las tendencias iniciales sobre los posibles resultados de la jornada electoral. Sin duda, lo que ha dotado a estos resultados electorales de una desmesurada trascendencia ha sido la combinación de un doble triunfo: un proceso electoral prestigioso e indiscutible y la alternancia en la Presidencia de la República. Es aceptable la consideración respecto de que ambos triunfos señalan la afirmación democrática del sistema político mexicano. No es posible, en cambio, estar de acuerdo con quienes, llevados por el entusiasmo, sostienen que con esas victorias puntuales hemos alcanzado ya la democratización de la vida nacional. Sin embargo, todo ello viene como resultado de un hecho desacostumbrado que si bien ha causado asombro a la mayoría, satisfacción a una larga espera, alegría a una ancha franja de ciudadanos que fue haciéndose cada vez más amplia; asimismo, ha provocado preocupación a otros, acaso desolación a quienes vieron canceladas sus aspiraciones, rabia a los ambiciosos frustrados, angustia a quienes esperaban una chamba en el siguiente gobierno priista e incluso temor a la multitud de mañosos enquistados en la burocracia. Algunos interpretan lo sucedido como victoria, otros como derrota, entre una amplia diversidad de lecturas posibles. Nada más previsible e inevitable. Dadas las circunstancias, puede ser conveniente aprovechar esa posibilidad inminente para discurrir sobre esa dualidad de significados, triunfos-derrotas, y proyectar su lectura teniendo como fondo los propósitos de democratización del país. En el entendido de que lo verdaderamente significativo de lo sucedido el 2 de julio va en consonancia con esos propósitos, como parece ser la idea general existente al respecto. Proceder de ese modo parece pertinente, pues si nuestras aspiraciones democráticas están justificadas ello implica que no tenemos la fortuna como tampoco la costumbre de vivir en una democracia. Entonces, es posible suponer que no sabemos vivir en una democracia. Si hemos de persistir en nuestros propósitos democratizadores, surge la necesidad de que, en lo sucesivo, nuestras interpretaciones, opiniones y actos siempre respondan con las actitudes y prácticas más sanas en un demócrata. Es decir, debemos aprender a vivir en una democracia. Desde esa perspectiva, es evidente que hablar de triunfos o derrotas en los resultados de las pasadas elecciones son, como se apuntó al principio, cuestiones que, por sus características y trascendencia, rebasan los límites de lo estrictamente político y se relacionan con la necesidad, ahora presente, de modificar importantes concepciones y puntos de vista compartidos por casi todos. Un buen síntoma, indicativo de la existencia de valiosos elementos para avanzar, son las expresiones provenientes de diversos espacios que apuntan ya los perfiles para conformar nuevas opiniones y actitudes sobre lo que nos acontece. Con precisión, una nota editorial publicada en la revista Letras Libres (julio, 2000), señala: "... es necesario recordar que en democracia quien pierde no pierde todo ni para siempre, y quien gana no gana todo ni para siempre." Como se sabe, la democracia no es, ni puede dar, la solución a todos los problemas y necesidades, pero de modo efectivo, establece las reglas claras del juego político que, como todo juego aceptable, una vez terminado garantiza iniciar otra vez y ofrecer así una nueva oportunidad a todos los participantes. Esa posibilidad vuelve relativos tanto el triunfo como la derrota pues todos tentativamente pueden seguir en el juego, una vez más. Además, el escenario democrático permite mayores equilibrios en la representación de los distintos sectores sociales y, con ello, la necesidad de lograr acuerdos para dar salida política a las diversas demandas y proyectos existentes en la sociedad, las posiciones extremas tienden a ceder para ir dando paso a soluciones más negociadas. La relativización de los opuestos es un indicador del buen desarrollo de la democracia. No obstante, no hay más sino admitir que mucho nos falta para aprender a reaccionar y vivir como demócratas, entonces resulta natural que nos inquiete saber: ¿cómo hacerlo?, ¿cómo proceder ahora? Por lo pronto, un buen inicio para suponer que se está yendo en el sentido democráticamente correcto puede ser evitar, proponer o apoyar cualquier afirmación de carácter absoluto. No tiene ese carácter afirmar que Fox obtuvo un triunfo irrefutable, en cambio, sí lo tiene si con tal afirmación pretende cancelarse toda duda sobre este ganador u otorgar cierto principio de infalibilidad a todo lo que haga en adelante como Presidente en funciones, sosteniendo que es correcto sólo porque él sabe lo que hace, o utilizarla para calificar de inmaculado e inobjetable el proceso electoral en su conjunto. Todo lo anterior indica que estamos en el umbral de una nueva etapa que, seguramente, planteará exigencias más complejas al papel y las cualidades de los ciudadanos, sin embargo, para atenderlas tenemos como garantía la seguridad de que lo alcanzado no es producto de ningún iluminado ni de la casualidad, responde a los esfuerzos inquebrantables de la gran mayoría de los mexicanos tanto como a la tenacidad, el valor y el talento de otros más. Una ventaja adicional es que ya no nos queda el PRI como pretexto de todos nuestros males. Porque si ahora Fox falla será nuestra absoluta responsabilidad necesitar otros 70 años para reaccionar en consecuencia Federico Rosas Barrera colabora en el partido político Convergencia por la Democracia y es un activo promotor en organizaciones locales. Correo: jeros29@prodigy.net.mex |
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