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Francisco Báez Rodríguez

Francisco Labastida
Foto: Miguel A. Navarrete

Una de las ventajas de que Francisco Labastida no haya ganado las elecciones presidenciales es que no se iba a tardar nada en darnos una flojera terrible. Para muestra, el botón de la entrevista que le hizo recientemente Joaquín López-Dóriga.

En ella, el ex candidato del PRI no solamente respondió con evasivas las preguntas del periodista, sino que intentó mostrar un temple más allá de los razonablemente humano y, además, regañó al conductor por tener la "mala educación" de preguntarle cómo había sido la comida con Zedillo el día después de las elecciones. Si así es como perdedor...

Se dice que el gobierno de Vicente Fox puede ser una pesadilla. Es posible, pero en todo caso tendrá diferentes monstruos. Y eso ya es ganancia.

Los reality shows causan cada vez más críticas. Pero ¿qué hacen las televisoras ante ello? Azteca estrena uno nuevo, aunque de corte más light. Y Televisa está por adquirir los derechos de Gran hermano, el programa voyeur que ha causado revuelo en Europa -como en las noticias nacionales no hay nada, es el tema casi único de conversación- y que CBS adquirió para Estados Unidos (donde hace frente a otro reality show llamado Survivor en el cual quien más aguante viviendo en una isla escondida se lleva un millón de dólares; algo así como una isla de Gilligan postmoderna).

¿Ve la verdad la gente cuando mira estos reality shows? ¿Hasta qué punto los concursantes-cobayas pueden mantener la conciencia de que están siendo observados? ¿Importa? ¿Estamos pasando la transición entre la época -los siglos- en los que la ficción se usaba para ilustrar la realidad a la era en que la realidad se utiliza para imponer ficciones? Estas preguntas no se las hacen las televisoras. Ellos miran a otro lado: al rating.

Dicen los exagerados que esta tele postmoderna le comerá el mandado a las telenovelas. Sería muy factible si los culebrones se quedaran en eso. Pero si hubiera "guerra de géneros" las telenovelas ya están en proceso de renovación. Veamos, por ejemplo, una que está teniendo mucho éxito y que, por sus formas externas parece tradicional.

Escena de Locura de amor

Locura de amor, la historia del colegio-internado de niñas bien, donde un psicólogo que representa el aliviane en medio de la represión autoritaria se enfrenta a personajes tradicionalistas y se convierte en el héroe romántico. He aquí un cambio de eje -que, por supuesto, no llega a ruptura- en la lógica moralizadora de las telenovelas. Sólo identificándose con un público que ha cambiado, puede el género -y los productores- resistir embates -de la competencia o de otro género televisivo-.

En otras palabras, aunque atrasadas respecto de la realidad, las televisoras mexicanas captaron antes que muchos políticos que las corrientes subterráneas de la cultura nacional traían otros flujos y que la gente requiere, para identificarse y estar satisfecha con el producto, otro lenguaje y otro mensaje.

La antigua cultura y la antigua moral dominaron al menos dos de las campañas presidenciales. Las de los principales derrotados. Ahora se quejan de que el triunfador abusó del marketing.

La mercadotecnia en política no es una pecado, sino una forma, un tanto distorsionada pero efectiva, de comunicación. Y la derecha empresarial no la ha patentado. Si cierta izquierda la rechaza por principio, lo único que hará será retrasar, tal vez a las calendas griegas, su acceso al poder dentro de la democracia.

Por lo demás, en política lo que es pecado es la mentira

Francisco Báez Rodríguez es subdirector general del periódico Crónica.

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