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Gelman: rebelde como goliardo

Eve Gil

Juan Gelman
Foto: Barry Domínguez

Juan Gelman (Buenos Aires, 1930) pertenece a "esa categoría de sobrevivientes habitados por una ausencia". Su poesía expone la herida honda, no sólo en contenido, también por su estructura que hace pensar en "niños borrados del cuaderno" que se nos cuelan, sin embargo, por el pelo y las orejas, hechos viento. Subrayemos que nuestro poeta ha asimilado la regla de oro en todo escritor que se respete y respete a sus fantasmas: pasar por encima de cualquier pretendida autoridad académica. Para Gelman, como para Paz, Sabines, Hernández, Mallarmé, Vallejo, la Crítica, así con mayúsculas, juega las funciones de una dictadura que arrasa con quienes se sublevan al autoritarismo. De su poesía se ha dicho que "inventa disparates fonéticos"(1) y echa mano de "intensificación pleonástica, ambigüedad sintáctica (...) uso de adverbio como adjetivos, la ruptura tenaz de las concordancias, los obcecados cambios de género".(2) Cuando uno lee cosas como los habitantes del amor/ están roncos de tanto pensar o los atacantes del amor/enmascarados por el mundo/ asaltan la calle, ¡más aún!: como las ánforas del hijo triste/ ninguno lo tomó de beber/ las gallinas todas vestidas de negro/ ponen sus huevos conmovidos, no puede sino entender, de una maldita vez y para siempre, que las reglas se inventaron sólo para romperlas y fundar sobre sus añicos obras maestras.

Gelman es un rebelde a la altura de los goliardos, aquellos clérigos errabundos de la Edad Media que celebraban la voluptosidad y cuestionaban lo sagrado; como han sido Dante, Bocaccio, Cervantes, Dostoievsky, Arenas, Rushdie, Semprún, Revueltas -su paisano Francisco Urondo- y cualquiera que para empuñar una pluma haya tenido que sortear el odio, la adversidad y la tormenta. Militante de las Juventudes Comunistas argentinas, ingresa posteriormente al Partido Comunista del que deserta para adherirse a un grupo guevarista que conforma la guerrilla de los Montoneros. Periodista de profesión, transmitió ese amor a la verdad a su hijo Marcelo Ariel Gelman, quien pasó a convertirse en uno entre miles de periodistas e intelectuales sacrificados durante el golpe militar en la Argentina de 1976. Narra el propio Gelman, en una de las entregas de su columna del diario Página/12: "Encontraron los restos de mi hijo y eso me dio consuelo porque fue rescatado de la noche y la niebla militar y devuelto a la cultura. Conozco su tránsito hasta el campo de concentración de donde lo sacaron para asesinarlo, pero ignoro su suerte durante los quince días que transcurrieron entre su `traslado` y su aparición el 14 de octubre de 1976 en un tambor de grasa de 200 litros, lleno de arena y cemento, que arrojaron al canal San Fernando. Todavía me pregunto qué padeció en esos días, en blanco para mí".(3)

La noche que los militares irrumpieron en casa de Marcelo Ariel, no sólo lo apresaron a él, también a su esposa, María Claudia Iruretagoyena, encinta de ocho meses. Juntos fueron llevados a un campo de concentración ubicado en el barrio de La Floresta, en Buenos Aires, conocido como Automotores Orletti (que, en efecto, funcionaba y sigue funcionando, con el dueño original, como taller mecánico). Tres semanas más tarde fueron separados y María Claudia dio a luz poco después, se sabe ahora, a una niña. Los 23 años que siguen a esta historia son una laguna apenas iluminada por el hallazgo de los restos del joven Gelman, a casi 20 de su asesinato.

Desde México, país elegido para el exilio, el padre consagró su existencia a buscar a su nuera y nieta desaparecidas; buscó no sólo físicamente, sino también en la poesía, la señora, como él la llama y que finalmente lo llevó hasta su nieta, a quien localizó en Uruguay pese a los obstáculos que le fueron sembrados en el camino por el gobierno de Sanguinetti quien, al igual que su homólogo argentino Carlos Menem, pretende borrar de un brochazo el episodio fascista y vergonzante de su país. Ha dicho Gelman: "... ocurre que en Argentina me siento extranjero, y no hay peor cosa que sentirse extranjero en su propio país. El país cambió, yo también, hay mucha muerte caminando por ahí, los represores han sido perdonados, todos, los de arriba y los de abajo, de manera que usted los ve en la calle, los ve tomando café con toda tranquilidad".(4)

Pero Juan Gelman no odia. Basta leer su poesía o sus ojos, que son de una desbordante tristeza azul, para entenderlo. El poeta, diría Sabines, es un amoroso de vocación, alguien a quien -en perfecta paráfrasis del caso Gelman- "su corazón le dice que nunca ha de encontrar/no encuentra, busca". El amoroso tiene un lado del corazón ciego: aquel que guarda la capacidad del odio y distingue al hombre de la paloma. No olvidan, sin embargo, y Juan Gelman está resuelto a no permitir que sus lectores olviden tampoco, y desde su país adoptivo empuña la única arma legítima del poeta contra los injustos: "... la tristeza argentina es violenta y difícil de corregir. Especialmente cuando los que hoy se autoproponen como salvadores de la democracia -y no pocos de ellos sobaron los testículos de la dictadura militar- fingen inocencias negadoras del dolor. Son asesinos de la memoria que ningún tribunal condena".

"A Gelman le gana la ternurita", sentencia Evodio Escalante. Su temática amorosa no está exenta de piel, si bien el suyo es un erotismo casi místico, emparentado de pronto con el de San Juan de la Cruz, a quien admira por encima del devaneo agnóstico; donde la amada "era bella como los pies de Dios", llegando a preguntarse, sartreanamente, en medio del éxtasis amoroso, "¿y si Dios fuera mujer?".

¿Los tesoros de Gelman?: el recuerdo de su hijo, la certeza de su nieta, su amor por la doctora Mara y una quincuagenaria máquina Olivetti que cuida con la devoción de una leona a sus cachorros y no tiene la menor intención de reemplazar por una computadora

 

Notas

1 y 2 Citas extraídas del prólogo del libro En el hoy y mañana y ayer, de la autoría de Evodio Escalante.

3 Nueva prosa de prensa, Vergara editores.

4 Entrevista realizada por Eve Gil para "Ovaciones en la cultura".

 

Eve Gil es autora de Réquiem por una muñeca rota (CNCA, 2000).

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