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Las ideas económicas del presidente Fox
Reforma fiscal, la prueba mayor

Ricardo Becerra

Vicente Fox
Foto: Contraluz

Este pequeño ensayo parte de una constatación general: los mexicanos no votaron por un programa económico o político concreto; no votaron por un proyecto con un sentido ideológico específico sino, en definitiva, lo hicieron para sacar al PRI de Los Pinos. Ni ideología ni programa; por esta vez pesó más la urgencia del cambio en el gobierno.

Así es como Vicente Fox se impuso en la contienda electoral, con 15 millones 988 mil 740 votos, 42.5% del total: él era quien podía ganarle al PRI, el viejo partido en el poder desde hacía 71 años; frente a esta apabullante lógica todo lo demás quedó subordinado, incluso los dichos y las ofertas de gobierno, por contradictorias que fueran. Pero sucede que Fox ya es virtual Presidente de México. Es hora de explorar su programa con todo cuidado por lo que en este artículo, me dedicaré sobre todo a describir las ideas económicas del presidente electo.

I. Fox: señor del libre mercado

Los comentarios que siguen parten del programa económico que presentó la Alianza por el Cambio ante el IFE pero, sobre todo, se basa en las conferencias y declaraciones que el candidato realizó a lo largo de su campaña. Lo primero que debo decir es que Vicente Fox tiene una idea bastante clara, no confusa, aunque a veces es contradictoria, del modelo económico que quiere para México.

Claridad en el modelo económico: es decir, una serie de políticas que en conjunto actúan para conseguir objetivos coherentes. Fox no se cansó de repetir que desea una economía como la de Taiwan, Chile o Irlanda; le gusta la experiencia griega de los últimos años, la de Lombardía en Italia y, por supuesto, la suya propia en Guanajuato. La idea general común es que México necesita una economía de mercado, una economía más liberalizada que la actual. Fox no está en contra del modelo económico actual, todo lo contrario, afirma que con él ahora sí funcionará; hasta hoy no ha dado sus frutos porque, dice, el gobierno del PRI utilizó al mercado a su conveniencia, manipuló los precios a su conveniencia, privatizó a su conveniencia: no dejó correr con libertad a las fuerzas sabias de la mano invisible.

Por eso, Fox está en contra de controlar precios o de instrumentar precios de garantía: al mercado no se le puede colocar camisas de fuerza, so pena de padecer peligrosas consecuencias, como generar corrupción y producir una infinidad de ineficiencias. Pero no es un neoliberal ortodoxo: el Estado debe corregir "buscando alternativas de mercado". Si la gente necesita crédito, dice Fox, el gobierno no debe abrir un banco para otorgarlo: debe propiciar la organización de recursos que están en la misma sociedad y ponerlos a disposición de proyectos productivos. No un Estado que supla o que se encargue, sino que promueva la existencia de las herramientas que faltan para que ellas operen por sí mismas.

Por eso Fox es un entusiasta privatizador: para él, y casi por definición, una empresa pública es una empresa ineficiente. En varias entrevistas advirtió que convertiría "a todas las empresas públicas del Estado, en empresas de la sociedad" a través de la bolsa de valores, no sólo para democratizar la propiedad sino para inyectar control social a las empresas. Y si un particular puede hacerse cargo de una función económica o social, debe poseer o administrar la empresa. Las suyas no son razones abstractas: la privatización es un hecho y una política que debe seguirse porque beneficia al consumidor: mejora el servicio y el producto. Sólo si los empresarios no pueden hacerse cargo de esa función y de esa empresa, se justifica la permanencia del Estado.

El presidente Fox se ve a sí mismo, sobre todo, como un "gran animador", un promotor de la inventiva, el riesgo y el espíritu empresarial de los mexicanos, el mismo que ha estado adormecido por el ogro filantrópico del gobierno y la coalición gobernante. Su apuesta es a la micro y mediana empresa; sostiene que el dinero para invertir y crecer ya está aquí, existe lo suficiente en la sociedad, pero hace falta organizarlo, volver a conectar el ahorro de la sociedad con el desarrollo productivo.

II. El Estado según Fox

Fox juró no volver al estatismo: no será con gasto público como se resolverá el problema del crecimiento ni del empleo. He aquí una de sus definiciones centrales.

Bolsa Mexicana de Valores
Foto: Jorge Claro/Contraluz

Otra es la relativa a la fiscalidad, a volver obligatorio, bajo cualquier circunstancia, el equilibrio en el gasto del gobierno. Fox dice que va respetar y a consolidar la autonomía total del Banco de México. Dice que es imprescindible que el gobierno en turno no manosée la política monetaria, que los billetes no se impriman al capricho del Presidente, ni siquiera tratándose de él mismo. Considera que esa garantía es indispensable para evitar los déficit en las cuentas del gobierno. Pero por su radicalidad, lo más sintomático de la propuesta foxista es llegar al cuarto año de gobierno con un superávit fiscal; sí, leyó usted bien, superávit, que el gobierno cobre más de lo que gasta. Zedillo presumía su 1.25% del PIB como déficit, cifra decente, controlable y no inflacionaria. Pero Fox va mucho más allá: quiere superávit, porque según los manuales neoliberales, así se incrementaría el ahorro interno, reduciría la carga de la deuda, bajarían las tasas de interés y ayudaría al desarrollo del sector privado.

Sin embargo, Fox jamás afirmó -como tantos de sus entusiastas correligionarios liberales querían- que propondría un límite estricto, constitucional, al déficit público. Una vez más: pregona su espíritu liberal, promete metas muy ambiciosas, pero no se ata a las consecuencias prácticas, legales, de su propia ideología.

¿Cómo llegar a esa ilusión de superávit fiscal? Pues haciendo que el Estado gaste menos (nunca se nos dijo exactamente en qué); sobre todo, recaudando más. Fox afirma que hacen falta más ingresos al Estado para "atender los rezagos y resolver los graves problemas de inequidad en el país". Afirma, como muchos otros, que tenemos una base fiscal muy débil. Fox piensa que el gobierno del PRI es responsable de los magros resultados de la recaudación, pues ha permitido -y aun fomentado- la economía informal, por corrupción y por la excesiva tramitación fiscal.

Su reforma tributaria tiene un aroma inequivocamente empresarial: no aumentar impuestos sino abatir la evasión. Recomienda enfáticamente "eliminar los impuestos especiales" para concentrar la atención únicamente en el Impuesto Sobre la Renta y el Impuesto al Valor Agregado. Para Fox, el meollo es la evasión.

III. De dónde llegará el dinero

Fíjese el lector: Fox prometió incrementos a los subsidios para proyectos agrícolas; prometió aumento sustancial en los apoyos a la pequeña y a la mediana empresa y prometió una revolución educativa que incluye un aumento del gasto correspondiente en tres puntos porcentuales del PIB. Al mismo tiempo prometió que eliminaría impuestos, como el ISAN; prometió que Pemex se quedaría con una proporción mayor de sus ingresos sin transferirlos al fisco, y prometió, por si todo eso fuera poco, que el déficit fiscal desaparecería para dejar paso a un flamante superávit en el cuarto año de gobierno. Son metas muy difíciles de compaginar si no se logra una revolución... pero fiscal.

Para hacer cuadrar sus números, Fox prometió que elevaría la recaudación en seis puntos porcentuales del PIB bajo la fórmula anotada más arriba: ampliando la base tributaria y eliminando la evasión: ¿será suficiente? Todo parece indicar que no, que a Fox no le alcanzará, si no se atreve a ir sobre cambios tributarios más serios. Corremos el riesgo, no sólo de no ver nunca cumplidas sus promesas de campaña sino incluso de empeorar las finanzas del gobierno.

Contar con recursos define la posibilidad de que se pongan en marcha los programas prometidos: para el campo, la ciudad, la seguridad pública y la educación. En la revisión de los documentos y las grabaciones no pude encontrar referencias sólidas que contabilizaran los recursos necesarios para impulsar sus propuestas y mucho menos las cuentas de cómo se allegarían ese financiamiento. El programa de gobierno de Fox nos dijo con bastante claridad qué haría y a qué proyectos les daría prioridad. Pero no nos dijo de dónde conseguiría dinero para desarrollarlo. Un pequeño detalle que pone en cuestión la viabilidad de los proyectos económicos del presidente Fox.

Ese ha sido el nudo gordiano de la economía política priista desde los años 60. Por ese desencuadre entre gastos e ingresos se desató la crisis fiscal en 1982 y se detonó el cambio de modelo. Veremos si Fox puede hacer lo que el PRI no quiso y no pudo. En materia económica, la reforma fiscal es la prueba capital del nuevo gobierno. Y no nos dijo cómo

Ricardo Becerra estudió Economía en la UNAM.

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