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La UNAM secuestrada
Manuel Gil Antón
I.Cerca de las tres de la tarde del jueves 15 de junio. Amenaza lluvia. Camino hacia la Torre de Humanidades a recoger una carta. El estacionamiento está lleno y hay diversos grupos de estudiantes: algunos comen tortas en un puesto; otros juegan ajedrez; varios ríen a carcajadas de un chiste, supongo. Mientras avanzo, veo esa parte de la Ciudad Universitaria llena de personas y actividad. Hay anuncios del estreno de Amores perros al día siguiente. No puedo evitar el recuerdo de los meses del paro: esta misma parte de CU estaba vacía, como si fuese un baldío, y así como al encontrar despejada la Calzada de Tlalpan, en la madrugada, uno no concibe que al rato esté repleta de autos circulando a vuelta de rueda, se me hacía difícil imaginar el estacionamiento sin carros, ese pasillo sin gente y el viento alborotando basura, nada más. ¿Cómo fue posible, cuál especie de fenómeno se generó para hacer a la fuerza e intransigencia de unos cuantos suficiente para impedir a tantos miles andar por sus pasillos, asistir a los salones, pasar un rato en la biblioteca? En la tarde, a las siete y media, participaré en la presentación del libro de Raúl Trejo Delarbre: El secuestro de la UNAM, editado por Cal y arena. Hace dos semanas lo he estado leyendo, despacio; extrañamente no tengo listas las cuartillas que habría de leer: mis notas al margen del texto y en la parte superior son abundantes. Sé lo que voy a decir -tengo un esquema- pero no he logrado pasar en claro las sensaciones agolpadas tras leer los artículos de Raúl Trejo de continuo, seguiditos en orden cronológico. Creo que predomina la tristeza y la incomodidad de mis esquemas hechos trizas. ¿Cómo entender lo sucedido a (y en) la máxima casa de estudios durante casi un año? Regreso al carro y la lluvia es fuerte. Muchos esperan que escampe para caminar al Metro al final del pasillo techado. Abro el paraguas, atravieso la calle. Tardo en salir, pues una gran cantidad de coches buscan salir rumbo a Copilco y lo mismo ocurre si se enfila hacia avenida Universidad. De nuevo revive la memoria las decenas de veces que pasé frente a la entrada a CU cercana al Metro del mismo nombre: vacío, montones de bolsas de basura y un trozo de árbol hacían las veces de barricada. Al fondo, donde hoy se acumulan coches y gente, nada, polvo, como el inicio del proceso que les pasa a las casas abandonadas de Narvarte. Era un baldío. Estaba secuestrada. Dice Trejo Delarbre: "En este libro (...) puede advertirse el desarrollo en la opinión de un observador interesado -y crecientemente contrariado- con la huelga" (17). Los artículos aparecidos en Crónica y en etcétera a lo largo de los meses fueron " escritos con indignación y tristeza" (19) casi siempre, pero -anuncia- el libro termina "... con una moción de esperanza. Quién sabe. A lo mejor el secuestro que ha padecido, permite que la Universidad se mire a sí misma en el espejo de sus costosas contradicciones y logre reformarse. Quién sabe"(19). La UNAM ante el Caballero de los Espejos: ante sí misma. Dejo atrás la Ciudad Universitaria. El tráfico es abundante. Ya hay noticias de problemas con los drenajes por Ecatepec. Chalco es más ancho que sus linderos. II. En la vecindad de Crónica, y en el viaje semanal por etcétera, he seguido los textos de Raúl Trejo Delarbre. Desde febrero de 1999, una y otra vez atendió al tema de la UNAM. Ahora los encontramos juntos en esta edición de Cal y arena. Leerlos, releerlos, no es mirar a su autor viendo esos hechos desde junio del 2000, sino en el de cada día, con el asunto evolucionando, cuestión que lo lleva a uno, por la fuerza de las palabras y el agudo sentido crítico de la mirada, a revivir esos meses como a cada quien le tocó vivirlos. Mi circunstancia tiene dos ejes: viví el conflicto, cotidiano, con un muchacho en el tránsito de sus 17 a los 18 años. En el pasaje entre el final de la prepa -en la 6- y su ilusión de ir a Ciencias a estudiar biología. Atorado, impaciente, aburrido, perplejo, distante muchas tardes. ¿Cómo va lo de la huelga, Martí? ¿Qué haremos? El otro eje es mi ciudadanía universitaria al norte, más allá, más lejos de Churubusco -donde para muchos se termina la ciudad y, dicen, la cultura-. En Azcapotzalco, desde el tercer piso de cualquier edificio de la UAM, se advierten sus límites: al sur, un enorme estacionamiento de carros para traslado y, junto, el cascarón vacío de la Ferretería Los Dos Leones; al norte, una unidad habitacional y la fábrica Bimbo; al este, el Deportivo Reynosa y al oeste, luego de las vías del tren, el rumbo de El Rosario. La UAM tiene límites muy claros. Uno lo sabe. Es una universidad, nada más, una de las mil 250 que hay en México. Entrañable para cada quien, indispensable con sus jacarandas y la magnolia que sembramos por Antonio, pero acotada. Hace unos años, cuando el rastro funcionaba y la refinería seguía activa, sus olores y humos nos impedían pensarnos ajenos a la ciudad dura, fabril y tiznada, a sus humores. Un día, hace tiempo, asistí con algunos amigos a una entrevista con el rector Barnés para pedirle apoyo en la organización de un congreso. Nos recibió una secretaria en una sala muy bella, en la Torre de Rectoría. En lo que llegaba el rector, vi con atención un cuadro de Sor Juana y me asomé a la ventana: daba al este, pero se podía mirar un poco al norte y al sur y era imaginable lo que estaba a mis espaldas. Entendí algo importante en mi consideración de la vida universitaria mexicana. Desde ese lugar, sexto o séptimo piso, no recuerdo, la mirada no encuentra los límites del territorio puma. Rumbo al norte se atisba el conjunto cultural, de frente, por el sitio de los volcanes, se agolpan edificios y zonas verdes de la geografía universitaria. En estos dominios, pensé, casi no se pone el sol. ¿Qué se sentirá ser rector de la UNAM? ¿Cuál es el efecto de esta vista cada día, amplia y señorial? Se ha de sentir uno como un emperador, pensé. La UNAM, recuerdo mi sentir ese día, no sabe -no puede- ver sus límites desde esa ventana; parece infinita, ilimitada, enorme, majestuosa, pesada, poderosa: conciencia crítica de la nación, la empresa cultural más importante en el siglo, mecanismo de movilidad social prioritario en el país, casa editorial mayoritaria en América Latina. Casi se puede hacer una letanía, como la del final de los rosarios: y repetir, tras cada advocación, ruega por nosotros, ampáranos, cúbrenos, incorpóranos, gradúanos, edítanos y no nos dejes caer fuera de tu manto y protección. Fuera de ti, el páramo, después de ti, todo es Cuautitlán. Es concebida como algo más grande que una universidad: es La Universidad sin más, y eso ha de ser tan pesado y, al mismo tiempo, tan importante que si fuera un ser humano le dolerían la espalda y el cuello. En esa visión majestuosa de la UNAM coinciden muchos, con independencia de ideologías y procedimientos para hacer política. Derechas e izquierdas, centros y periferias, están, a mi juicio, casi siempre atados a esta manera de concebirse en -y como- el centro del mundo. La geografía, la historia, el presupuesto, la tradición de un país lleno de entidades Unicas y Sagradas, monolíticas, la sostienen, ¿la sostienen aún? Tal vez ya no, o ya no del mismo modo: un proceso de secularización que diversifica lo antes uno y único va creciendo hace décadas en el país, y en este asunto no ha sido menor, paradójicamente, la acción generosa y sólida, a veces imperial, de la UNAM. Ha de doler cuestionar al mito, el conjunto de estereotipos, dice Trejo Delarbre, pero es necesario. Luego del plebiscito de febrero, en Radio UNAM, esa misma noche, al dar a conocer los resultados, escuché a colegas frente al micrófono afirmar que se estaba dando una gran lección de democracia al país. (Nunca supimos el número de votos posibles, el padrón, para calcular la tasa de asistencia al ejercicio de consulta en general o en cada entidad universitaria.) Perdón, dije en mi turno: no veo lección alguna en tardar más de diez meses en encontrar un modo de manifestar la posición de cada uno. No aprecio la lección si comparo la iniciativa, del rector De la Fuente, como condición para que la comunidad más moderna del país se manifestara de manera contundente luego de casi un año de pasmo, con el esfuerzo nacional por darnos mecanismos claros para decidir las cuestiones electorales. Desde esa ventana, me imagino, la autocrítica -la mirada en un espejo- es harto difícil, pero necesaria. El mito cruje. Duele, sí, pero libera y aligera: ¿será posible? Quién sabe. III. Bioy Casares escribió una frase que funcionó como norte en mis pensamientos frente al conflicto de la UNAM, y creo que no será infrecuente traerla a cuento en los tiempos que vivimos. La recuerdo ahora pues no tiene desperdicio: "El mundo atribuye sus infortunios a las conspiraciones y maquinaciones de grandes malvados. Entiendo que subestima la estupidez". Y estupidez, dice el diccionario, significa torpeza enorme en comprender las cosas. ¿Qué hace Trejo Delarbre a lo largo de sus 50 artículos y en el texto final sobre el porvenir de la UNAM? A mi juicio, estamos frente a un ejercicio sostenido de batallar contra la estupidez, porque sin hacernos cargo de que nuestros esquemas de asimilación de los fenómenos fallan es inevitable la simplificación de las cosas y las causas. Nada más cómodo que un factor exclusivo y externo a nosotros para atribuirle la razón de las desgracias: ¿qué pasó en la UNAM? Hay una gran oferta de explicaciones unicausales: el neoliberalismo, el Fobaproa, las autoridades, los maximalistas, el PRD, los ultras...
Raúl Trejo, cada día, al abordar el tema se esfuerza por entenderlo, por abrirle pistas a lo sucedido más allá de la cómoda apariencia. Cansado de la simplificación, intenta una visión compleja que pueda hacerse cargo de lo enmarañado del proceso que le entristece y preocupa. Toma partido, no le es indiferente lo que sucede: le han secuestrado su trabajo como profesor, le han arrebatado un espacio público que sostiene con sus impuestos, se ha privatizado -creyendo que luchan contra ello- un lugar construido para la diversidad, el debate y el diálogo razonado y eso se siente a lo largo de las páginas del libro. Varios textos se ordenan en la línea del derecho a los veinte centavos, orientados, a mi entender, por un muy claro concepto de equidad y corresponsabilidad. Otros, penetrantes, se hacen cargo de la construcción de una especie de Frankestein en los terrenos de la Universidad, pues los paristas no arribaron de Marte para hacernos daño. Más adelante, su reflexión se concentra en una visión de la universidad solitaria y escindida. Su incisiva crítica aborda la ausencia del gobierno, de los gobiernos: esas páginas son un ejemplo de valor civil para encarar la discrecionalidad en la aplicación de la ley como un problema enorme, y los saltos retóricos para solicitar mayorías, o líneas rebasadas en las banquetas, para hacerse responsables de las cosas. Ve ciertos meses -y los vive- como entrampamiento, renuncia y reinicio hasta que la huelga termina de una manera irremediable a su parecer pero también, sin remedio, triste. El porvenir de la UNAM -si es posible que lo tenga en un sentido positivo que la ubique de nuevo como la institución que requiere el país, este país, no el de 1945- pasa, en la opinión de Trejo Delarbre, por una profunda revisión crítica de sus ideas-fuerza, de esos estereotipos que se dan por buenos sin crítica ni actualización suficiente. Los enuncio como preguntas pues son, a mi entender, la mirada ante el espejo: ¿en qué sentido la UNAM ya no será la misma luego del conflicto? ¿Cómo debe ser entendido lo nacional, de su nombre y tradición, ahora? ¿Qué significa, con precisión, su condición autónoma? ¿Y qué quiere decir, a qué compromete y con qué límites, ser de México? ¿Cómo debe ser reconstruido el sentido de ser, precisamente, una universidad? Y ser una institución de masas, como lo es, ¿qué significa y cómo regular su crecimiento o dotarla de mejor organización? ¿Cómo hacer honor a su vocación crítica? ¿Qué quiere decir que debe ser democrática? ¿Dónde está la comunidad universitaria? Y, por último: ¿la universidad es insustituible? Ante esta pregunta, Trejo escribe: "Parte de la autocomplacencia de muchos universitarios radica en la creencia de que nada, ni nunca, reemplazará las tareas que hasta ahora han sido cumplidas por la UNAM. Se equivocan" (290). ¿En qué se equivocan? Vale la pena considerar, con detenimiento, las razones del error en las páginas del libro, todas, pero sobre todo en las finales, aparecidas en su momento en nexos. No se trata de un menosprecio, o descuido histórico, del papel de la UNAM en el pasado y el presente de la educación superior en México. Pero una Universidad Nacional que no enfrente sus mitos puede ser lastre, no motor o parte principal, de ese futuro. Este final, provocativo y serio, hace del libro un pasaje por muchos meses de batallar contra la simplificación unicausal, pero algo más: una propuesta de diseño del futuro a través de la más ausente de las actitudes a lo largo de los meses: la autocrítica. Casi todos los actores coincidían en una posición: el lío está fuera de mí, no tiene que ver conmigo sino con el otro, ese malvado (elija al suyo) que produjo todo este problema. IV. Es inevitable, a lo largo del libro, preguntarse por el objeto del secuestro. ¿Qué se secuestró? Ensayo una respuesta provisional: lo que casi nadie reclamó, en serio, como suyo a lo largo de los meses. Era problema de otro -del gobierno, de las autoridades, del PRD- o bien en otra vertiente de lo ajeno: sí me implica, pero me conviene que le rompan la cara a fulano, que ya no mande zutano, que se acabe la influencia de mengano. Y a darle duro a la murmuración y el abandono de lo propio concebido como extraño. Lo público no tuvo socios suficientes. Como cualquier caseta telefónica, la UNAM fue de nadie. Y, en efecto, todos perdimos, pero responsabilizando de la cuestión siempre a otros. Tendría que ser relatada, quizá por mi primo lejano Gil Gamés -sin duda, el mejor talento de la familia- una suerte de fábula que rondó en mi imaginación en estos días: un hombre es secuestrado. Se encuentra, por supuesto, en una situación muy difícil, pero ésta se agrava pues todos sus familiares y amigos dicen lamentar el hecho profundamente, pero no están dispuestos a pagar el rescate, o poner una parte del mismo, pues tienen intereses más importantes en que se mantenga el secuestro, ya que de este modo algún enemigo tendrá dificultades. Así me imagino al gobierno federal, al de la ciudad, a los empresarios y los medios de comunicación. Muchos profesores y no pocos alumnos, inconformes con la forma y el fondo del paro, preferían hacer mutis pues tenían viejas facturas por cobrar: poco importaba que éstas fueran con cargo a Hacienda, la SEP, algún ex Presidente, al famoso neoliberalismo o con destino en un colega, un director o un viejo, y malogrado, amor de juventud ideológico o más real. Pobre Universidad: requiere capital nuevo para salir adelante, y lo que abundan son facturas por cobrar, sin plazo, todas al mismo tiempo. Ojalá mi primo se anime a escribir, en su estilo inigualable, algo parecido. Hace falta. V. Frases, palabras, expresiones que me conmovieron y me hicieron pensar en la profundidad del problema que relata, con precisión y un estilo cada vez más propio, Trejo Delarbre en este libro. Van tal cual, muchas textuales, otras derivadas de algún párrafo leído. Son un conjunto sin orden, o con varios modos de ordenar: proceden, todas, de los márgenes de mi ejemplar:
Acceso al futuro sin riesgo ni empeño/ resentimiento/ incapacidad para el diálogo: la socialización política en la eficacia del bloqueo. Cierra una calle, una escuela, una carretera, un puente.../ nadie le cree a nadie/ desconfiada indignación/ revanchismo/ el movimiento vale por el movimiento mismo/ tan ajenas/ ¡Canija Universidad, no te acabes!/ triunfar es estancar/ desconfianza exacerbada/ extorsión/ y los demás: impávidos, resignados o comodinos/ cuando se despabile la universidad/ colectividad no es comunidad/ inerme/ mazacote voluminoso de mediocridad/ el reino de la murmuración/ la estructura no funciona/ no hay prioridades académicas/ arrogancia/ profecía autocumplida: ahí viene la policía/ lo que paró fue la docencia durante meses: México peligra si peligra mi "paper"/ espectadores o víctimas: no protagonistas/ nihilistas/ pseudoizquierda/ gobierno(s) ausente(s)/ sin horizonte/ ¿Quiénes son los bárbaros?/ discrecionalidad/ la ley no se aplica siempre/ aplicar la ley si me muestran mayoría/ no siempre es posible el Estado de derecho/ marchar a un ladito: triunfo con el periférico cerrado seis horas/ a toro pasado: Barnés debía haber hecho esto o lo otro/ reforma impostergable/ de la reja para acá, me hago cargo/ unam: descomunal y heterogénea/ impertinencia y soberbia/ todos con Barnés, todos con De la Fuente, todos con quien manden los modos tradicionales de mandar/ paracaidistas/ la prepa 3/ ¿terroristas?/ no había más remedio, y no deja de ser triste/ ¿Futuro? ¿Quién lo sabe? Quizá... VI. Converso con varios amigos que vivieron de cerca el paro en la UNAM. ¿Qué hay como saldo? ¿Cómo la ven a unos meses de distancia? Hay una respuesta que me parece extraordinaria por su claridad: durante décadas, mucho antes de este conflicto, se hizo predominante una idea sobre el poder en la UNAM que poco a poco se fue cristalizando. Frente a lo estatuido, nada. Disolver antagonistas, así fuesen leales con diversas ideas de universidad. Frente al poder, nadie y todos, dentro del poder, respetando las reglas de un monumento vertical claramente legal, pero nítidamente insuficiente. Olvidaron la lección de Reyes Heroles: "Todo lo que resiste, apoya". Sin nadie organizado en el frente, y lo organizado a buen recaudo en las reglas de una cohabitación opaca y pacífica, se va consolidando un sector que cree ser la universidad. En lo que abarca su mirada no se pone el sol y no cabe nadie más: conmigo o contra mí. Y si la universidad estaba de acuerdo, ¿de dónde salió ese grupo de salvajes que logró pararla? De otro planeta, de otro país, de otros rumbos. Un sistema de poder, y de relaciones de gobierno tan cerradas, genera una situación vertical, sólida, firme y rígida. Este tipo de estructuras sólo tienen una forma de moverse: en su caída. Esa falla es estructural -contiene a la necesidad de adecuar la estructura heredada de los 40- y es de sentido: ¿con qué socios habrá que reconstruir la UNAM en nuestros días? Recuperar es hacerla propia, que no tenga el destino de una caseta telefónica a la que se considera de nadie y, por ende, se puede mutilar o arrancar a placer. Estas notas son el testimonio de mi lectura de El secuestro de la UNAM. Sólo eso. Habrá más, y diferentes. Así pasa con los libros buenos, con los trabajos periodísticos que apuestan a la complejidad. Enhorabuena por este libro, aunque no sea fácil mirar lo que propone. Aunque, en el fondo, a todos nos proponga revisar nuestros mitos al mirar, en su relato, el espejo que devuelve nuestra imagen. Y sobre el futuro, cuando Trejo Delarbre dice quizá, sólo puedo añadir: hay polvo en el viento Manuel Gil Antón es jefe del Area de Sociología de la UAM-Azcapotzalco, participó en la presentación del libro de Raúl Trejo Delarbre, El secuestro de la UNAM. Esta es la versión que, posteriormente, Gil Antón escribió de esa participación. |
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